Fútbol como performance de la nación

Por:Fernando Vizcaíno
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En el fútbol internacional siempre vuelve a mí la misma pregunta: ¿cómo once cuerpos, coordinados para patear una pelota, pueden representar una nación entera? La tecnología parece simple: un silbato y un reloj de 90 minutos, dos tarjetas y unas cuantas reglas (que apenas contienen la violencia y la falta de lealtad). El propósito también: defender el arco propio y vulnerar el ajeno. Sin embargo, el desenlace adquiere un dramatismo excesivo porque esos once cuerpos cargan el peso imaginario de la nación.
Un gol es un grito que resuena más allá de la cancha. Interrumpe rutinas institucionales. Altera la vida ordinaria: el desconocido abraza al extraño y el pobre festeja junto al rico. Por un instante, resurge el sentido de pertenencia a la nación. El espectáculo moderno, como la música y el cine, está dominado por el mercado y la creación de identidades ligadas al consumo inmediato. El fútbol es sin duda un espectáculo y, sin embargo, es capaz de reactivar experiencias ancestrales como la fe y el orgullo patrio.
A la pregunta sobre la representación de la nación corresponde otra no menos importante: ¿cómo, antes de que ruede el balón, una multitud imagina que algo suyo entra en juego? Esa interrogante remite tanto al nacionalismo —discurso que el Estado organiza y reproduce— como al patriotismo —orgullo colectivo que emerge entre la sociedad. Si el nacionalismo es la exaltación performática de la nación, en el fútbol la camiseta adquiere una centralidad ritual. Pero en el Mundial se transforma en bandera. El campo de juego, entonces, representa una geografía donde se disputa la dignidad de un país. Ganar produce la
ilusión de una república soberana.
Todo nacionalismo es un discurso que requiere de un enemigo. El rival favorece la construcción del “nosotros”. Ernesto Laclau explicó cómo ciertos líderes unifican demandas sociales dispersas frente a un
enemigo, real o imaginario: la élite corrupta, los intelectuales despatriados, los empresarios que saquean la nación. “Mas si osare un extraño enemigo” es una línea icónica del Himno Nacional Mexicano que condensa esa lógica. En el fútbol, la camiseta-bandera funciona como uno de esos significantes que agrupa emociones y les da una fuerza colectiva. Un símbolo que hace que personas con vidas y problemas distintos se sientan “uno solo”.
Pero lo significativo radica en la rivalidad histórica, viva en la memoria colectiva. El triunfo de Argentina sobre Inglaterra, en México 1986, cuatro años después de la guerra de las Malvinas, fue como una venganza. La “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo” — en el que Maradona dejó atrás a medio equipo inglés para vencer al portero— crearon un héroe y alimentó el mito de la identidad nacional capaz de vencer incluso a cualquier potencia europea.
Laclau también explicó una vieja tesis: para que un grupo se una, necesita una frontera antagónica. En el caso de Holanda, tras la ocupación nazi, esa frontera era, tanto o más que territorial, deportiva. La final de 1974, en Munich, lo confirmó. Pero el escupitajo de Rijkaard a Völler, en 1990, constató un resentimiento histórico.
En 2026 las tensiones continúan. Irán, jugando en territorio estadounidense, reactualiza el choque que, al menos desde 1979 —cuando la revolución islámica derrocó al Sha, sostenido por Estados Unidos—, ha estado marcado por narrativas civilizatorias opuestas. Rusia, en cambio, está presente mediante su ausencia. No verla
competir confirma que la FIFA es parte de las relaciones globales de poder.
No es menos importante, en toda narrativa nacionalista, el enemigo interno, el antipatriota. Apenas llega la derrota, aparece el traidor, el técnico cobarde, el defensa vendido, el delantero sin patria. La nación, herida, busca culpables entre los suyos.
Un criterio determinante yace en el tiempo histórico. Todo nacionalismo es una narrativa histórica. En el fútbol se juega contra el presente y contra viejas derrotas. El futuro, la otra cara del padre tiempo, es necesario porque promete justicia y así legitima la voluntad de la unidad nacional. La afición repite la misma fe: ahora sí, la próxima copa, la nueva generación.
Esa promesa no está desligada de ambivalencias. El mismo fervor que une, excluye. La bandera que cobija acusa. La alegría común a veces es rencor. “¡Viva México, cabrones!” o “¡Aguante Argentina, carajo!”, son gritos que reafirman la identidad patriota pero que, en el mundo de las nuevas sensibilidades, tienden a interpretarse como discriminación y machismo. Las disputas de género, por eso mismo, se topan en el fútbol con códigos masculinos arraigados.
El fútbol sobrevive, así, frente a las promesas seculares del individualismo contemporáneo. Tras el desgaste de las promesas de libertad y dignidad del mercado global, el fútbol todavía ofrece la sensación, así sea fugaz, de pertenecer a un nosotros.
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