Ciclo de poesía de mujeres: Eliza Díaz Castelo y Tedi López Mills

Ciclo de poesía de mujeres: Eliza Díaz Castelo y Tedi López Mills

Ciclo de poesía de mujeres: Eliza Díaz Castelo y Tedi López Mills

La novela utiliza la música como un vector de fuerzas físicas y afectivas. Une y separa, tensiona las relaciones y revela aquello que los personajes son incapaces de expresar con palabras. Así como una composición musical alterna armonía y disonancia, también la vida de los protagonistas oscila entre el amor, la nostalgia y la imposibilidad.

La cama rechinaba, sus muebles ya eran viejos, y ella se levantó para cerrarla, se quedó por un momento parada viendo hacia afuera, y una oveja se encontraba a lo lejos con los ojos rojos fijamente mirando en su dirección, Carmina

el Renacimiento así como su uso y contenido de las categorías hasta el empleo
epistémico de los conceptos y acepciones en la modernidad, con las ideologías progresistas respectivas de la Nueva España del siglo XVIII.

En el fútbol internacional siempre vuelve a mí la misma pregunta:
¿cómo once cuerpos, coordinados para patear una pelota, pueden
representar una nación entera?

—Voy a bailar, voy a bailar con mi falda que rebotará para hoy hacerte llorar—.

Ahora que soy pura pienso en mi amiga Ronit, que se queja mucho de lavar los platos. Yo no lo entiendo. Me parece que hay cosas peores, como sacar la basura, por ejemplo.

Por su parte, Ornette Coleman señala que “la improvisación es la única forma de arte en la que se puede tocar la misma nota noche tras noche, pero de forma diferente cada vez”. Esta afirmación ilumina una dimensión clave: la repetición no es negación de la novedad

De repente, la mujer empezó a tocarse el pecho, a jadear intensamente. Tenía cara de sufrimiento. Volteó a verme y dijo, con un tono de voz que me erizó la piel:

Matar era su trabajo. Una huevada de trabajo, a decir verdad. Dos pesos menos y ya era caridad. Pero ahí estaba, disfrazado de repartidor de comida, como mil sicarios más. Iba a tocar el timbre, pero la puerta no tenía el cerrojo puesto. Con los siglos se volvían descuidados. Una bala de plata empapada en agua bendita del Expiatorio a la frente de uno, otra al corazón del otro, aunque ése ya estaba más muerto que un perro. De vez en cuando se mataban entre ellos: criaturas milenarias cargan disputas eternas, rencores añejos.