El cuento de Blad y la razón

—Voy a bailar, voy a bailar con mi falda que rebotará para hoy hacerte llorar—.
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—Voy a bailar, voy a bailar con mi falda que rebotará para hoy hacerte llorar—.

Me encontraba haciendo una prueba de la vista en el local del optometrista quien se molestaba porque leía todas las letras al revés. Cuando trataba de justificar mi desatino comenzó a sonar la alarma sísmica en nuestros teléfonos celulares y ambos salimos corriendo.

Es como si Yahveh, después de desplegar ante Job todas sus potencias y presumir la perfección de su Creación, le dijera: “¿Hiciste tú acaso el universo? No. ¿Podrías contar las estrellas de la bóveda o pescar con azuelo a Leviatán? Tampoco. Tú no sabes nada y nada puedes. Entonces, cállate”.

El deleite del anonimato urbano se mezcla, en ese tipo de momentos, con el la soberanía del yo: el placer de comerse un helado en una plaza porque pasaste y se te antojo el de sabor a mango, caminar más lento que el resto o de simplemente sentarse a ver pasar la vida, sabiendo que tu disfrute no necesita ser validado por un comentario ni capturado por una cámara.

Quizá por su actitud heroica del uno contra uno, de fuerza a punto de ebullición, el boxeo tiene una amplia gama de presentaciones en el arte desde tiempos inmemoriales. La vemos ya en los clásicos griegos y romanos hasta llegar a nuestros días en que esas proezas son tratadas y retratadas por los reseñadores de lo épico.

Esta consiste en dibujar o redibujar el concepto del cliente de forma que sea apto para una medalla o moneda. En ello no consigo una explicación teórica, y debo aceptar que la experiencia visual de Mike y de su ayudante, Arturo Velázquez, es la que aconseja sobre el diseño final

Nuestro más bello acto es definir el tiempo, la belleza, el universo; y los pensamientos se llenan de aquello que contemplamos. Nuestros pensamientos pueden tener una profundidad infinita. Podemos llenar la vida de reflexión y bellas metáforas de aquello que somos

Un ejemplo de esos seres alados es La Maga, esa poeta de la sencilla timidez. Ella, dicen quienes la conocieron, era poesía pura y ella sólo se sumergía, sin buscar definiciones o explicar cómo se nada en esos ríos metafísicos

Las palabras también pueden oler. Díganme si no. La pólvora da comezón en la nariz y la palabra encierro huele a humedad y, pensándolo bien, la humedad penetra en los huesos particularmente en la primera sílaba.

Baudelio y yo bromeamos acerca de que soy su fan número uno y supongo que por eso me invitó a presentar su nuevo libro, “Los jardines ajenos”. Tenemos un chiste reiterativo sobre las últimas palabras que le dijo John Lennon a Yoko Onno a las puertas del edificio Dakota, que no voy a repetir aquí