El cuento de Blad y la razón.

Por: Paulina Ramírez Santoyo
Caja de compartir
Se encontraba Sarah leyendo La sirenita, de los cuentos de Andersen, acompañada de unas galletas de mantequilla que podrían ser la perdición de cualquiera, reposando sobre el buró. Estaba sentada en una sala minimalista mientras intentaba recuperar la “razón”.
Debo contarte que, en días anteriores, la razón de Sarah había decidido marcharse, dejándola sola para que pudiera madurar, ya que ella frecuentemente se aferraba a su razón para poder dirigir cada aspecto de su vida. Sin embargo, esto la había dejado completamente perdida dentro de sí misma.
Esa mañana, después de leer unas cuantas páginas, pensó —desde el enojo que sentía— que sería buena idea ir a la comunidad de los hombres de Din, como venganza por la partida de su razón. Sabía perfectamente que era una mala idea, pero no le importó: quiso jugar con fuego. Desde que su razón se había ido, tomaba más riesgos. Tal vez lo que buscaba era provocarla para que regresara, para que le dijera qué estaba bien y qué no, para que le diera rumbo y todo volviera a ser como antes.
Mientras se vestía —con sus botas negras y un vestido de mangas holgadas con flores— tenía el plan de hacer que cualquiera de los hombres de ahí se volviera loco. Sin dejar de lado que jugaría hasta la última instancia, o al menos eso era lo que planeaba; algo que, evidentemente, alguien con un poco de vergüenza no haría solo por diversión.
Salió corriendo, cantando una canción tradicional que hablaba de bailar para luego hacer llorar a algunos farsantes:
—Voy a bailar, voy a bailar con mi falda que rebotará para hoy hacerte llorar—.
Mientras avanzaba, notó a lo lejos que, en la colina más verde —conocida por ser de los gnomos—, una familia de tres realizaba un día de campo justo afuera de lo que parecía una casa de descanso. Un señor gnomo, el más grande y único de sexo masculino que se encontraba ahí, escribía en una especie de cuaderno que bien podría confundirse con un libro, mientras la señora gnomo y la niña jugaban a un costado.
Después de haberse distraído con esta bellísima escena familiar, continuó:
—Voy a bailar, voy a bailar con mi falda que rebotará para hoy hacerte llorar—.
Sarah prosiguió su camino hacia Din. Ahí encontró lo que buscaba: se sabía que en ese lugar era muy probable encontrar hombres dispuestos a relacionarse, aunque también era muy probable que terminaran rompiendo corazones. Por eso, aprovechó para preparar su “juego”, y fue entonces cuando encontró a un par de muchachos con quienes utilizó la misma técnica: seducirlos con parpadeos, “ojitos” y una mirada penetrante.
El primero le sonrió firmemente y comenzó a seguirla, hasta que ella lo perdió mientras corrían. El segundo le hizo un ademán con la mano, invitándola a acercarse, pero ella no lo hizo, y él tampoco la buscó después.
Sarah comenzó a darse cuenta de que ya no era tan divertido. Honestamente, se aburría, sobre todo por no sentir absolutamente nada hacia ellos. Así que decidió regresar. Sin embargo, unos metros fuera de Din, se lo topó.
Era alto, de barba corta, cabello claro también corto, piel pálida y nariz aguileña. Le resultó curiosa la forma en que la miraba con sus ojos cafés, con las cejas ligeramente arqueadas en un gesto de sorpresa que repetía de forma muy curiosa y muy, muy rápida, lo cual la atrapó al instante sin saber por qué.
Él se acercó y le dijo:
—Hola, soy Blad. Te he visto desde hace un rato y creo que hay algo que debería compartir contigo.
Le mostró que, dentro de su bolsillo, había una pequeña célula de color blanco.
—Mi razón —dijo Sarah de inmediato—. ¿Cómo la encontraste?
Blad respondió:
—Hablemos, y con gusto te la doy… junto con la compañía que ambos buscamos.
Por su parte, Sarah tenía fama de no ceder ante ningún chantaje. No dejaba que cualquiera le viera la cara o, mejor dicho, nunca se enamoraba, lo cual también le preocupaba, ya que tenía un deseo secreto de sentir algo que no le era conocido y moría por experimentarlo. Sin embargo, por algo su “razón” había terminado en manos del joven Blad, y ella la iba a recuperar.
Su duda iba más allá: ¿realmente se estaba equivocando sentimentalmente o había sentido una conexión genuina con ese hombre? ¿En verdad le regresaría su razón? Parecía demasiado bueno para ser verdad. Pero no, no se iba a enamorar.
Decidió actuar con cautela.
Tiempo atrás, había pedido a una hermosa estrella color turquesa que le permitiera encontrar a alguien con quien se sintiera bien, alguien que pudiera ofrecerle lo que ella buscaba: reciprocidad.
Curiosamente, y al mismo tiempo, su “razón” le había insinuado que debía encontrar a alguien, quizá porque temía que ella se quedara sola. ¿Estaría jugando con fuego con Blad?
Todo parecía encajar: el joven Blad, su “razón”… Tal vez debía darle una oportunidad. ¿Por qué no?
Aceptó hablar. Caminaron hasta la casa de Sarah y, al entrar, se sentaron en el sillón. Compartieron un par de secretos. Blad, al parecer, era un hombre de números; Sarah, de palabras. Hablaron de tal forma que ella se sintió cómoda. Fueron cerca de seis horas de conversación ininterrumpida.
En ese momento, Blad parecía completamente hechizado por una chica como ella. Parecía tener ideales familiares que encajaban. En un pueblo como Din, el tiempo pasaba muy rápido; la gente sabía que ahí no se podía perder el tiempo. Fue entonces cuando a Blad se le escapó:
—Lamento lo que sucedió anteriormente con tu razón, pero ahora siento que debo estar contigo y protegerte. Incluso ya me he imaginado cosas, como lo lindos que serían nuestros hijos… me estoy volviendo loco—.
De pronto, le pidió que tocara su pecho para sentir cómo su corazón latía con fuerza. Sarah se convenció de que era buena idea dejarse llevar “un poco”, con la intención de recuperar su razón… o perderlo todo.
Fue entonces cuando lo tomó del cuello y se inclinó para besarlo. Sus labios se unieron, y ella comenzó a deslizar lentamente su mano hacia el pecho del joven. Misteriosamente, ahí sintió esas que llaman “mariposas en el estómago”.
Pero ahí fue cuando todo se tornó extraño.
Los labios de Blad comenzaron a endurecerse, a volverse cada vez más pequeños. En un abrir y cerrar de ojos, su ropa le quedaba grande mientras su cuerpo se comprimía.
Sarah, con solo sentirlo, se dio cuenta de que estaba siendo engañada. Intentó ignorarlo para saber cómo actuar, haciéndose la desentendida, pero llegó un punto en el que no pudo continuar besando aquellos labios pequeños y rígidos. Cada vez se volvían más asquerosos. Abrió los ojos y soltó un grito de terror que hizo vibrar los trastes de la cocina.
Frente a ella ya no estaba el joven.
En su lugar, y para su sorpresa, estaba el señor gnomo que había visto antes: rostro arrugado, dientes podridos, uñas largas y sucias, el cuerpo cubierto de vello. Desnudo, movió sus cejas varias veces hacia arriba y hacia abajo a toda velocidad, y después salió corriendo, arrasando con todo a su paso.
Fue entonces cuando Sarah vio caer aquello que llevaba en el pecho: una piedra envuelta en papel blanco que palpitaba. Aquella que, al principio, había confundido con su “razón”.
En el suelo había varias cosas que el ser místico dejó al huir. Entre ellas, encontró el libro que anteriormente cargaba el gnomo en la colina:
Cómo llegar a ser un hombre verdadero (advertencia: no cualquiera lo logra).
Sarah lentamente se levantó. Se dio cuenta de que en su boca tenía un sabor amargo, como a huevo podrido. Lo identificó como el sabor del engaño. Sintió un hueco en el pecho.
—Soy una estúpida— se dijo a sí misma mientras se ponía de pie y caminaba de frente.
Llegó un punto en el que se topó con la pared, pero en vez de voltearse, en vez de cambiar el rumbo, comenzó a golpearse la frente contra ella, una y otra vez, repitiendo:
—Lo sabías (pum), lo sabías (pum), lo sabías (pum)…
Se sentía tan tonta que el dolor físico no era suficiente para detenerla.
-Lo sabías (pum), lo sabías (pum), lo sabías (pum)…
Seguía y seguía golpeándose, el sonido de su frente topando cada vez era más duro, y llegó un punto en el que el cambió el tono a uno más crudo, a falta de razón su único pensamiento era ese. Una decepción de tamaño gigantesco.
-Lo sabías (crack), lo sabías (crack), lo sabías (crack)…
Sarah paró en un momento, cuando vio gotas de sangre derramarse en el suelo y no realmente el verlas ahí fue la razón que hizo que ella se detuviera. El charco de sangre que había debajo de ella era cada vez más grande, tanto que sintió sus pies resbalar.
Al caer, se quitó los zapatos, y con la ropa ensangrentada, gateó hasta el sillón para después sentarse.
Tomó el libro de La sirenita, buscó la página donde se había quedado y continuó leyendo. En ese instante, vio de reojo al buró, tomó una galleta de mantequilla, la llevó a sus labios y la masticó con gusto.



