Pájaros y versos de Alfredo Félix-Díaz

Por: Adrián Muñoz
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En un poema sobre pájaros, el siempre imperdible Fabio Morábito escribió:
¿Por qué si digo pájaro
me enciendo
y cuando digo ave me intimido?
Digo pájaros y pienso
en vuelos cortos,
no en migraciones,
en los esfuerzos para hacer un nido;
digo pájaro y me embosco,
me enarbolo
y me ensombrezco,
y al decir ave me remonto,
pierdo la sombra y subo,
subo,
y sólo la curvatura de la tierra,
que no siento,
corrige
este elevarme sin descanso, traduciendo
el ave que hay en mí en un pájaro
que busca, en otro clima, un árbol.
Para Morábito, la palabra pájaro sugiere el vuelo corto y la contención. Ave, por otro lado, remite a los altos vuelos y, acaso, la libertad que, por ilimitada, intimida. Las animales alados poseen un lugar muy canonizado en la literatura, notablemente en la poesía.
Hace unos años, en 2019, me invitaron a presentar un libro de poesía del sello Oblios, proyecto de Alejandro Michán e Inti Meza. Era algo que podría considerarse una rara avis. De la pluma de Alfredo Félix-Díaz y la imaginación visual de Adam Paquette, nos obsequiaban un poemario especial que lleva el sencillo título de Pájaros. El título, sin embargo, no refleja la complejidad que encierra el opúsculo. Más que una colección de poemas, se trata de un poema alado de largo aliento que, como cabría esperar de textos así, recorre diversos estados y experiencias, más que lugares físicos.
Alfredo Félix ha publicado otros poemarios (Si resistimos, 2009; Nada que perder, 2013) y , hace poco, una novela (Parted Gods, 2026). Además, se dedica al guion de cine y televisión (colaboró, por ejemplo, en la serie Cada minuto cuenta). Su trabajo con el verso es fino y cuidadoso del ritmo.
*
Para poder aquilatar el tipo de derroteros por los que transita Pájaros, consideremos primero el epígrafe:
En el mismo árbol se refugian
dos pájaros, grandes amigos,
uno come los dulces higos
y el otro, sin comer, observa.
Se trata de una cita extraída de la literatura védica, uno de los corpus literarios más viejos y una pieza fundamental de la cultura de la India. Si bien el autor da como fuente la referencia del Rigveda (una sublime colección de himnos y loas a los dioses del panteón védico), el pasaje citado figura más concretamente en dos upanishads (Mundaka y Svetasvatara), aquellos añejos tratados metafísicos de la época védica tardía. Ello nos da ya una pista. La cita es artificio poético, pero también ejercicio filosófico.
Los dos pájaros representan, por así decirlo, distintas partes del sí mismo: uno es el ser encarnado (jiva) y el otro el ser en su dimensión trascendental (paramatman). Esto es: uno participa del mundo y disfruta de los sentidos, mientras que el otro, ajeno a la realidad material, meramente contempla, intocado, imperturbable. Mas ambos son dos caras de la misma moneda. Parece que Pájaros de Félix-Díaz quiere llevarnos hacia ese tipo de reflexión, que al mismo tiempo pretende devenir en experiencia estética.
Sin duda, utilizar aves como alegorías no es nuevo. Nuestro autor está en esto acompañado de Edgar Allan Poe y su lúgubre y melancólico cuervo, de Ted Hughes y su inquisitivo y lúdico grajo o corneja, o bien del pájaro negro y ominoso de Ngugi wa Thiongo. Todas estas, nótese, son aves negras y, a su vez, refracciones unas de otras. En la obra de Félix nos encontramos con el vuelo de más especies aviarias, pero no es tan sencillo señalar de qué son alegorías, si es que lo son.
Retomando el epígrafe, una posibilidad es entender que un pájaro (el lector) mira al otro pájaro (el poema), mientras que éste se alimenta de imágenes y palabras; lo mira andarse por las ramas y mutar de pájaro en pájaro, transformando también el árbol y las hojas, y con ello el ojo que observa.
En esta obra, a las palabras no se las lleva el viento, sino que éstas pretenden batir las alas para surcar el cielo que llevan adentro desde el nacimiento, como rezan los versos de Félix-Díaz. Ese cielo interior produce la expansión externa y permite la transmutación fisiológica, biológica y ontológica, ya sea cornejas en golondrinas, manos en aves, hombre en mujer o misa en travesía urbana. No obstante, el poema inquiere: “Mientras / exista la metamorfosis / ¿existe la transmutación?” Una pregunta que no puede responderse categóricamente.
Ahora bien: esta obra también lo mira a uno. A través de las ilustraciones, el poemario cuestiona cómo el lector come con los ojos palabras e imágenes y se deja llevar al aire, trasladar de un sitio a otro a través de ramas eneasílabas y endecasílabas, como conjuro impalpable pero alado. Como complemento de esta operación transformativa o conjuro, notemos el efecto de las ilustraciones. En la p.45, por ejemplo, los pájaros al vuelo son copias de nuestro andar errante; son como sombras nuestras en el cielo. O son quizá sombras que alcanzaron la liberación y nos miran desde lo alto como el pájaro imperturbable en la cita del texto védico.
Hay algo lúdico que llama la atención en Pájaros. Además de las imágenes, los versos están también acompañados de notas al margen, no al pie, tal vez porque también revolotean, como los propios pensamientos, de manera constante y fraccionados a causa de la duda o la reflexión o los recuerdos o por asociaciones: emotivas o simbólicas, da igual, que en esto todo deviene higo: “Lo que en el hombre es artificio / es natural entre las aves.”
Hay algo de búsqueda espiritual en el libro, un motivo ya anunciado por el epígrafe. La voz poética camina, sobrevuela, mira misas, y se sume en cavilaciones:
…confundes formas con esencias,
te bastarían cuatro letras
para hermanar con Kristo a Krishna.
Konfiesas los pecados
que no te dejan ser feliz.
En la región del viento, no se puede discernir un soplo de otro, del mismo modo en que las gotas pierden su individualidad al sumergirse en el océano de la compenetración, como enseñan algunos filósofos en India.
Al final, los aleteos se yerguen necesarios para impulsar el sobrevuelo. Como escribe Alfredo Félix: “volar revienta los candados / vuelve y devuelve a lo sagrado”. Habrá que tener cuidado, sin embargo, de no sucumbir al destino de Ícaro, peligro siempre latente de que nos venza la ley de gravedad. Para terminar, citaré otro poema, como un refuerzo de la invitación a unirse a la parvada de versos. La fina y excelsa mano de Amalia Bautista (lúcida poeta española) declama en si poema “Ícaro”:
Se derriten al sol
las alas que les pongo a los recuerdos:
a unos, para que vuelen hasta mí,
a otros, a ver si emigran para siempre.
* * *
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