Cómo escribí algunos de mis sonetos (XV)

Por: Dan Russek

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De futbol.

Muchos de mis sonetos son de ocasión, y la ocasión que nos convoca en estos momentos que escribo (escribo estas líneas a fines de junio de 2026), es el Campeonato mundial de futbol. Debo confesar que a cierta edad, estos eventos colectivos emocionan menos de lo que solían. No me refiero (solamente) al descarado uso y abuso del deporte para fines extradeportivos, que tal vez nos haga tomar distancia de un espectáculo que creemos devaluado. A nadie se le oculta la rampante comercialización, el entretenimiento como instrumento de manipulación política, la imposición de condiciones legales y administrativas por parte de las grandes corporaciones a los organizadores locales… No es eso. A cierta edad, lo que tuvo lustre afectivo deja de tenerlo. ¿Cuántos goles puede ver uno en la vida hasta que un buen día dice basta?     

Algún conocimiento tengo de los placeres y padeceres del futbol, sus usos y costumbres, sus estrategias y percances. Lo practique alegremente en mi infancia y juventud, y guardo buenos recuerdos de compañeros, entrenamientos, algunos juegos, algunas jugadas, algunas rivalidades, los amigos que hice más allá de la cancha. Algunos recuerdos son más bien agridulces: yo era un chamaco medio flaco, por no decir debilucho, y recuerdo a nuestro severo entrenador que en el medio tiempo una vez se lamentó, de viva voz, diciendo que el único jugador que tenía idea en el equipo no tenía fuerza para darle duro al balón. ¿Podría ello tal vez explicar por qué abandoné pronto el prospecto de una carrera futbolística en favor de la escritura de poemas y el estudio de las Humanidades? No: una cosa no tiene nada que ver con la otra.

He dedicado dos sonetos al futbol. El primero, a un momento excepcional y excitante en todo partido: no el gol, el logro, sino el tiro al poste, el logro casi alcanzado, el elusivo triunfo, el momento cargado de suspenso del ya merito. Si la defensa piensa que “nos salvamos por un pelito”, el atacante se lamenta de la oportunidad perdida, pero de inmediato recompone su ánimo con un “mejor suerte para la próxima”.

No sé de nadie que haya examinado a fondo lo que podría llamarse una fenomenología del tiro al poste (si hay una fenomenología del Espíritu y una del relajo, ¿por qué no una del poste?). En ella se pondrían de manifiesto sus características esenciales, su tipología y los efectos emotivos que provoca en participantes y espectadores. Aquí un esbozo.

Está el tiro al poste sin más: el tiro que se estrella contra el palo y rebota y retorna al campo para que los jugadores, luego del fugaz asombro expectante, sigan jugando. Está el tiro al poste que pega de tal modo que el balón abandona el campo de juego. Y está el disparo al poste que se convierte en gol, y que es menos tiro al poste que los demás, pues se convierte en gol a fin de cuentas. ¿Y qué hay del tiro al poste por duplicado, cuando pega en uno, y luego en otro? Carambolas tales tienen visos de milagro. 

El tiro al poste no es de suyo un acto fallido. No como el rebanar la pelota (dicho sea con sabrosa metáfora futbolera) del torpe defensa, o el fatídico autogol. Con el tiro al poste, no se logró lo que uno se proponía, pero se estuvo cerca. Aparte de la puntual emoción del momento, esos tiros son, generalmente, acontecimientos que no permanecen en la memoria de los aficionados. Nadie sabrá nunca quién ha sido el jugador que más tiros al poste logró en la historia del futbol. En un deporte (en un mundo) en el que todo se ha convertido en estadística, ése es un dato que, podemos estar ciertos, nadie tabulará.

Hay de postes a postes: el tiro al larguero comanda una cierta dignidad, una cierta eminencia, que el que pega a media altura no inspira. Pocos tiros tan cargados de drama como el que se impacta en la horquilla (sí, ahí donde la vertical y la horizontal se unen en un punto privilegiado del espacio, y donde –para decirlo con la floritura de un comentarista mexicano muy dado a las florituras– “hacen su nido las arañas”). 

Si bien el tiro al poste puede verse bajo la categoría de las frustraciones del juego, también cabe considerarlo bajo la óptica del instante providencial. Para el defensor, se trata del clásico caso de “salvarse por poquito”, como cuando el rayo cae a diez metros del árbol que nos cobija o la bala roza apenas la punta de la oreja del presidente, sujeto de fracasado magnicidio. Hay cosas que suceden y no deberían suceder (como cuando el pase del atacante choca contra la pierna del árbitro, que así habilita al centro delantero que aprovecha el regalo para anotar imprevisto gol), o cosas que no suceden pero deberían suceder (como cuando el árbitro deja de marcar flagrante foul en el área grande, esto en los días antes del VAR). Producto de fuerzas cósmicas más allá de nuestro control, el tiro al poste simplemente sucede.

Como todo es historia, habría que recordar que la portería, como dirían los sociólogos a la moda, es “un constructo social”, una mera invención de hombres (las mujeres, entonces, se ocupaban de otros menesteres) en un determinado momento y lugar y que crea una realidad de artificio que aceptamos como normal. Es fácil suponer que el futbol siempre ha contado con una portería. Como que las cosas que conocemos y permanecen en su sitio siempre han estado ahí, así (así escribe Borges en su “Fundación mítica de Bueno Aires”: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: La juzgo tan eterna como el agua y el aire.”). En la década de 1860 se empiezan a uniformar en Inglaterra las variadas versiones del futbol (algunas permitían sin mayor problema el uso de las manos para acarrear el balón: de ahí el rugby, y lo que los americanos de este lado del río llamamos futbol americano). Fue hasta 1883 que se determinó algo que hoy damos por supuesto: que el arco debiera tener un travesaño. Hasta entones, una cuerda o cinta marcaba la altura de la portería. Incluso antes, no había señal que determinara ese límite. Quienes hayan jugado de chavos cascaritas en el parque habrán experimentado este problema: usar dos prendas tiradas en el prado para demarcar la portería creaba no pocas controversias a la hora de determinar si el recio tiro que pasó más o menos encima de la prenda, o a cierta altura, debía contar como gol o no. Los atacantes decían siempre sí, los defensores decían siempre no. Arbitro no había, y en conflictos de ese calibre se iban muchos minutos, los partidos se suspendían y las amistades que la cascarita había unido, la indecisión del gol tenía visos de desunir. Se impone, como tanto en la vida, fronteras precisas, un aquí y un allá, dos postes verticales sobre los que se asienta uno horizontal que, hechos de un material sólido, permitan determinar lo que constituye un elemento esencial del futbol: saber si contó el gol o no.

En la teoría que adelanta el antropólogo Desmond Morris en su The Soccer Tribe (1981), el futbol es un remedo o sublimado moderno de la ancestral práctica de la cacería. La portería viene siendo la presa, y el gol, una caza exitosa (la pelota, el arma; el equipo propio, la tribu que coopera en el proyecto de matar a la presa, y el equipo contrario, la tribu que obstruye los esfuerzos propios y busca a su vez anotar en la portería contraria, en una como guerrera coreografía de doble sentido). Que el marco tenga dimensiones visibles y propiedades tangibles impide que la cacería virtual se expanda anárquicamente por el campo de juego.

Mi soneto celebra ese momento cúspide donde la dirección y velocidad del balón, aunada a la derrota del portero en su afán defensivo, indican por un momento que sí, pero al final no (¡mejor suerte para la próxima!). Se titula “Soneto al tiro al poste” y se encuentra en Nuevos dones del día (p.84):

Enérgico disparas: la pelota,

saeta esférica como un cometa,

remonta al arrojado guardameta

y en duro impacto en el palo rebota.

Cobra el momento emocionante cuota.

La coincidencia no es perversa treta

sino un casual encuentro que decreta

que un inminente gol casi se anota.

que un inminente gol casi se anota.

el blanco poste es un límite a ultranza

que firme invita y astuto desespera

cuando le dice al jugador forzudo,

entre la realidad y la esperanza,

que sí se puede cuando no se pudo.

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