En Estonia no se desperdicia el sol

Por: Stephanie Rendón

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Una tarde estaba yo sentada en la terraza de una cafetería ubicada sobre la plaza central de Raekoda, es decir, en el corazón del centro histórico de la ciudad de Tallin. Era precisamente la hora de la llegada de los turistas que llegan por centenares abordo del ferry de la empresa naviera Tallink, cuya ruta directa desde Helsinki hace atractivo el viaje. Como ya se nos instaló el buen clima a partir de finales de mayo, la gente sale a pasear en shorts o vestidos floreados sin mangas, aunque haga un viento de los mil demonios que no deja a nadie hablar sin llenarle la boca de polvo. Quizás por eso los estonios son un pueblo sabio de muy pocas palabras. Y es que en Estonia las cosas son complicadas: nunca hay buen clima. Se siente algo de calor un par de veces al año y es sofocante. Luego, cuando hay frío (el cual está presente casi todo el año) es para congelarse, si es que llueve, hay tormenta y viento torrencial de esos que tumban todas las flores y cuando sale el sol, es solo por corto tiempo. El caso es que aquella tarde, a la que me refiero, por fin hizo buen clima y yo no iba a desperdiciarlo quedándome encerrada en casa.

Es en esta época del año cuando las terrazas de los restaurantes y las cafeterías que rodean la plaza de Raekoda se llenan de mesas, que se convierten en las trincheras de los turistas de paso, aunque también a la gente de la localidad, como yo, nos gusta sentarnos a ver pasar la vida desde esta orilla del mar Báltico y pagar precios exorbitantes por un croissant y un café con tal de sentir el aroma de la historia y la cultura que despide esta área de la ciudad, y sobre todo, por el placer de asistir a un gran observatorio citadino.

Como ya dije antes, estaba yo sentada detrás de una mesa y bebía a sorbitos una tacita de café capuchino, con el deseo inútil pero constante de que ojalá no se terminara tan rápido y que algún día costara menos de cuatro euros. Guarecida de cualquier percance detrás de mi libro de tapas gruesas, pero al acecho, como francotiradora, de vez en cuando, levantaba la vista para no dejar escapar ningún detalle interesante de aquella tarde. Y es que cuando uno por fin se olvida de las pantallas, del teléfono y de la computadora y te quedas en silencio, con los sentidos bien abiertos, para observar y contemplar lo que sucede alrededor, pasa de todo, solo hay que poner un poco de atención.

Primero desfilaron los Hare Krishna que cantaban sus canciones minimalistas por un viejo altavoz con la bocina volada. Y digo lo de minimalistas porque lo normal es que repitan hasta el cansancio solo dos palabras. El distinguido lector deberá adivinar cuáles son esas palabras, para las cuales no se requiere de mucho pensar: son Hare y Krishna, en diferentes tonalidades y volúmenes de voz. Dichos individuos siempre van vestidos igual. Llevan puestas unas sábanas gigantes de un color anaranjado descolorido que les dan vueltas y vueltas por todo el cuerpo, hasta dejarlos cubiertos casi como momias modernas pero que en los pies llevan puestos tenis Nike.

Una familia de turistas se sentó en la mesa de enfrente. Veían el menú de la cafetería con desconfianza. Los padres de los dos niños hicieron infinitas preguntas al mesero. Querían saber si el queso era deslactosado, si aquello era una sopa o era un guisado seco, no entendían de qué era el platillo tradicional de la casa ni porqué llevaba crema agria con eneldo, que si la porción era pequeña o estilo americano, y que si no había papa hashbrown en vez de trigo sarraceno hervido que mejor no trajeran papas, y todo para que al final terminaran pidiendo una miserable pizza. Yo los habría echado de la cafetería. La cafetería se llamaba Sabores de Estonia, pero un cliente es un cliente. Uno no va a un lugar que se llame así, en el casco histórico de la ciudad medieval de Tallin, para pedir una hamburguesa o una pizza. Pobre del mesero, su semblante de hartazgo era tan largo, que seguro se alcanzaba a ver desde las costas de Veracruz.

Más tarde pasó caminando un loco que traía una maceta de flores entre las manos. Ya lo he visto deambular por allí. Se sube a los tranvías y se sienta junto a una ventana a esperar algo. Mira hacia la ventana como si en algún lugar que su mirada no alcanza a ver, fuera a encontrar eso que perdió hace tanto tiempo. ¿La esperanza? ¿el amor? ¿la cordura? Quizás sea el más cuerdo de todos nosotros y solo él lo sabe. Al bajar del tranvía camina por las calles y saluda a personas imaginarias. Habla solo y alza la mano como si fuera un estrella de cine que saluda a un admirador. Sonríe de manera lateral, de la mitad de la boca hacia un lado, como si se aguantara la risa. En este barrio céntrico de Tallin también tenemos a nuestro Changoleón (para quien no lo recuerde: era el personaje callejero que deambulaba por las calles de Coyoacán en mis tiempos adolescentes. Decían que fue catedrático en la UNAM antes de volverse loco y vagar por las calles con los cabellos revueltos y llevar los ojos desorbitados.

Dije que hacía buen tiempo aquella tarde, pero nunca dije que hacía calor, porque lo que significa calor, calor, pues no existe en Estonia, que yo sepa; es una rareza. Pero eso a la gente de aquí no le importa. Aquí sale un rayo de sol y eso es suficiente para que todo mundo salga en faldas cortas, bermudas, blusas de tirantes y ¡a enseñar miserias se ha dicho! Al transitar cualquier calle en un día así, se percibe el olor a carne asada que proviene de algún jardín. Hacer una carnita asada al aire libre es un lujo que pocas veces se puede uno dar en estos lares. Una chica de unos veinte años cruzaba la plaza enseñando el color blanco estilo cera de vela de sus largas piernas, y el ombligo y los brazos que la mini ombliguera dejaba ver. La vi y me dio frío, porque quince grados centígrados no eran para tanto. Era fácil deducir quién era turista y quién no. Turistas eran los que llevaban puesto suéter, chamarra y pantalón. Los lugareños eran los que iban vestidos como si anduviéramos en Cozumel. Aunque bien pensado, siempre hay turistas finlandeses en Estonia, que se visten igual que los estonios ya que somos vecinos y tenemos prácticamente el mismo clima. Es común escuchar el idioma finlandés en la calle si uno guarda silencio y camina junto a un grupo de personas en alguna zona céntrica de la ciudad. Para que me entiendan, la lengua finlandesa se distingue porque suena como si una persona pusiera boca para decir la letra o y en lugar de decirla, simplemente dijera lo que fuera decir, sin quitar la boca de o. De hecho el idioma finlandés es muy parecido al estonio. Yo lo distingo porque me suena a estonio pero no entiendo lo que se dice.

En medio de la plaza había cuatro muchachos en sus veintes. De sus pechos salieron voces potentes que entonaron una canción que conozco demasiado bien, y que me produjo una emoción enorme. Las voces venían acompañadas del sonido melancólico de una mandolina y del espectáculo de las capas oscuras de los cantantes, que ondeaban con el viento y desde las que colgaban listones y prendedores de todos colores:

Beber, beber, beber es un gran placer. ¡Salud!

El agua es para lavarse

y para las ranas que nadan bien.

No pude evitar sentir nostalgia al escuchar esa canción de estudiantina. En estonio nostalgia se dice koduigatsus, que es una palabra compuesta de dos vocablos: hogar y extrañamiento o añoranza. Y es que eso es la nostalgia, es una añoranza del hogar. En mi infancia, cuando estudiaba en la escuela primaria mi madre me inscribió en la estudiantina de la escuela y yo también tenía mi mandolina y mis listones en la capa oscura. Nos daban un listón nuevo por cantar en cada presentación. Cantábamos aquella canción, la de Aires vascos, en todas las ferias y fiestas a las que iba la estudiantina escolar. Y allí estaban cuatro jóvenes de estudiantina con acento español que cantaban a todo pulmón en pleno centro de Tallin. ¡Qué espectáculo tan inverosímil! Si no lo escribo nadie me lo cree. Me puse de pie y les aplaudí, allí desde mi trinchera. Aplaudí tan fuerte que logré que me vieran y los cuatro me hicieron reverencia de agradecimiento. Las viejitas asiáticas que estaban frente a ellos intentaban aplaudir al ritmo de las castañuelas y los zapatazos de los cantantes pero lo hacían espantosamente, fuera de ritmo, como si de verdad no pudieran entender lo que era un cuatro cuartos.

Junto a mí, en otra mesa, una mujer asiática preguntó al mesero que si le podía traer un glögg, el mesero le respondió de manera siniestra en un inglés acartonado que estábamos a finales de mayo y no era posible pedir vino caliente en ningún lado a esas alturas del año pues solo se vendía en invierno. La asiática insistía en que para eso había venido a Estonia, para probar el vino especiado caliente, y cómo era posible que no tuvieran. El mesero se dio la media vuelta y una vez que la asiática estaba detrás de él, casi pude jurar que de sus labios salieron las palabras N-O-MAN-CHES, pero quizás solo lo imaginé.

Unos niños con playeras de Pokémon pasaron corriendo y tiraron una mesa de la terraza de la cafetería. Hicieron alto total a su carrera y se quedaron pasmados cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho. Hubo silencio y una pausa larga. Se miraron a los ojos uno al otro, como soldados flanqueados que se preguntan si entregarse al enemigo o mejor elegir la ruta de escape más próxima. Quizás aquí habría que hacer una pausa para preguntar cuál era la nacionalidad de los niños. Eché una sonrisa para un público imaginario y pensé que si fueran mexicanos, saldrían corriendo como almas que lleva el diablo, dando risotadas y brincos de alegría. Eran estonios, el que llevaba la delantera le echó una mirada al que estaba detrás como diciendo: «Sven, espera». Fueron con la cabeza baja, en señal de sumisión y se entregaron al enemigo. El mesero —quien también era estonio, naturalmente— salió al encuentro, pero no los regañó. Los miró con exagerado desdén y levantó la mesa del suelo sin decir una sola palabra. Los tres en silencio levantaban los platos, los tenedores, los cuchillos caídos, las servilletas arruinadas por la mugre del piso y el florerito de plástico que por gracia divina no se rompió. ¡Qué civilizados! Ni una palabra, ni para regañar, ni para pedir perdón. Todo se soluciona con un cruce de miradas en este país. Lo que viene a continuación es el diálogo que podría haber existido si esto hubiera ocurrido en México: «¡Qué les pasa escuincles del demonio!» «¡Perdón, señor, no volverá a pasar ¡Ahorita lo levantamos». «Anden pues, ayúdenme a recoger todo y cuidadito y los vuelvo a ver jugando por aquí, porque me las van a pagar». «¡Perdón!» «¡Sáquense de aquí chamacos revoltosos!». En Estonia todo se dice con la mirada o con un gesto y es más que suficiente. En Estonia el silencio es quien tiene más por decir. Más comunica un silencio que cien palabras. De pronto y desgraciadamente, un hombre interrumpió mis reflexiones. Era de unos treinta y tantos, de barba poblada y del color del cabello de los muñecos Nenuco de mi infancia, muy alto y con la cara rosada, era el inconfundible estonio del tipo vikingo. Debió haberme escuchado cuando mandé un mensaje de voz a una amiga de México, a través del teléfono, porque comenzó a hablarme en español. Pero su español era demasiado ortopédico, no fluía y lo único que le entendí era que yo me había muerto. Debió confundir las palabras porque insistía en que yo había muerto. Con oculta ironía respondí que quizás era verdad, era inevitable, pero sin duda era prematuro, ya me moriría luego. Me miró confundido, con su cara ratonil rubia. Nos interrumpió el mesero que me trajo la cuenta y comencé a hablarle al hombre en estonio para que pudiéramos comunicarnos, y cuando escuchó mi acento, se rio enseñando los dientes. Dudó de sus habilidades semánticas para el castellano y optó por responderme en estonio. Dijo que estaba tomando un curso de español, y lo felicité. Me preguntó de dónde era yo. Dije que de México y que yo estaba aprendiendo estonio. Es curioso que el lenguaje y la cultura son de mayor trascendencia que la raza o las raíces para los estonios. Ellos son un pueblo con quien es posible conectar de manera directa mediante su propia lengua y al compartir sus tradiciones. Para ellos la lengua madre sostiene al futuro. No estoy segura de que sea igual en México. Creo que en México nos definimos más por nuestro origen, nuestra raza y raíces que por la lengua o la cultura. Habría que debatirlo pero me va quedando ya poca página.

El arte de observar se ha perdido. Hay personas que no se detienen a contemplar el mundo que los rodea, no sé cómo es que viven así. Es instintivo, nos viene de nacimiento. Pero da la casualidad de que en estos tiempos de consumo desenfrenado, pantallas y satisfacción inmediata, es más cómodo mirar todo a través de esas lentes falsas, para seguir consumiendo de manera visual, ayudados por el movimiento repetitivo del pulgar sobre el teléfono. ¡No señor! Hay que salir a ver qué pasa en el mundo porque se hace camino al contemplar. Afuera es la auténtica escuela de la que aprendemos las verdades de la vida.

En Estonia también nos da igual que se nos manche la piel, entre más enrojecido y moreno acabe uno para el final del verano, mejor. En este lado del mundo, vale más una piel tostada que un cáncer de piel. Me acuerdo de una vez que salí con amigas estonias a la playa y me cubrí de la cabeza hasta los tobillos con sombrero de alas anchas, lentes, pantalón, camisa de manga larga y plastas de bloqueador, y una de ellas, que iba de bikini me preguntó: «Pero si tú eres de México, ¿por qué no te gusta el sol?» y yo solo me quedé mirándola, dudando de mi falta de mexicanidad derivada de mi desprecio por los besos del sol sobre mi piel.

Así transcurrió la primera tarde de buen clima en Tallin. El pronóstico del tiempo promete vientos fuertes y nubosidad extrema los siguientes días. Quizás la chica estonia que vi aquel día, la que iba vestida para un día de verano yucateco tenía razón en andar así por la calle: en estas tierras cuando sale un rayo de sol, hay que dejarlo todo y salir lo más encuerado posible a que se nos tueste un poco la piel a la que hace un año no le da el sol, porque quizás, solo Dios lo sabe con exactitud, ese pueda ser el último día de sol del año. Así como en México no se desperdicia el agua, de ninguna manera, en Estonia no se desperdicia sol.

Imagen de Pedro Szkely. Modificada y convertida a blanco y negro.

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