Cadena alimenticia

Por: Irene González
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Matar estaba en su naturaleza. Necesitaba la sangre caliente que circulaba por las venas de esos cuerpos aterciopelados, vulnerables, deliciosos. Era fácil deshacerse de los restos, ¿a quién le importaban un montón de perros? Decían que era de mal gusto saciarse de sangre animal, algo así como vivir con una dieta a base de papas fritas, donas y chocolates. Nunca le importó mucho. Encontraba su alimento fácilmente: cuando no sentía ganas de cazarlos, de extraerlos directo de las calles, sencillamente se iba a algún refugio, al antirrábico, a cualquier lado.
El ruido era otra ventaja, nadie se preocupaba demasiado por los aullidos y gruñidos. Menos aún en el terreno que tenía a las afueras, donde todo el mundo dejaba a los perros hambreados y enojados para que se pusieran más bravos y cuidaran mejor las propiedades. Ahí, oculto en una bodega erguida a la mitad del predio, los colgaba de las patas traseras cuando estaban todavía medio vivos. Los desangraba en el transcurso de unos pocos días y recolectaba el líquido tibio en baldes que luego se llevaba a su departamento, donde lo distribuía con la misma consciencia y dedicación con la que los influencers ejecutan sus meal preps en TikTok.
Apartaba en el refrigerador una ración fresca para las comidas más próximas, para el batido de proteína de la cena y el licuado con moras de la mañana. El resto lo congelaba en bolsas de silicona meticulosamente etiquetadas por días y se despreocupaba de la ordeña durante un tiempo. Era un ritual agradable que le daba oportunidad para concentrarse en el trabajo, ir al gimnasio y ver algunas series. Le gustaba mucho esa rutina, el sentido de normalidad que le concedía.
***
Matar le era una delicia. Nada le daba mayor propósito. Le encajó los colmillos en el cuello al idiota de mierda que solo comía perros y disfrutó cada segundo de extraerle todo lo que circulaba por las venas de su cuerpo. No era propiamente sangre, con ellos era algo más ácido y grumoso.
Lo agarró en su propia sala, en un departamento en Providencia. El muy hijo de perra estaba sentado frente al televisor, dándole la espalda. Riéndose con la boca sucia de rojo, como labial de puta, mientras le daba sorbitos al popote de un termo. Sabía a lo que olían los chuchos callejeros que deambulaban con las costillas casi al aire en las calles del centro. Pero el placer de desangrarlo no tenía nada que ver su sabor. Le traía ganas desde hace rato, desde que le contaron acerca de él, otro de esos “vegetarianos”, una maldita vergüenza de engendros.
Los odiaba, su existencia era un escupitajo a la creación más sagrada de Satán, a la perfección de su anatomía y la evolución milenaria de sus cuerpos. Renegar de su verdadera sed era patético, conformarse con sorber animales y todavía empaquetarlos en el congelador como si fuera un ama de casa cualquiera, con el gordo trasero pegado al televisor y la ropa planchada para trabajar a la noche siguiente. En una ciudad como aquella donde era tan fácil agarrarse a cualquiera, extraviar un nombre más entre decenas, ¿cuál era la excusa para ponerse a ordeñar perros? Cuando de sangre se trataba, hasta el más imbécil se saciaba en Guadalajara.
***
Matar era su trabajo. Una huevada de trabajo, a decir verdad. Dos pesos menos y ya era caridad. Pero ahí estaba, disfrazado de repartidor de comida, como mil sicarios más. Iba a tocar el timbre, pero la puerta no tenía el cerrojo puesto. Con los siglos se volvían descuidados. Una bala de plata empapada en agua bendita del Expiatorio a la frente de uno, otra al corazón del otro, aunque ése ya estaba más muerto que un perro. De vez en cuando se mataban entre ellos: criaturas milenarias cargan disputas eternas, rencores añejos. Era una ventaja, una manera en la cual la naturaleza intentaba balancear las probabilidades humanas contra un depredador de su calibre.
Cuando estuvo hecho, abrió de par en par las cortinas del departamento. Todavía era de madrugada, pero en unas cuantas horas el sol dominical se encargaría de evaporar la escena. Se tomó unos instantes para admirar la vista, cagándose mentalmente en el dinero que amasaban esas pestes. Seguro era lindo tener siglos de riqueza acumulada. Aunque tenía sentido, suponía de mala gana: los vampiros eran, históricamente, burgueses y aristócratas.
La televisión estaba encendida. Reproducía un episodio de un K-drama que justo quería ver desde hace rato, pero nunca hallaba tiempo para empezar. ¿Por qué no? Se quitó la mochila de repartidor que todavía llevaba a la espalda y la colocó sobre la mesa de vidrio. Era un disfraz, pero genuinamente tenía comida dentro: unos hotdogs de salchicha alemana que sacó y preparó con cátsup y mostaza. Se deshizo también de las botas de cuero, tomó asiento en el sillón menos salpicado de entrañas, activó los subtítulos en español y le subió al volumen.
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