Otros perros

Por: Javier Narváez

Compartir este texto:

Para Alejandro González Iñárritu.

En quince minutos serán las seis de la tarde. Debo estar a las seis en punto en el cine Goya. Tanta distancia como nueve estaciones y ocho cuadras. Imagino que allá el ambiente se mueve de las butacas, a los pasillos del cine y de regreso.  Unos echando chisme y los otros también. Los menos, en sus archivos mentales, quieren situar la última ocasión que conversaron con la amiga que entorna sus ojos. Acá el metro no llega. Hace como dos minutos pasó, no lo alcancé. A la hora en punto el Gordo Martínez, director de cine, subirá al pulpito y de su ronco pecho lanzará palabras tal vez de asombro o reflexión, por su ingreso a la Academia de las Artes. El miembro número 40. Mi compa Andrea, quien atiende a los medios de comunicación, me advirtió: “Tienes que estar temprano, van a cerrar la sala; ni Dios Padre pasará”. El milagro esperado sucede. Las puertas del tren se abren. Me siento en uno de los asientos individuales. Mis cavilaciones son interrumpidas por las sonoras carcajadas de Javier Narváez. Quien está al fondo del vagón con sus amigotes. En mi vida los he visto, es en la primer historia que me los encuentro. No quiero acercarme para que no me confundan con uno de ellos o con todos. “No te creo”, le responde a uno. “Pues si me quieres creer”, y ahora todos ellos sueltan el aire de sus pulmones. Supongo que es un chiste local. Cambio de lugar para darles la espalda. La verdad es que si sé quienes  son,  ya habrá otra ocasión para presentarlos. Cierro los ojos. Estoy en la plancha de la Plaza de la Constitución. Un perro caminaba en el otro extremo. Nadie más. La inmensidad delimitada por los edificios. Sombras alargadas de campanas, postes, torres, cruces, cúpulas, sobre la plaza. El perro camina sobre estas y el mismo cambia de forma. En los cuatro costados hay una fuente de luz distinta. Cuatro soles, diría el maestro. Tú, que puedes mirar desde arriba, observas un gran dibujo en movimiento, sobre el efímero concreto hidráulico. Otra luz baña la mitad de mi rostro y la sombra cubre el resto. Si en ese momento me acompañará mi otro yo, podría él hacerme un retrato. En esa digresión no traigo un tripié, tampoco en el metro. Lo olvidé en casa de la primera actriz que retraté hace un momento. “Eso no es un chiste…” “Claro que sí, el chiste es inventar”. “¿Qué dijo el gatito cuando chocó su auto?” Estos compas son el arte de la amistad. “Miau-to”. La pura risa, la risadora, el sonoro rugir de las gargantas. Río desde mi lugar. Faltan cinco estaciones para llegar a Enriqueta Ochoa y menos minutos para que suban el telón. Aprovecho que sube la señora que vende alegrías y compró tres barras. Tal vez lo mejor sea dejar de preocuparme, de todas maneras pasará lo que tenga que ser. “Sí, güey, volviste a dejar prendida tu computadora”. Dice una voz parecida a la de Tin-Tán. “Yo ni computadora tengo”, se responde, imitando al carnal Marcelo. Por fin mi estación, mi santa señora de Torreón. Recorro el pasillo para alcanzar la salida. El tren avanza a mi izquierda. Javier y sus compas me dicen adiós con sus manos desde la ventana. Cantan, cantamos: “…Un verano en Nuevayol, Nuevayooool…”. Respondo el saludo alzando el brazo y moviendo la mano. En la superficie intento sacar mis alas para volar sobre Tacuba. Pero los demás pilotos van en modo peatón. Doblo en Chile, acelero en Donceles, Brasil y Fernández a paso scout. Doblo sobre Colombia. En el asfalto, como una pequeña ciudad, las casas de campaña de los maestros de Tilo-Tilo que piden mejoras contractuales, como todos los años. Por fin, el Carmen. En mi imaginación transito  las mismas cuadras, pero de día. Allá no me siento sofocado ni el aire me despeina. Un sol de frente alarga mi sombra y la del perro que estaba en la plancha del Zócalo. Un sol apagado crea la noche. Salgo del cine. Acá se asoma la marquesina y parte del letrero que identifica la sala. Como me lo advirtieron está cerrado. La cortina abajo. Con una moneda toco la lámina. Una voz: “Todo lleno, no insista”. No necesito sentarme, soy fotógrafo. Nadie me respondé. Saco la cámara del estuche, la enciendo, quito el protector del lente, doy vuelta a la correa sobre mi muñeca derecha. Listo para cuando aparezca mi compa, a quien ya le mandé un WhatsApp. Desde el otro lado de la lámina Andrea dice: “Corre hacia la puerta por donde entran los artistas”. “Está en la otra esquina”, la voz se aleja. Ya en la otra esquina Andrea esta recorriendo el pasador de una reja de barrotes. Varios rechinidos. Ya estoy dentro del cine Goooyyaaa, he, he, he.  Él cierra. “Corre”, vuelve a indicar. Vamos sobre un pasillo con una alfombra roja y reluciente. En  nuestros costados puertas cerradas con letreros de nombres famosos. Ésta y aquél. “Antes fue teatro”, dice mi compa como si supiera lo que voy pensando. Una ovación. ¿En el teatro o en el cine? Un señor en calzones camina delante de nosotros. Lo rebasamos. Volteo. No puedo creerlo. Es una de las estrellas del filmamento interestelar. Topamos a Mercedes, la periodista de El Imparcial que habla por celular. “En el momento en que enciendan las luces de la sala volvemos a correr. Iremos por esas escaleras hasta arriba”. Tanto escalón terminará en el cielo. “Allá es gayola”. “Dirás, Goyalo”. “Nos va a seguir Mercedes”. Se prenden las luces de la sala. Lo sabemos porque se iluminan los marcos de las puertas cerradas. Alguien abre una de ellas. “Por aquí”, dice Mercedes que ya está a nuestro lado. La luz del sol ilumina los rostros de los que están sentados en las butacas. Todos con lentes oscuros. Se escucha el grito de “¡Acción!”. Siguen un ave imaginaría. Mueven sus cuellos, buscan en el aire. Mientras tanto nosotros tres, embarramos en la pared para no salir en la toma. El sol nace en el norte y muere en el sur. “¡Corte y queda!”. Se levantan los extras y abandonan la sala. Mercedes sugiere que nos sentemos. Antes de que Andrea se vaya con los extras, le doy una barra de alegría y otra para Mercedes. El gran momento. La figura del mismísimo Gordo Martínez se asoma por una de las piernas del escenario. Me levanto y me dirijo al lado contrario. Las luces se apagan. Llega a mitad del escenario, micrófono en mano declara: “Todo tiene su chiste”. Disparo una sola foto. “¡Corte y queda!”.

Fotografía: Javier Narváez

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *