Danny boy

En casa de Mariana había una regla, más importante que cualquier otra: no le hables a los muertos. Instrucción esencial cuando uno se pasaba el día y la noche acosado por espectros,
Una marca de Bonilla Distribución y Edición
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En casa de Mariana había una regla, más importante que cualquier otra: no le hables a los muertos. Instrucción esencial cuando uno se pasaba el día y la noche acosado por espectros,

La misteriosa chica miraba al "Rasta", un amigo de Franco que tenía un gran éxito con las mujeres. A pesar de las rastas y algunas actitudes arrogantes, el "Rasta" hacia sobresalir los rasgos finos de su rostro para atraer mujeres al grupo de amigos que era bastante numeroso.

Asustada, Natalia corrió a su cuarto, buscando la urna de Antonia. Ella era lo único que le importaba. Sentía sus ojos zarcos llenarse de lágrimas mientras se dejaba caer frente al tocador, las rosas secas pegándose a su piel

Los dedos finos degollaban a la perfección becerros, gatos, hombres y viejos por igual. Los ponía de cabeza con ayuda de las poleas, los tenía colgados más de lo necesario porque le gustaba verlos llorar, gimotear, especialmente disfrutaba oírlos rezar.

— ¡No es cierto! El abuelo Tato me dijo que cuando él estaba chiquito, había tantísimos pájaros que hasta podías tenerlos de mascota.
— ¿Cómo de mascota? Serás tonto, Raúl, si se van volando.

La cama rechinaba, sus muebles ya eran viejos, y ella se levantó para cerrarla, se quedó por un momento parada viendo hacia afuera, y una oveja se encontraba a lo lejos con los ojos rojos fijamente mirando en su dirección, Carmina

—Voy a bailar, voy a bailar con mi falda que rebotará para hoy hacerte llorar—.

Ahora que soy pura pienso en mi amiga Ronit, que se queja mucho de lavar los platos. Yo no lo entiendo. Me parece que hay cosas peores, como sacar la basura, por ejemplo.

De repente, la mujer empezó a tocarse el pecho, a jadear intensamente. Tenía cara de sufrimiento. Volteó a verme y dijo, con un tono de voz que me erizó la piel:

Matar era su trabajo. Una huevada de trabajo, a decir verdad. Dos pesos menos y ya era caridad. Pero ahí estaba, disfrazado de repartidor de comida, como mil sicarios más. Iba a tocar el timbre, pero la puerta no tenía el cerrojo puesto. Con los siglos se volvían descuidados. Una bala de plata empapada en agua bendita del Expiatorio a la frente de uno, otra al corazón del otro, aunque ése ya estaba más muerto que un perro. De vez en cuando se mataban entre ellos: criaturas milenarias cargan disputas eternas, rencores añejos.