El conserje

Muchas veces, cuando estaba triste, me paseaba por el edificio solo con el fin de sentir su reverencia rodeando mi cuerpo, algo que siempre me calmaba.

Muchas veces, cuando estaba triste, me paseaba por el edificio solo con el fin de sentir su reverencia rodeando mi cuerpo, algo que siempre me calmaba.

Colinas de Santa Fe, un emplazamiento ubicado a las afueras de la ciudad de Veracruz cuyo uso como cementerio clandestino, largamente envuelto en rumores, fue confirmado en agosto de 2016, gracias a la acción del colectivo Solecito, una organización integrada por madres de desaparecidos

Perdona, Cayetana, no te quise asustar, le digo, pero me corrijo al instante, perdona, de verdad, pensé que eras una amiga, te pareces mucho, se llamaba Cayetana Palermo, murió hace cinco años,

Antes de darme cuenta de que era un fantasma amistoso, casi me mata varias veces del infarto. Le pedí a mi mamá un exorcista mil veces, pero nunca me hizo caso.

Uno no se topa con viejitas que traen trasgos en la bolsa del mandado y se regresa a su casa así nada más a cenar quesadillas y hacer la tarea de matemáticas ¿verdad?

La noche en que Luz Nuestra requería alimento, se presentaban en la grieta los miembros del círculo convocados para servirle. Únicamente a ellos se les revelaba la ubicación y la forma de acceder hasta él. Llegaban a través de los túneles ocultos en el Bosque, que conectaban con otros sitios de la ciudad de Guadalajara

Los doctores no saben cómo es que esto ocurrió, parezco un cadáver que se mueve de vez en cuando, estoy muy flaco, yo estoy seguro de que estoy poseído, pero no me quieren creer.

La cueva del Cabrito Por: Irene González 3 días le dio antes de regresar a buscarle. De ese tiempo restaban algunas horas. Lucía revisó el listado de tareas, alumbrándose con la luz del celular mientras se fumaba el milésimo cigarro…

D.R.C ó tráeme un llavero del Juicio Final Por: Irene González D.R.C ó tráeme un llavero del Juicio Final Alulú Vitriol “Porque una palabra tuya bastará para sanar” … Pero no bastó. Ni una, ni cien, ni la última palabra…

Acababa de abrir un atún en la cocina cuando escuché los gritos. Me asusté tanto que, sin querer, me corté el dedo con la lata y unas manchas rojizas quedaron flotando sobre el aceite de girasol. Los gritos no parecían hechos con cuerdas bucales, sino con la barriga.