Musarañas 42

Por: Francisco Segovia

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SOBRE LA CASA DEL POETA Y LA CASA DE LAS PALABRAS

La Secretaría de Cultura de la Ciudad de México ha tomado posesión de la vieja Casa del poeta Ramón López Velarde, situada en la colonia Roma, y no sólo le ha cambiado el nombre sino hasta el giro: ahora será la Casa de las palabras, “primer cabaret público de la ciudad”. Como es común en el vocabulario político, tampoco en este caso público quiere decir “del pueblo”, sino más bien “del gobierno”, aunque el gobierno diga que lo dedica al pueblo. Pero ¿no es ésta una dádiva paradójica, por no decir una manzana envenenada? El teatro de cabaret siempre ha sido un espectáculo montado para burla y escarnio de los políticos —es decir, de esos mismos que ahora van a administrarlo—, pero dirigido especialmente a las clases media y alta —a diferencia de lo que ocurría en los teatros de carpa, verdaderamente populares en público y precio.

            En cualquier caso, la Casa del poeta sobrevivió, mal que bien, 33 años en manos de una fundación y un consejo independientes, formados ambos por escritores (Guillermo Sheridan, Hugo Hiriart, Myriam Moscona y Juan Villoro; Elsa Cross, David Huerta, Antonio Deltoro, Eduardo Hurtado, Óscar de Pablo, Carmen Nozal, Hernán Bravo Varela, María Rivera…); ahora, en cambio, queda oficialmente en manos de la burocracia cultural capitalina, que ya no lo dedicará a la poesía propiamente dicha sino a algo más difuso y general que podríamos llamar, con muchísima buena fe, “palabras en el escenario”, pues eso es también en buena medida el teatro de cabaret. Como refrendo de esta tendencia hacia el espectáculo, el 4 de junio de este año, en la inauguración del nuevo recinto, nos enteramos de que su salón de usos múltiples —que a la muerte de David Huerta (un poeta) había sido bautizado en su honor— también ha cambiado de nombre y ahora se llama “Salón Nancy Cárdenas” (una dramaturga). Y, por si esto no bastara, añadamos un par de cosas más: primero, que la titular de la Secretaría, Ana Francis Mor, fue una de las fundadoras del grupo Las reinas chulas, que se dedica al teatro de cabaret en un recinto situado en Coyoacán (el Teatro Bar El Vicio, heredero directo de los espectáculos y hasta el local de Jesusa Rodríguez); y, segundo, que el nuevo director de la Casa, Andrés Carreño, es —al decir de su ficha curricular en Teatro UNAM— “Cabaretero, actor, director y dramaturgo”.

            Como era de esperarse, los poetas han protestado en masa, defendiendo la especificidad de una “casa de la poesía” frente a esa vaga y genérica “casa de las palabras”, que no hace sino enmascarar la sustitución de la poesía por el cabaret en uno de los barrios más cotizados de la Ciudad de México. La pregunta básica de los poetas es: ¿De veras hacía falta el desahucio de la poesía para dar alojamiento al cabaret? ¿No merecía conservarse la casa del “poeta nacional” para dedicarla a la poesía y buscarle otro lugar al cabaret? Ya se ve que no. A juicio de la secretaria de cultura de la Ciudad de México, el local ya no cumplía bien con su propósito y, como terminaba el contrato de comodato con la Fundación, resultaba era ideal para comenzar a quitarle a la clase media ilustrada el prejuicio que cobija contra el cabaret. Los periódicos reprodujeron fielmente las palabras que dijo en la reinauguración del local: “El cabaret ha sido históricamente despreciado como un género menor, pero aquí tendrá su lugar como arte vivo, para combatir ese prejuicio y abrir la Casa a todas las formas de palabra”. En resumidas cuentas, que no se trata de defender un arte popular sino de volver popular un arte despreciado (es decir, impopular).

            La protesta de los poetas ante esta usurpación del único lugar de la ciudad dedicado a la poesía ha sido materia de escarnio para quienes no ven en ellos sino un grupo más o menos parasitario y elitista de quejicas fifís. Para muestra, este botón —publicado por Adriana González Mateos el domingo 7 de junio en su muro de Facebook—: “Despierto para leer los aullidos y protestas y casi amenazas de suicidio de buena parte de mis contactos ante esta noticia: horror inconcebible. […] Me sorprende tanto escándalo porque, sin la menor duda, mucha gente debe haber ido a las presentaciones de la Casa para luego recalar en el cabaret de Coyoacán. Lo que sí me da tristeza es el clasismo desenfrenado de los comedores de ambrosía que se desgarran las vestiduras con este cambio de administración”.

            Va de nuevo: “el clasismo desenfrenado de los comedores de ambrosía”. ¡Qué lección de morenismo! Ni siquiera la secretaria de cultura —que no ha dejado de denunciar la mano negra de la derecha en la protesta de los poetas— llevó tan lejos los insultos. Aunque la retórica anti-intelectualista no es cosa nueva sino recurrente —vigente con especial virulencia, en esta última oleada, desde la primera administración de Donald Trump y la primera presidencia de la 4T­—, es de notar el uroborismo del comentario de González Mateos, que acepta que los viles comedores de ambrosía son esa misma “buena parte” de sus contactos que primero va a una lectura de poesía y luego recala con Las reinas chulas. La sorpresa le viene de que se trate “sin la menor duda” del mismo público (un público que, al parecer, votó también “en buena parte” por Morena). Si ahora muchos de ese público aúllan y se desgarran las vestiduras ha de ser porque son falsos compañeros (¡Marranos!, gritaría la Inquisición) que no terminan de entender los beneficios de la nueva política cultural. Uno de ellos sería que, a partir de hoy, ¡todo el mundo se ahorrará el pasaje a Coyoacán! O sea que, haya o no poesía, habrá cabaret; y aun cuando hubiera poesía, ya no habría necesidad de trasladarse a Coyoacán para rematar la noche con un espectáculo de cabaret. Eso. No importa que así maltratemos a la poesía, lo mismo que a los cabarets que aún no paga el gobierno (y que sin duda espera pagar un día); lo importante es el espíritu de inclusión implícito en este gran cambio de rumbo, en este hermoso proyecto que hoy decreta que todo el mundo se ahorrará el boleto, incluidos los que no vengan, porque así de incluyentes somos y también a ellos los contamos en lo que nos ahorramos… Sin poetas ni poesía ¡cuánto ahorro! Y más nos ahorraríamos, claro, si tampoco vinieran los actores, los directores y el público. Pero eso ya será después.

            Como se ve, no soy nada optimista. Este asunto me recuerda las palabras de Lenin que registró su retratista, el pintor Yuri Ánnenkov: “Para mí, el arte es… como el intestino ciego del intelectual, y cuando éste haya representado su papel propagandístico, imprescindible para nosotros, ras-ras, lo cortaremos. Por inútiles…”. Al parecer, el gobierno de México ya lleva un rato haciendo su ras-ras.

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