Un exilio en las entrañas

Personalmente, cada vez que tengo que explicar mi situación híbrida aquí o allá, y les digo que soy producto de la Guerra y del exilio ¿saben? silencio y las miradas se van a otro lado… como diciendo ¿de qué me hablas?
Una marca de Bonilla Distribución y Edición
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Personalmente, cada vez que tengo que explicar mi situación híbrida aquí o allá, y les digo que soy producto de la Guerra y del exilio ¿saben? silencio y las miradas se van a otro lado… como diciendo ¿de qué me hablas?

En un ensayo de su libro Hablo todas las lenguas, pero en árabe, dice Abdelfattah Kilito que “Felizmente, ya a nadie le avergüenza declarar que le gusta leer historias maravillosas”. Esto implica que antes la mayoría de las personas se avergonzaba de tales lecturas, pero ya no. Felizmente, esa vergüenza es cosa de un oscuro pasado al que empobrecían la ignorancia y el silencio. Sin embargo, existen excepciones, súbitas regresiones a esa antigua vergüenza.

Entre los internos se crea la conciencia de un nosotros que en principio se da a partir de la existencia de los dos grupos presentes en todas las instituciones totales, que están integradas por los internos y el personal (Goffman, 1992: 69-75), lo que crea una conciencia de grupo que no garantiza la cohesión en el caso de los internos.

Él, desganado, satisfecho en su corpulencia, parece reaccionar de pronto
cuando reposa las sienes sobre el eterno hombro.
En este descuido momentáneo, sus ojos traicionan melancolía:

Llegó al vecindario un par de meses antes del inicio de la pandemia –otro gringo retirado pensé- y me desentendí hasta el día de hoy. Ha sido la señora que una vez por semana le hacía la limpieza quien me ha comunicado su deceso.

Tras leer estas líneas no puedo sino elucubrar que, de no haber muerto el 2 de agosto de 1945, lo hubiera hecho de muy honda pena cuatro días después, cuando se enterara del despiadado ataque atómico el día 6 contra la dulce y serena Hiroshima y el día 9 contra la mencionada población de Nagasaki.

Harold Bloom era un joven profesor de Yale que, en su primer libro, La Cábala y la crítica (1975), intentó convencernos de que la mística judía podía proveernos de herramientas para el análisis de los textos literarios

Esa tarde cualquiera, un hombre visitó la tierra santa; un hombre fue alma, visión, realidad. Y todas sus preocupaciones volaron hacia un mundo lleno de fantasmas y visiones.

Sin Robinson ni Viernes,
solos el mar y yo.

Cuando te veo, Willie MacKenzie
En la casa del ejército de salvación
Una persona desplazada en tu propio país
Solitario entre ciudades abarrotadas de gente, tú
El último de la tribu