Registros akáshicos

Por: Paulina Ramírez
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Iba de camino al trabajo. Estaba por llegar, pero era demasiado temprano: tenía 50 minutos libres. Pasé por la esquina de Guadalajara y Nuevo León, en la Roma Norte, y vi que había un bazar sobre ruedas, de esos que no siempre se ponen, así que decidí estacionarme antes de llegar a mi destino y bajar a ver.
Al entrar, me di cuenta de que era un bazar del estilo “brujil”: todo lo que tuviera que ver con la luna, el futuro y esas vibras que luego vienen acompañadas de olor a mota.
Como sea, seguí recorriendo. Velas con “intención” de un lado, cuarzos que habían sido previamente “trabajados”, algunos alucinógenos… de todo un poco.
Casi al final encontré a dos personas en una mesa: una mujer tomaba las manos de un hombre. Otra persona se acercó a mí:
—¿Te interesaría una pregunta?
Ahí fue cuando vi un letrero sobre la mesa: “Tarot, registros akáshicos. $150 la pregunta, $250 dos preguntas, $500 sesión completa”. No era mi primera experiencia de ese estilo; anteriormente, “Cony” me había leído el futuro y, sorpresivamente, había sido bastante atinada.
—La verdad, no sé qué preguntar —contesté, dudosa.
La chica me respondió que podía ser un mensaje que me mandaran. Ya había escuchado sobre los registros akáshicos y, tal cual, la curiosidad mató al gato… y a mí también.
Acepté.
—Ok, un mensaje y una pregunta. Serían $250. Me parecía un trato justo.
Así fue como llegó mi turno. Me senté frente a ella. Vi al chico que se iba un poco sacado de onda; al final, se dieron un abrazo, la lectora y él, como si una conexión muy profunda se hubiese dado.
—¿Qué vas a querer? —me preguntó.
Le comenté que un mensaje y una pregunta, pero que no tenía mucho tiempo: me tenía que ir a trabajar.
La mujer comenzó:
—Cierra tus ojos y déjate guiar por la siguiente meditación —dijo, mientras yo obedecía.
Empezó a sonar una especie de caja musical.
—Respira. Imagina que la Pachamama tiene tus pies enraizados al centro de la tierra. Intenté hacerlo tal cual lo indicaba. Me pidió mi nombre y mi fecha de nacimiento:
—Sarah Gómez Hernández, 31 de marzo de 1995. Ella exclamó:
—Permíteme entrar a los registros akáshicos de… vuelve a repetir tu nombre.
Así fueron unas tres veces, hasta que, según ella, pudo acceder a mis “registros”. Al parecer, la Pachamama ya la había dejado. Entonces me pidió abrir los ojos.
Comencé a poner atención.
De repente, la mujer empezó a tocarse el pecho, a jadear intensamente. Tenía cara de sufrimiento. Volteó a verme y dijo, con un tono de voz que me erizó la piel:
—Tranquila, ya todo ha acabado. Ya pasó todo el sufrimiento. Mi niña, vas a estar bien. Me tomó de las manos.
—Todo lo que sucedió, ya déjalo ir. Mi niña, veo en tus ojos mucho dolor. ¿Sientes que fuiste abusada? No sexualmente, pero me llega un sentimiento horrible de abuso… algo en el pecho que duele tanto.
Asentí con la cabeza. Continuó:
—No te preocupes, porque de ahora en adelante eres libre. Debes estar segura de que las cosas las estás haciendo bien.
En ese momento llegó el turno de mi pregunta:
—¿Qué debo hacer con las propiedades?
Ella volvió a tocarse el pecho y a mirar hacia el cielo. Luego regresó a verme fijamente a los ojos:
—No olvides que lo más importante es que pongas el precio justo, como tú lo quieres. Veo que alguien te quiere decir qué hacer. Véndelo en el precio justo, que no te convenzan de nada.
Cuídate mucho en ese aspecto. Hizo una pausa y continuó:
—Y la otra… veo que es una sociedad con amigos, al parecer. Creo que lo mejor es que, de una vez, fijen todo, repartan igualitariamente. Niña, ¿te puedo dar un abrazo?
Le dije que sí y nos abrazamos.
Poco a poco me fui retirando, pensativa. Sentía cómo mi corazón palpitaba; estaba procesando lo que acababa de vivir.
Pinche gato pendejo… $250 pesos tirados a la basura.



