Los pies más hermosos del mundo

Por: Heinrich Böll
Caja de compartir
Para distraerse la joven esposa del médico ha empezado a hacer punto, pero pronto ha arrojado las agujas y el ovillo a una esquina del sofá; luego ha abierto un libro, ha leído unas líneas, ha vuelto a cerrarlo; se ha servido un whisky, ha vaciado pensativa el vaso, a sorbitos, ha abierto otro libro, ha vuelto a cerrarlo; ha suspirado, ha descolgado el auricular del teléfono, lo ha vuelto a colgar: ¿a quién llamar? Uno de sus hijos tenía el sueño inquieto, la joven esposa fue por el pasillo, sin hacer ruido, al dormitorio de los niños, volvió a taparlos bien, alisó sábanas y mantas en las cuatro camitas. Otra vez en el pasillo se paró delante del mapa grande, amarillento de tan viejo, cubierto de misteriosos signos: parecía casi una ampliación del mapa de la Isla del Tesoro; el mar alrededor, marrón caoba las montañas, marrón claro los valles, en negro carreteras y caminos, verdes las pequeñas superficies cultivadas en tomo a los minúsculos pueblos y, por todas partes, la lengua azul del mar penetrando profundamente en las bahías de la isla; crucecitas: iglesias, capillas, cementerios; puertecitos, faros, arrecifes; lentamente se desliza el dedo índice de la joven esposa, la uña nacarada a lo largo de la carretera por la que salió su marido hace dos horas: un pueblo, dos millas de ciénagas, otro pueblo, tres millas de ciénagas, una iglesia —la joven esposa se santigua como si pasara de verdad frente a la iglesia— cinco millas de ciénagas, un pueblo, dos millas de ciénagas, una iglesia—, el signo de la cruz—, la gasolinera, el bar de Teddy O’Malley, la tienda de Beckett, tres millas de ciénagas; avanza lentamente la uña nacarada como un modelo reluciente de automóvil hasta el estrecho, allá donde la línea negrísima de la carretera principal se desvía por el puente hacia tierra firme; el camino que tomó su marido se convierte ahora en un delgado trazo negro, casi al borde la isla, coincidiendo a trozos con ese mismo borde. El mapa es aquí marrón oscuro, la línea de la costa es delgada e irregular como el cardiograma de un corazón intranquilo; alguien ha escrito con el bolígrafo en el azul del mar «200 pies», «380 pies», «300 pies», y cada uno de esos números lleva una flecha indicativa de que los datos no se refieren a la profundidad de los fondos marinos sino a la altura de la costa, coincidente en esos puntos con el camino. La uña nacarada se detiene una y otra vez: la joven esposa conoce al dedillo ese camino; ha acompañado a menudo a su marido cuando visitaba a algún enfermo en la única casa que hay allí, en las seis millas de costa. Los turistas, los días soleados, disfrutan de esa ruta con un ligero escalofrío: durante algunos kilómetros contemplan a pico, desde el mismo coche, las espumas blancas del mar; bastaría el menor descuido para que naufragara también el auto en esas rocas de allá abajo, contra las que ha zozobrado más de un barco. El camino está húmedo, sembrado de rocalla y cubierto de estiércol de oveja donde lo cruzan los trillados senderos del ganado; de repente, la uña se detiene: aquí el camino desciende abruptamente hasta una cala, vuelve a ascender: retumba el mar en una especie de cañón; millones de años tiene ya esa furia que ha excavado profundas cavernas bajo las rocas. El índice se detiene de nuevo: aquí había un pequeño cementerio para los niños que mueren sin bautizar; se ve una sola tumba orlada de fragmentos de cuarzo: el resto se lo ha llevado el mar; el automóvil avanza con cuidado, pasa un viejo puente sin barandilla, vira y a la luz de los faros aparecen saludando los brazos extendidos de mujeres que esperan: el rincón del mundo donde vive Aedan McNamara cuya esposa espera un hijo para esta noche. La joven esposa del médico tirita, mueve la cabeza, vuelve despacio al cuarto de estar, echa más turba al fuego, atiza las brasas hasta que revive la llama, toma el ovillo, lo echa a una esquina del sofá, se levanta, va al espejo, permanece medio minuto delante de él, pensativa, con la cabeza inclinada, la alza de repente y se mira la cara: ese rostro infantil tan maquillado parece más infantil todavía, parece casi una muñeca; la muñeca tiene, sin embargo, cuatro hijos. Dublín está tan lejos… —Grafton Street, O’Connell Bridge— los muelles; cines y bailes —Abbey Theatre— entre semana, por la mañana a las once, la misa en St. Theresa Church a la que hay que llegar puntualmente para encontrar sitio. La joven esposa regresa suspirando a la chimenea. ¡Tiene que parir siempre de noche, siempre en septiembre la mujer de Aedan McNamara! Pero Aedan McNamara trabaja de marzo a diciembre en Inglaterra, no vuelve a casa hasta Navidad, se queda tres meses para sacar turba, volver a pintar la casa, arreglar el tejado, pescar a escondidas un poco de salmón en esta costa accidentada, buscar los restos arrojados por el mar… y engendrar otro hijo: de esta forma los hijos de Aedan McNamara vienen siempre al mundo en septiembre, por el 23: nueve meses después de Navidad, cuando llegan también las grandes tormentas y el mar se cubre de iracunda espuma en muchas millas a la redonda. Aedan estará ahora en Birmingham, en la barra de un bar, temeroso como todos los que van a ser padres, maldiciendo la testarudez de su mujer a la que no hay forma de sacar de esas soledades: una belleza rebelde, de pelo negro, cuyos hijos nacen siempre en septiembre; vive entre las ruinosas casas del pueblo, en la única que no está todavía abandonada. En ese lugar de la costa cuya belleza hiere porque, en los días soleados, la vista alcanza treinta, cuarenta kilómetros sin que se vea un refugio humano: el azul tan sólo, islas imaginarias y el mar. Detrás de la casa se alza la pelada ladera hasta los cuatrocientos pies y a trescientos pasos de la casa la costa cae trescientos pies a pico; rocas negras y desnudas, cavernas barrenadas —cincuenta, setenta metros— en la rocas; cavernas en las que los días de temporal se levanta amenazadora la espuma como un enorme dedo blanco que el viento desmenuza.
De aquí salió Nuala McNamara para Nueva York, para vender medias de seda en los almacenes Woolworth, John llegó a maestro en Dublín, Tommy se hizo jesuita en Roma, Brigid se casó en Londres; pero Mary se mantiene tenaz en este rincón desesperanzadoramente solitario en el que trae al mundo un niño por septiembre, desde hace cuatro años.
—Venga usted el 24, doctor, a eso de las once, y le juro que no va a hacer
el viaje en vano.
Dentro de diez días andará ya con el viejo bastón de nudos de su padre por las escarpadas crestas de la costa, buscando con la vista sus ovejas y los despojos del mar, ese sucedáneo de la lotería (a la que también juegan, por supuesto) para los habitantes de la costa; buscará los restos arrojados a la playa, echará mano a los prismáticos cuando el contorno y el color de un objeto le revelen a ese fino ojo, avezado al botín, que no son rocas. ¿No las conoce ella todas, cada roca, cada guijarro de estas seis millas de costa; no conoce ella cada escollo en cualquier fase de la marea? Tan sólo en octubre del pasado año, después de los grandes temporales, encontró tres balas de caucho y las escondió en esa cueva a la que no llega la marea y en la que, hace siglos, sus antepasados escondían a los ojos de los gendarmes madera de teca, cobre, barriles de aguardiente y hasta equipos completos de los barcos. Sonríe la joven esposa de las uñas de nácar; se ha tomado el segundo whisky —grande——, se calmó por fin: meditando sorbo a sorbo: es un whisky que actúa tanto en profundidad como en anchura. ¿No ha dado a luz ella misma cuatro hijos, no ha vuelto ya tres veces su marido de ese viaje por la noche de septiembre? La joven esposa sonríe: ¿de qué habla Mary McNamara cuando uno se la encuentra? De algo que se llama «radar»: busca un aparato de radar manejable y fácil de transportar con el que espera encontrar cobre y estaño, hierro y plata en las innumerables calas y entre los arrecifes. La joven esposa regresa al pasillo, vuelve a escuchar a través de la puerta abierta la tranquila respiración de sus hijos, sonríe, vuelve a apoyar la uña nacarada en el viejo mapa, la hace avanzar mientras calcula: media hora por la carretera principal hasta el estrecho, tres cuartos de hora hasta la casa de Aedan McNamara, y si el niño llega de verdad puntual, si las dos mujeres del pueblo vecino están ya allí: dos horas quizá para el parto; otra media hora para la «cup of tea» que puede serlo todo, desde una taza de té hasta una opípara comida; otros tres cuartos de hora y media hora más para la vuelta: cinco horas en total. Ted salió a las nueve; por consiguiente, a eso de las dos tendrían que verse allá atrás los faros del coche, donde la carretera salta sobre la montaña. La joven esposa le echa una ojeada al reloj de pulsera: acaban de dar las doce y media. Otra vez, despacio, con el dedo nacarado sobre el mapa: ciénagas, pueblo, iglesia, ciénagas, pueblo, un cuartel dinamitado, ciénagas, pueblo, ciénagas.
La joven esposa regresa al fuego de la chimenea, echa más turba, atiza, reflexiona, coge el periódico. La primera página lleva los anuncios por columnas: nacimientos, defunciones, peticiones de mano y una columna especial titulada «In memoriam»: vienen en ella aniversarios, sexenarios, se recuerda la fecha de cualquier fallecimiento: «En memoria de la adorada Moira McDermott que falleció hace un año en Tipperary. ¡Oh buen Jesús, ten misericordia de su alma! Orad a Dios los que hoy pensáis en ella». Dos columnas, cuarenta veces reza la joven esposa de las uñas de nácar «¡Oh buen Jesús, ten misericordia de él, ten misericordia de ella!», por los Joyce y los McCarthy, los Molloy y los Galagher. Siguen luego las bodas de plata, las sortijas perdidas, los monederos encontrados, anuncios oficiales. Siete monjas que marchan a Australia, seis que se van a Norteamérica le sonríen al fotógrafo de prensa. Quince obispos reunidos para tratar de los problemas de la emigración, lo mismo. En la página tres, el cotidiano toro que prolonga una serie de sementales premiados; luego aparecen Malenkov, Bulganin y Serov; más hojas; un camero premiado con la corona de flores entre los cuernos; una jovencita que consiguió el primer premio en un concurso de canto les mostraba a los fotógrafos de prensa su bonita cara y sus feos dientes. Treinta ex alumnas de un internado, reunidas quince años después del examen: algunas han ganado en anchura, otras, más delgadas, sobresalen del grupo, incluso en la fotografía del periódico se nota lo muy maquilladas que van: bocas de tinta china, cejas trazadas a pincel. Reunidas las treinta en la misa, en el té con tarta, en el rosario vespertino.
Las tres series de «cómics»: «Rip Kirby», «Hopalong Cassidy» y «The Heart of Juliet Jones». Harto corazón el de Juliet Jones. Muy por encima, de paso, mientras sus ojos descansan casi ya en los anuncios de los cines, la joven esposa lee un reportaje sobre Alemania Occidental: «Cómo aprovechan en Alemania Occidental la libertad de cultos». Por primera vez en la historia del país —lee la joven esposa— existe en la Alemania Occidental absoluta libertad de cultos. Pobre Alemania, piensa la joven esposa y añade otro: «¡Oh buen Jesús, ten misericordia de ellos!»
Hace tiempo ya que les ha echado una rápida ojeada a los anuncios de los cines y sus ojos, entretanto, descansan curiosos en la columna titulada «Wedding Bells» («Campanas nupciales»): una larga columna; así que Dermot O’Hara ha terminado por casarse con Siobhan O’Shaugnessy; profesión y domicilio de los consuegros, del padrino, de la madrina, de los testigos, todo con el máximo detalle. Suspirando, en la secreta esperanza de que haya pasado ya una hora, la joven esposa mira el reloj: ha pasado sólo media y vuelve a bajar la cara sobre el periódico. Se anuncian viajes: a Roma, a Lourdes, Lisieux, a París —rue du Barc— a la tumba de Catalina Labouré; y allí, por unos chelines, puede inscribirse uno en «El Libro de Oro de la Oración». Ha sido inaugurada una nueva casa de misión: los fundadores posan radiantes frente a la cámara. En un villorrio de Mayo —cuatrocientos cincuenta habitantes— se ha celebrado un auténtico festival gracias a la incansable actividad del comité local de festivales: hubo carreras de burros, de sacos, salto de longitud y gana-pierde para ciclistas: el ganador del gana-pierde presenta sus rasgos juveniles al fotógrafo: él, tierno aprendiz del ramo de la alimentación, fue el que supo manejar mejor los frenos. Fuera se ha levantado una tormenta, resuena el fragor del oleaje y la joven esposa deja el periódico, se levanta, va a la ventana y contempla la bahía: negras como tinta antiquísima las rocas, pese a que la lima, la moneda brillante de la luna, se cierne clara y llena sobre la bahía; no penetra en el mar esa luz clara y fría: se adhiere tan sólo a su superficie, igual que el agua al vidrio, le da a la playa un suave color de herrumbre, flota sobre las ciénagas como moho; allá abajo oscila la lucecita del puerto, los negros botes cabecean…
Seguro que no le perjudican a Mary McNamara algunos «¡Oh buen Jesús, ten misericordia de ellos!»: hay ahora gotas de sudor en ese rostro pálido y altivo que expresa al mismo tiempo, inexplicablemente, dureza y bondad: un rostro de pastor, de pescador; quizá tuviera Juana de Arco ese aspecto… La joven esposa le vuelve la espalda a la frialdad de la luna, fuma un cigarrillo, renuncia al tercer whisky, toma de nuevo el periódico, le echa una ojeada mientras le sigue trabajando la cabeza —«¡Oh buen Jesús, ten misericordia de ellos!»— mientras les echa una ojeada a las páginas deportivas, a la situación de los Mercados, a las entradas y salidas de barcos; piensa en Mary McNamara: han calentado agua en el soberbio caldero de cobre, sobre el fuego de turba; en ese caldero de color oro viejo, grande como la bañera de un niño, que uno de los antepasados de Mary salvó, según dicen, de uno de los buques naufragados de la Armada Invencible: quizá los marineros españoles lo utilizaban para fabricar cerveza, para hervir la sopa. Cirios y lamparillas de aceite arden ahora delante de todas las imágenes de los santos y los pies de Mary se tensan contra los barrotes de la cama, buscando apoyo, resbalan, se le ven los pies ahora: blancos, delicados, fuertes: los pies más hermosos que ha visto en su vida la joven esposa del médico, y ha visto muchos: en la clínica ortopédica de Dublín, en una de esas tiendas de ortopedia en las que se ganó algún dinero durante las vacaciones: los pobres y feos pies de aquellos que no los utilizan ya; y en muchas playas ha visto también pies la joven esposa: en Dublín, en Kiliney, Rossbeigh, Sandymount, Malahide, Bray y aquí, en verano, cuando llegan los turistas; jamás ha visto pies tan hermosos como los de Mary McNamara. Habría que escribir baladas, piensa suspirando, en loor de los pies de Mary: pies que trepan por las rocas, por los escollos, que caminan por las ciénagas, millas y millas por la carretera; pies que se apoyan con fuerza ahora contra los barrotes de la cama para expulsar al hijo del cuerpo. Pies como no se los he visto jamás a ninguna actriz de cine; los pies más hermosos del mundo, sin duda alguna: blancos, delicados, fuertes, ágiles casi como manos, pies de Minerva, pies de Juana de Arco. La joven esposa se sumerge de nuevo, lentamente, en los anuncios: casas en venta:’ cuenta hasta setenta: setenta emigrantes significan setenta motivos para invocar al buen Jesús. Se buscan casas: dos; ¡oh «Kathleen ni Houlihan», qué haces con tus hijos! Fincas en venta: nueve: no se busca ninguna. Muchachos jóvenes que sienten la vocación del claustro; jovencitas que sienten la vocación del claustro… hospitales ingleses buscan «nurses». Condiciones favorables, vacaciones pagadas y, una vez al año, un viaje a casa. Otra ojeada al espejo: retocados cuidadosamente los labios, cepilladas las cejas y en el índice de la mano derecha, repintada la laca nacarada que saltó durante el viaje por el mapa. De nuevo en el pasillo y con el dedo repintado, de nuevo de viaje hasta aquel punto en el que vive la mujer de los pies más hermosos del mundo, el dedo largo tiempo detenido allí, evocando el lugar: seis millas de acantilados y, en los días de verano, aquella vista sobre el azul infinito en el que flotan, mar afuera, las islas, como si fueran entes de ficción, islas rodeadas constantemente por el blanco iracundo del mar; islas imaginarias: verdes, negras: un espejismo que hiere porque no lo es, porque descarta la ilusión y porque Aedan McNamara tiene que trabajar en Birmingham para que su familia pueda vivir aquí. ¿No son todos los irlandeses de la costa occidental casi turistas, no se gana en otra parte el dinero para mantenerlos? Duro es el azul de la lejanía, las islas como de basalto esculpidas en ella; muy de tarde en tarde una pequeña barca negra: hombres. El fragor del oleaje asusta a la joven esposa: qué nostalgia siente a veces —en otoño, en invierno, cuando soplan las tormentas durante semanas enteras, cuando retumba el oleaje durante semanas enteras, cuando llueve la lluvia— qué nostalgia por los oscuros muros de las ciudades. Vuelve a echarle otra ojeada al reloj: casi la una y media; va a la ventana, contempla la desnuda moneda de la luna que ha seguido caminando hacia el extremo occidental de la bahía; de repente, las luces de los faros del automóvil de su marido: desamparadas, como brazos sin apoyo, gimnastas en los grises nubarrones, ya descienden —el coche está llegando al final de la cuesta—, la rebasan, se proyectan primero sobre los tejados del pueblo, descienden a la carretera: dos millas de ciénagas todavía, luego el pueblo y luego la bocina, tres veces, otras vez tres veces, ya lo sabe todo el pueblo: Mary McNamara ha dado a luz un niño, puntualmente, en la noche del 24 al 25 de septiembre; el oficial de correos saltará ahora de la cama, pondrá los telegramas a Birmingham, Roma, Nueva York y Londres; otra vez tres veces la bocina para los que viven en la parte alta: Mary McNamara ha dado a luz un niño. Ya se oye el motor del coche, más alto ya, mejor, más cerca, los faros arrojan la sombra de las palmeras contra las paredes blancas de la casa, se pierden entre las malezas de las matas de adelfa, se detienen y al resplandor de la luz de su ventana, la joven esposa ve el gigantesco caldero de cobre que proviene, dicen, de la Armada Invencible. Su marido lo mantiene sonriendo a plena luz.
—Unos honorarios principescos —dice en voz baja y la joven esposa cierra la ventana, echa todavía una ojeada al espejo y llena hasta el borde los dos vasos de whisky: ¡por los pies más hermosos del mundo!




