
Por: Gabriel Trujillo Múñoz
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Un día de 2012 me saludaron con una pregunta que no me gusta escuchar:
-¿Ya supiste quién falleció? Raúl Navejas. De un ataque al corazón.
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Como Daniel Sada, Raúl Navejas venía de una estirpe nómada. El andar de un sitio a otro lo consideraba un estímulo para la imaginación. De Mexicali, en donde había nacido en 1956, decía Raúl que el poeta lleva “la ciudad dentro de uno aunque no lo quiera” y que vivir en la frontera era “materia literaria”. Su poesía, según sus propias declaraciones, se ubicaba “entre lo metafísico y lo social”. Si hay que ubicarlo entre los vates de su generación, yo lo pondría entre Daniel Sada y José Javier Villarreal, entre el canto del desierto y la confesión familiar.
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Lo conocí como un poeta apocado, paranoico, al que se le sacaban las palabras con tirabuzón. Era, sin embargo, otra persona, totalmente opuesta, la que hilaba los versos, casi versículos, de sus primeros poemas publicados. Un hombre sabio que veía más allá de la superficie de las cosas. Un poeta de amplios horizontes intelectuales.
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Era discípulo de Elías Nandino, el poeta jalisciense. Una vez, contaba Raúl como si fuera la cosa más normal del mundo, Nandino lo invitó a su casa en un pueblo rural de aquel estado: “En cuanto me bajé del autobús ya me estaba esperando: me agarró del cuello con una llave de peleador de lucha libre y no me soltó hasta que llegamos a su casa”. Allí, en el taller de Nandino, Navejas fue compañero de poetas de su generación, como Jorge Esquinca y Sergio Cordero. Más tarde vivió en Hermosillo, en donde hizo leyenda al ganarle a los poetas sonorenses en beber bacanora. Hasta el día de hoy no le perdonan tal atrevimiento.
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Raúl llegó a la UABC como corrector de estilo en la época en que el arquitecto Jorge Núñez era director de Extensión Universitaria. Era un típico corrector: insufrible, meticuloso, quisquilloso. Entonces le vio madera de asistente el historiador Adalberto Walther Meade y se lo llevó al Instituto de Geografía e Historia, en donde se dedicó a escribir artículos de historia regional para la revista Calafia. Había estudiado Letras y Literatura hispánica en la UAG. Era bueno para obedecer sin chistar, para recibir órdenes.
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Raúl Navejas atraía la calamidad, el desastre. Era propenso a estar en el lugar equivocado en el momento menos propicio. Le tocó recibir golpizas por culpas ajenas. Le tocó accidentarse en el mismo sitio por la misma causa y a la misma hora: por no ver un semáforo en rojo en el centro cívico a las 4 de la mañana. Era distraído. La mala suerte lo perseguía como una sombra.
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Raúl no fue el único poeta mayor en aparecerse en Mexicali en la segunda mitad de los años ochenta del siglo XX. Allí estaba también Eduardo Arellano. Ambos trabajaron en el Departamento de Editorial y Diseño Gráfico de la UABC. A Eduardo le interesaba la poesía, la traducción y la crítica de arte. A Navejas le interesaba la poesía, la cerveza y los antros. Ambos eran taciturnos, casi melancólicos. Ambos eran escritores introspectivos en medio del escándalo del mundo, en medio de la atmósfera vociferante de la noche fronteriza. Ambos ya no están con nosotros pero dejaron una huella permanente en la literatura bajacaliforniana.
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Raúl, lo he dicho muchas veces, parecía un dolmen. Una piedra enorme en medio del camino. Era un personaje contradictorio: podía crear versos de gran sapiencia y no tener más discurso que encogerse de hombros y rascarse la cabeza mientras sudaba profusamente. No era apto para el debate o la disputa intelectual. Se enojaba fácilmente. La ironía y el ingenio no fueron parte de sus atributos. Pero fue un profesor querido y respetado en la Facultad de Ciencias Humanas.
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En los últimos años, Raúl había dejado de ser una presencia en el medio artístico de la entidad. En su Facebook daba a conocer sus pensamientos y poemas, pero sus libros publicados eran pocos y estaban fuera de circulación. Como muchos otros poetas bajacalifornianos prematuramente fallecidos (Jorge Alvarado, Eduardo Arellano, Gloria Ortiz, Horacio Enrique Nansen), su obra ha quedado dispersa en periódicos y revistas. Y lamentablemente allí se quedará en espera de futuros investigadores de la literatura regional que se dignen rescatarla algún día. Como muchos poetas de su tiempo en Mexicali, Raúl terminó marginado, a la deriva, nadando solo cuando las publicaciones literarias menguaron y los apoyos institucionales se redujeron a los premios estatales de literatura. Todo daba a entender que Navejas podía ser un poeta tradicional, académico. Afortunadamente nunca lo fue. Siempre hubo en sus versos un rasgo de meditación aderezada con la experiencia de vivir el mundo a su manera, con su terquedad, con la frase con la que se defendía siempre de todos: “¿Por qué me preguntas eso?”
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Un poeta desaparece. Ahora sus palabras tendrán que defenderse por sí solas. La moraleja es evidente: lacónica como la voz de Raúl Navejas. Impenetrable como un dolmen en medio del desierto.
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Si hay algo que parece prevalecer en el medio cultural bajacaliforniano es la selectividad entre los autores ya fallecidos que se recuerdan y celebran, frente a los que, al morir, caen en el limbo de la indiferencia por parte de las instituciones estatales y municipales que apuestan sólo por lo vivos, olvidando a aquellos que, en su momento, tanto contribuyeron a la cultura de nuestra entidad. Raúl Navejas Dávila cae, lamentablemente, en el segundo grupo. Hace 14 años que murió y nadie, por lo que sé, estudia su obra poética o pone a circular sus ensayos de historia y literatura que publicara en revistas como Calafia o Yubai. Su presencia es hoy la de una fantasma. Su obra apenas sobrevive en viejas antologías: la de Un camino de hallazgos (UABC, 1992), para empezar.
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En este 2026 se cumplen 70 años del nacimiento del poeta Navejas. Debería ser un buen momento para festejar la vida de un escritor que hizo su propio camino y vivió sin el boato de los poetas académicos, sin la arrogancia de los autores consagrados. Raúl siempre fue un poeta marginal por propia voluntad. Le gustaba escribir en la periferia del mundo cultural del estado. Pero era un escritor que no vivía de viejas glorias o de la autopublicidad. Forjó sus versos desde su mirada oblicua, ajena a escuelas y tendencias de moda. Fue, en todo caso, fiel a sí mismo. Es tiempo, pues, de elevar su obra, como él mismo dijera de Las sergas de Esplandián, “al rango de lo perdurable”.
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Ya Eduardo Arrellano, un poeta zacatecano de su misma generación, dijo de nuestro poeta: “En la poesía de Raúl Navejas se entabla un diálogo perpetuo entre la ciudad —Mexicali— y uno de sus habitantes, el más solitario y singular de ellos: el poeta”. Y agregaba como ejemplo de tal aseveración el poema Ciudad maquillada: “He venido desde la entraña de los yermos/y más allá, desde algún risco/y como si fuera el hijo pródigo/que a ti regresa, pleno de olvido y claridades,/sonámbula ciudad en que radico”. Esa fue la fuente prodigiosa de su poesía: el sentirse un ciudadano al margen del mundo, un espectador del gran desfile de la realidad.
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Ahora, el sonámbulo es Raúl: un poeta que sigue interrogando al afilado viento, a las emanaciones de la noche, a las inmaculadas luces de los automóviles, a todos esos confusos ruidos que conforman el corazón de una urbe en su dimensión desconocida, que le dan alma y espíritu a una tierra baldía. Nuestro poeta fue un paseante al estilo de Fernando Pessoa: que sabía navegar con las palabras por las callejuelas de su metrópoli, por los resquicios de sus sombras más sorprendentes. ¿Podemos pedir al menos que nuestras instituciones culturales editen sus versos, que ofrezcan su obra, para las nuevas generaciones, como el gran poeta mexicalense que siempre fue? Después de todo, la poesía de Navejas es como el pan de Tecate y la Rumorosa: un patrimonio cultural de todos nosotros, los bajacalifornianos. Intangible en muchos sentidos, pero veraz. Y contundente.
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Lo repito: en este 2026 se cumplen 70 años del nacimiento de Raúl Navejas Dávila, poeta injustamente olvidado. Más que un homenaje por oficio, lo que se necesita es recuperar su obra poética, volverla a poner en circulación, difundirla entre las nuevas generaciones para que descubran al gran poeta citadino, al gran poeta reflexivo que Raúl siempre fue. La poesía de Navejas merece una relectura de sus versos para confirmar lo que ya sabemos: estamos ante un autor que hizo de la carencia virtud, de la marginalidad, fortaleza. Es hora de tomar sus palabras por lo que son: una declaración de su vida de espaldas a la autopromoción, la ambición o el oportunismo. La literatura fue, para él, una causa sagrada, una cruzada contra el ruido del mundo. Campo de batalla donde la devastación domina y el sacrificio impera. He ahí la razón de su silencio: escudo de armas en días de trasiego. Estandarte personal para ondearse ante la muerte.
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