Un astronauta en camisa de fuerza

Por: Armando Enríquez Vázquez
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i.- ¿…?
En las coordenadas: 43º 24’ latitud norte, 10º 51’longitud este,
el suelo helado es duro y yo sólo veo pasar los cuerpos.
El jardín amaneció cubierto con huesos de pájaro, se adelgazan los sonidos
del espacio. El aire ya no sostiene el vuelo, la ligera parábola del despegue.
Sólo veo pasar los cuerpos y, algunas tardes, converso con ese corazón
o ese cerebro respirando en el formol. El cristal no transparenta secretos,
guarda los latidos, los recuerdos en sus contornos.
Decesos: 10% por aplicación magnética-catódica
40% por transmisión de enfermedades
50% por odio, falta de amor y afecto.
Respiramos sobre ceniza de aves y trinos que abona esta tierra.
Huella mineral, tonos disecados, donde se desplazan otros fósiles.
Puedo contarlo desde la nada, desde Volterra. (pp 29)
Los caminos de la inspiración son azarosos. Fueron la portada de un CD y lo que a Enzia Verduchi (Roma, Italia 1967) le pareció la representación de un astronauta, donde inicia la historia. La imagen del supuesto astronauta era la portada del CD, que a su vez contenía una obra del músico italiano Piero Milesi (1953-2011) llamada “El observatorio nuclear del señor Nanof”.
Pero Nanof permaneció como una ficción en la mente de la poeta que sin duda relacionaba con la llamativa imagen que era portada del CD de Milesi. Un día para su sorpresa descubrió que Nanof había sido un hombre de carne y hueso de nombre Fernando Oreste Nanneti. Lo que en inicio parecía un astronauta era en realidad un hombre en una camisa de fuerza y los electrodos para los electroshocks en su cabeza.
La vida de Fernando Oreste Nanneti vida fue un infierno. La mayor parte de sus días, desde la adolescencia, pasaron en diferentes manicomios. El manicomio de Volterra fue como su casa pues Nanof, una de las formas en que Nanneti se refería a sí mismo, vivió más de 30 años entre sus muros.
De Nanneti poco se sabe. Un hombre que fue asimilado por el sistema burocrático de las instituciones de salud mental italianas, siendo originario de Roma la mayor parte de sus días los pasó a 300 km de la capital, recluido en el hospital psiquiátrico de Volterra, sin que se sepa cómo, ni por qué llegó a este lugar.
Fernando podría haber sido uno más en esas prisiones socialmente aceptadas, en las que millones de seres humanos fueron y siguen siendo abandonados a universos de experimentación y humillación.
Nanof a fuerza de golpes de la hebilla de su cinturón, dejó testimonio de su existencia; un enorme mural en las paredes del manicomio, más de 100 metros lineales llenos de jeroglíficos y grabados figurativos como el ya mencionado del hombre en la camisa de fuerza. Un grito de desesperanza y soledad.
De esta historia de alienación y abandono institucionalizado nació de la pluma de Enzia Verduchi un poema brutalmente humano, solidario, que pretende aprehender la mirada de Nanof, sus hipotéticas respuestas a un rígido interrogatorio clínico, oficial y frío que la poeta imagina, pero se niega a compartir sus preguntas, tal vez porque frente a lo descarnado de las respuesta sólo se trata de un vulgar formulario que ni siquiera vale la pena mencionar.
ii ¿…?
500 miliamperios para el perturbado.110 voltios para el venático. Donde no llega el metrazol, el potencial eléctrico traspasa el pulso del catatónico.
Arden las paredes de las venas
Arde el saberse vivo, queman las visiones.
En cada tañido me arde el corazón.
En blanco.
(pp.75)
El poemario mantiene una narrativa fragmentada y divagante que va del interrogatorio, a una escala por Groenlandia y una segmentada y terrible Tabla Periódica de elementos que incluye oro, plomo, hierro, carbono, calcio, potasio, xenón. Textos a manera de postales, dedicados a una mujer que Nanof imagina y con la que dialoga y a la que ama: Milena. La poética locura del amor loco:
“¿A quién le escribo cuando te escribo? ¿me escribo a mí?
¿Sobre que labios, en qué palabras se detiene la tinta?
¿Mis palabras te cercan, te acercan al dolor de no verte?”
(pp. 25)
No sólo Nanof está en la mente de la poeta, está el recuento de los otros, anónimos, que habitaron ese mismo hospital:
“Se fueron Pietro, Silvia, Edoardo, Hilaria,
arrastrados por la melancolía: todos están en el muro.”
(pp.81)
Los días que deben ser grises y eternos en los pasillos, patios y celdas del manicomio:
“El expediente 100150 ha dado más de trescientos pasos sin dopamina.
Ha escuchado nevar sobre el oleaje. Ha visto llover en el desierto. Habla con su abuela, le susurra. Oculta el ligero temblor de sus manos entre las piernas. No desea quebrantar el ritmo, forzar el tiempo con gestos reflejos.”
(pp76)
Y la imposibilidad humana, demasiado humana, de entender la razón de su condición.
Dios nos confinó en su ira. Cada gitano, raro, frenético, agitador, desertor o levita es un cosmonauta flotando en las márgenes del sitio de Volterra. Vuelos lunares. El otro entre los otros. Cientos de rostros anestesiados por el miedo. Un experimento ordenado del Caos.
Hermanos, no conozco más misericordia que la del paisaje.
Hermanos, abracemos un árbol hasta fundirnos en su savia.
(pp. 45)
En su brevedad el poemario, es brutal, descarnado, revela a un loco, pero sobre todo revela la contundencia de la pluma de Enzia Verduchi que nos deja en silencio tras cada uno de los versos.

Verduchi, Enzia. Nanof.
Vaso Roto Ediciones. Madrid, 2019




