Sueño húmedo

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El caldo de pollo con arroz, tan recomendado desde el más allá por mi abuela, no siempre surte el efecto deseado. Si bien es cierto que cura gripes y congojas tiene también la facultad de despertar la nostalgia por los tiempos idos. Su simple aroma -real o imaginario- puede destapar recuerdos largamente sepultados por la vida adulta.

En la escuela donde cursé la primaria nos leían fragmentos del antiguo testamento. Niños de siete u ocho años éramos testigos mudos de la ira de un dios vengativo y todopoderoso a quien debíamos temer y obedecer. Generalmente giraba sus instrucciones a los designados como interlocutores mediante metáforas o señales ocultas durante el sueño. Aquellas imágenes, ya sean escaleras que suben y bajan del cielo; vacas gordas y vacas flacas o estatuas con pies de barro, despertaban en mi imaginación infantil una enorme curiosidad. Durante varias noches cerraba los ojos esperando que dios me mandara un mensaje -¿por qué no a mí?- pero su silencio debió haber sido una venganza por mi insolencia o porque él también se encontraba dormido.


De manera previsible la vorágine tecnológica y la decepción generalizada por los sistemas democráticos ha llevado a la humanidad a buscar en la palabra de dios -sea este judeocristiano, musulmán o animista- la respuesta al sinsentido autodestructivo que parece haberse instalado en el mundo. Imagino que en sus delirios nocturnos Hitler o Mussolini hayan creído recibir instrucciones de su dios todopoderoso. En la actualidad Netanyahu, Trump o el Ayatollah Jamanei tendrán sus sueños húmedos convencidos de que la razón les asiste por mandato divino. Mientras tanto al resto de los mortales no nos queda otro remedio que salir a protestar a las calles y evidenciar a través de las redes sociales sus canalladas.

Pues déjenme decirles que anoche tuve un sueño con un mensaje inequívoco:

Me encontraba haciendo una prueba de la vista en el local del optometrista quien se molestaba porque leía todas las letras al revés. Cuando trataba de justificar mi desatino comenzó a sonar la alarma sísmica en nuestros teléfonos celulares y ambos salimos corriendo. No pasó a mayores o, si mal no recuerdo, se trató de una falsa alarma (omito la parte donde una amable señora nos ofrece un rico mole a todos los presentes). Al reingresar a la sala fui capaz de leer todas las letras, hasta las más pequeñas, perfectamente bien.

He consultado a un amigo, experto en Cábala, entre otras ciencias ocultas, quien ve claramente en este sueño un patrón que se repite de tanto en tanto en el mundo. Vienen cambios, me dice escuetamente. Por lo visto mi sueño carece de suficientes méritos proféticos.

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