¿Cómo trinarán los pájaros en Marte?

— ¡No es cierto! El abuelo Tato me dijo que cuando él estaba chiquito, había tantísimos pájaros que hasta podías tenerlos de mascota.
— ¿Cómo de mascota? Serás tonto, Raúl, si se van volando.

— ¡No es cierto! El abuelo Tato me dijo que cuando él estaba chiquito, había tantísimos pájaros que hasta podías tenerlos de mascota.
— ¿Cómo de mascota? Serás tonto, Raúl, si se van volando.

La cama rechinaba, sus muebles ya eran viejos, y ella se levantó para cerrarla, se quedó por un momento parada viendo hacia afuera, y una oveja se encontraba a lo lejos con los ojos rojos fijamente mirando en su dirección, Carmina

—Voy a bailar, voy a bailar con mi falda que rebotará para hoy hacerte llorar—.

Ahora que soy pura pienso en mi amiga Ronit, que se queja mucho de lavar los platos. Yo no lo entiendo. Me parece que hay cosas peores, como sacar la basura, por ejemplo.

De repente, la mujer empezó a tocarse el pecho, a jadear intensamente. Tenía cara de sufrimiento. Volteó a verme y dijo, con un tono de voz que me erizó la piel:

Matar era su trabajo. Una huevada de trabajo, a decir verdad. Dos pesos menos y ya era caridad. Pero ahí estaba, disfrazado de repartidor de comida, como mil sicarios más. Iba a tocar el timbre, pero la puerta no tenía el cerrojo puesto. Con los siglos se volvían descuidados. Una bala de plata empapada en agua bendita del Expiatorio a la frente de uno, otra al corazón del otro, aunque ése ya estaba más muerto que un perro. De vez en cuando se mataban entre ellos: criaturas milenarias cargan disputas eternas, rencores añejos.

Las oficinas de la agencia de detectives de lo paranormal, Los Patos Azules, se encontraban localizadas en la Privada del patio trasero de Carlota, casa del árbol número 3, entre el árbol número 2 y la casa del perro.

Un día, mientras caminaba de regreso a su casa porque había perdido el transporte, Victoria se empezó a volver muy liviana. Sus pies tardaban más y más segundos en regresar al suelo, sus zapatos ya casi no rozaban la banqueta.

Mi libro de matemáticas, el de antes de que llegara el doctor M, todavía lo tengo por ahí, extirpado subrepticiamente de la escuela con todo y mis apuntes a lápiz en los márgenes. Seguro Ana P me ve con cara de ¿para?, pero lo guardo en la eventualidad de que de repente me entren unas ansias tremendas por hacer ecuaciones cuadráticas o lo que sea.

Luis Miguel, cantando la del ropa-pom-pom y la de los peces en el río cual si el mismísimo Sol estuviera engatuzándose a carpas, tilapias y huachinangos, a pasar una noche inolvidable en su compañía.