Aprender a mirar

Por: Eli Bartra
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A propósito del título de este libro lo primero que hago es preguntarme ¿por qué la autora le puso feminismo en singular y no en plural a la usanza de estos tiempos presentes?
Empieza la autora con unas preguntas que afirma haberse planteado, quizá por siempre: por qué, para qué, desde dónde, cómo y con qué creamos artísticamente los humanos. Son preguntas nodales, ni duda cabe, pero yo añadiría algo que quizá le pareció demasiado obvio a Marián Cao y es ¿quiénes? Es decir, los seres humanos en abstracto y en general pienso que no existen (más que en la filosofía). El quiénes han creado y crean hoy en día me parece fundamental para generizar, racializar, conocer la clase social y para saber de qué personas, de qué edades, se está hablando en cuanto al proceso creador.
El libro está organizado en tres partes: “Mirar de otro modo”; “Deconstruir el arte violento, reconstruir el arte como vinculación humana” y “Crear de otro modo”.
En la Introducción nos comparte la cuestión de la necesidad del arte y, sobre todo, de la necesidad de otro arte ¿para qué sirve entonces el arte? Esto me remitió de inmediato al magnífico libro, aún vigente en muchas cosas, de Ernst Fischer, La necesidad del arte, publicado en alemán en 1959 y en español en los años 70, cuyo primer capítulo es precisamente “La función del arte”. La autora lleva agua a su molino pues nos dice que sirve para la educación puesto que es una forma de conocimiento. “Las artes -afirma- nos ayudan a comunicarnos, pero también a comprendernos.” (p. 299). En efecto, dice, las artes y la ciencia nos ofrecen desde diferentes perspectivas, modos de comprender el mundo (p. 296). Además, explica con una prosa clara y bella, todas las funciones del arte y del proceso creador que ella piensa que tienen las artes…convocar a la imaginación, activa, por ejemplo.
Resulta fundamental resaltar que la autora no piensa que el arte, la ciencia o la tecnología son buenas per se, depende enteramente del posicionamiento ético, nos dice, o político, añadiría yo.
Vivimos en Occidente en sociedades eminentemente oculocentristas, por ello resulta muy importante saber cómo miramos. Y en esto se detiene la autora en la primera parte y nos especifica las diferencias entre las diversas lecturas de las imágenes: icónica, iconográfica, iconológica… ninguna es neutra, la neutralidad en esto no existe y coincido plenamente.
Para cerrar el primer capítulo dice algo que me parece central en estas sociedades hipervisuales en las que vivimos:
La educación visual, descentrada, “aletheica” [que significa desocultar, hacer visible lo invisible], la mirada periférica que señalamos y reivindicamos como contrapunto a la mirada narcisista y hedonista es imprescindible para poder desentrañar el significado de las imágenes que nos rodean y de las que somos presa fácil. Una imagen no dice más que mil palabras. (p. 85).
Una imagen es casi siempre polisémica y hasta ambigua, está abierta a múltiples lecturas; por ello, en ciertas ocasiones, hipotéticamente, una imagen (una foto, por ejemplo) puede decir más que palabras.
Nos propone, en su libro, desaprender la mirada en un ejercicio de autosocioanálisis y ella, además, utiliza la autoetnografía, es decir entrelaza pensamientos y emociones. A lo largo del texto lleva a cabo una crítica del canon artístico. Así, podemos desaprender y reaprender a mirar el desnudo femenino en las artes, por ejemplo. Además, es importante señalar que incorpora en su metodología la noción de la “sospecha epistemológica”, fundamental para la investigación feminista. Así, invita a desarrollar una mirada crítica ante las imágenes todas, una mirada que analiza, deconstruye y pone en entredicho lo que ve (lo cual, en investigación es nada más ni nada menos que la sospecha).
Los museos, según nos dice, son “lugares de memoria, historia y reliquia” y añade que “albergan objetos e imágenes que simbolizan experiencias humanas que han sido consensuadas para ser valoradas y apreciadas”; me parece que no se encuentran en los museos “las experiencias humanas” sino las experiencias masculinas, y el consenso que les otorga el valor para estar ahí, es un consenso eminentemente masculino y patriarcal. Las mujeres y sus experiencias no están en las salas de los museos, sino -con suerte- en las bodegas. Como experta en museos, la autora nos desmenuza el sexismo que encierra toda la museística, aún hoy en día, y hace propuestas concretas para enmendar la problemática.
Recalca todo lo que es preciso cuestionar y desmantelar en la creación moderna (y antigua también), esto es, individualidad, autoría única, obra única, autenticidad, novedad (originalidad). Desmantelarlo porque tiene una urdimbre patriarcal.
Como no podía ser de otro modo en estos tiempos, la cuestión de la violencia y de la violencia hacia las mujeres (diversas formas de violencia) se halla a lo largo y ancho del libro. Y, como tampoco podía ser de otra manera, el cuerpo femenino también es otro hilo conductor. Bajo diferentes ángulos se lo estudia: desnudo, como modelo, violentado comparado por momentos con el cuerpo masculino. La feminidad y la masculinidad se ven bajo escrutinio, pero como con un caleidoscopio.
Me interesó particularmente la parte en donde habla de una exposición de Helmut Newton, de quien ya Susan Sontag había dicho que sus imágenes eran misóginas y desagradables. Marián Cao lo confirma al decir: “Como tú Susan Sontag, algunas personas seguiremos intentando quebrar la mirada de una cultura que, si no es crítica, si no nos interroga, si no nos invita a respetarnos, no es sinónimo de libertad responsable.” (p.144).
Tuve la oportunidad de ver una exposición en Berlín, en el Museo de Fotografía en donde pusieron una al lado de otra fotos de Newton y fotos de la que era su esposa: June Newton (nacida como June Browne), una fotógrafa australiana que firmaba su trabajo como Alice Springs. El resultado fue increíble, poder comparar la manera de mirar de él, hombre, con la mirada de ella sobre un mismo sujeto, hombre o mujer. Se podían percibir claramente las diferencias -que tantas veces se ponen en duda- en la forma de mirar y de fotografiar a las mismas personas.
La creatividad generizada es otro de los temas que aborda, no hay creatividad en general o creatividad del ser humano, la hay encarnada en cuerpos sexuados y generizados. Aunque me dio risa que le “sorprenda” que los señores, como Howard Gardner, (eminente neuropsicólogo y profesor de Harvard) no contemplen los géneros en los procesos cognitivos. Pero tiene toda la razón, sí sorprende (aunque no debería de sorprendernos) que mentes lúcidas, intelectuales brillantes de este mundo -del pasado y del presente- no se detengan ni un minuto a pensar en las diferencias genéricas y todas sus implicaciones.
El feminismo de la autora la ha llevado, indefectiblemente, a estudiar, a conocer y dar a conocer la vida y la obra de diversas artistas, se ocupa de las “biografías situadas” y para reflexionar sobre ello en particular se detiene en Sonia Delaunay (ucraniana/francesa) y en Käthe Kollwitz (alemana). Así, las experiencias vitales se vuelven ejes de su proyecto educativo.
La tercera y última parte está consagrada a la creación, al hecho de crear de otras maneras. Y ella considera como la verdadera tesis del libro “que el acto de crear consciente, cuidadoso, lento, y que requiere destreza, habilidad y atención, al igual que el mirar desprejuiciado y descentrado, nos vincula.” (p.252). Ella explica en esta parte los mecanismos intrapsíquicos de la mente creadora. Además, desmenuza la importancia de la biografía y la autobiografía en las artes.
Marián Cao se declara humanista y feminista (p. 271). Estas dos formas de pensamiento, a mi modo de ver, en ocasiones pueden ser antagónicas, (sin olvidar que hay varias concepciones de humanismo, como hay varias de feminismo).
La autora describe también los talleres del arte como terapia y cierra con sus reflexiones sobre la creación como un arma contra la muerte, la creación está siempre ligada a la vida.
Por último, me voy a permitir comentar el hecho de que me pareció que el trabajo no escapa totalmente del euro-gringo-centrismo en cuanto a las fuentes utilizadas. Algún texto latinoamericano o africano hay, pero son escasos. Lo digo únicamente con el afán de que poco a poco se pueda ir enmendando este problema que, si no se señala, puede pasar inadvertido.
Dicho esto, justo es destacar que el libro termina con un canto de vida y de esperanza de la protagonista de una novela de la escritora senegalesa Mariama Bâ:
Ya te he advertido, no renuncio a rehacer mi vida. A pesar de todo
-decepciones y humillaciones-, me habita la esperanza. Es el humus sucio y nauseabundo de donde brota la planta verde y siento que apuntan ya en mí las nuevas yemas (p. 340). (Bâ, Mi carta más larga, Traficantes de sueños, 2024).
Recomiendo de verdad este libro fundamental para aprender a mirar.
Marián Cao. Aprender a mirar, Feminismo y prácticas artísticas, Valencia, Cátedra, 2025.
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