Escritos sobre arte de Emilio Adolfo Westphalen (IV y final)

Por: Adolfo Castañón
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Publicadas en el número 5 de la revista Amaru, correspondiente a enero-marzo de 1968 y escritas cuando Westphalen tenía 57 años, las páginas de “Ricardo Grau, pintor” recogen el saludo que el poeta y ensayista hizo con motivo de la “gran exposición retrospectiva” que el Museo de Arte le organizó en Lima, apoyada por el Patronato de las Artes, a este excepcional peruano nacido en Burdeos, formado en Francia y que volvió a Perú en 1937.
Ricardo Muro Grau (1907-1970) se formó en Bélgica, en la Académie Royale des Beaux Arts, bajo la tutela de Fernand Léger y el pintor cubista francés André Lhote. No fue ajeno a la influencia del surrealismo, pero como dice Westphalen “su hazaña principal ha consistido en batallar porque se reconociera que los valores en que se basa la apreciación de un cuadro son los mismos que éste nos propone, y no los que pretendemos añadirle con propósito anecdótico, literario o sentimental”. En 1943 participó en el Primer Salón de Pintura de Nuestro Tiempo (organizado por Xavier Abril y Juan Ríos). Entre 1945 y 1949 dirigió la Escuela Nacional de Bellas Artes. En 1957 y 1959 participó en la Cuarta y Quinta Bienal de Sao Paulo.
Su denodada entrega a su vocación y oficio, así como la calidad y diversidad de su obra misma, fueron reconocidas por la exposición de Lima (de julio de 1967) que aquí reseña Westphalen, publicada en 1968, y que Grau todavía podría leer, pues fallecería tres años después de realizada, en 1970.
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“Poesía quechua y pintura abstracta. A propósito de una exposición de pinturas de Szyszlo” fue publicado en Lima, en el número 2 de la Revista Peruana de Cultura en julio de 1964. Reseña la exposición que hizo Fernando de Szyszlo (1925-2017) en 1963, en el Instituto de Arte Contemporáneo titulada “Serie sobre el poema Apu Inca Atahualpa”. La elegía quechua anónima, una de las más altas creaciones de la lírica americana y peruana, fue objeto de una serie de gouaches y fue traducida por José María Arguedas en 1955, luego fue publicada en mayo de 1964 en la Revista de la Universidad de México e ilustrada por Fernando de Szyszlo. Westphalen dirigió, a petición de Arguedas, los números 2 a 8 de la Revista Peruana de Cultura. Inicialmente la elegía fue publicada en 1942 por J. M. B. Farfán con transcripción original y versión al español. En 1947 aparecieron las traducciones de Jesús Lara y más tarde, en 1957, la de Teodoro L. Meneses. Todas, y desde luego la de Arguedas, resaltan su alta calidad poética.
La elegía anónima quechua del siglo xvi forma parte de lo que podría llamarse la “visión de los vencidos” en Hispanoamérica, para citar el título de Miguel León Portilla. El canto vernáculo expo-
ne “la desolación de un pueblo hundido en el extravío y la esclavitud”. La originalidad de la exposición del pintor abstracto estribaba en asociar la creación pictórica con la poesía. Como recuerda el mismo Westphalen, no era la primera vez que el pintor peruano se acogía al lenguaje de la pintura para consolidar su creación. No extraña entonces que Westphalen cite un texto del poeta mexicano Octavio Paz sobre el pintor peruano, quien recordaba su homenaje a Cesar Vallejo, “Ocho litografías para César Vallejo”, editado en una publicación de difícil acceso como Claridades Literarias número 1,[1] del 30 de abril de 1959, luego rescatado en Corriente alterna y en el tomo I de Privilegios de la vista, Obras completas. El poema quechua como dice Szyszlo, citado por Westphalen, estaba “lleno de melancolía y desesperanza, pero igualmente rebosante de fuerza y fe en el destino […] en la medida en que nos comprometamos no únicamente con nuestro destino individual y colectivo, sino con nuestra herencia”.
La serie que hizo Szyszlo a partir del poema anónimo sobre Atahualpa del siglo xvii estaba compuesta por trece cuadros que tenían por título la primera línea de cada una de las estrofas del poema. “Qué arcoíris es este arcoíris negro que se levanta” o “Sus dientes crujidores ya estarán mordiendo la bárbara tristeza”.
A Szyszlo siempre le pareció esencial la presencia y realidad de la tradición precolombina. Westphalen no fue insensible a ello. A Westphalen no se le escapaba que la pintura de Szyszlo exigía una aproximación estética rigurosa y comprehensiva de los diversos horizontes que su creación despertaba. Concluye así que “tenemos en el arte de Szyszlo una armonía entrañable de los medios de expresión pictórica”. Escribió estas líneas a los 53 años, cuando el pintor, nacido en 1925, tenía 39 años.
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Éste es el segundo ensayo que Westphalen le dedica a su amigo y compañero César Moro en este volumen, el otro fue escrito diez años antes y está dedicado a las “Pinturas y dibujos de César Moro”, fue publicado en la revista Las Moradas en el número 9, de marzo de 1969. Para adentrarse cabalmente en la relación entre ambos autores es imprescindible leer la recopilación y edición titulada Eternidad de la noche. Cartas de César Moro a Emilio Adolfo Westphalen, 1939-1955, traducida, anotada y compilada por Judith Westphalen, coeditada por el Fondo de Cultura Económica, La Casa de la Cultura Peruana y el Ministerio de Cultura en Lima. Incluye una “Galería fotográfica” y un útil listado de “Personajes citados en las cartas de César Moro (1939-1955)”. Precisamente el tema de la “eternidad” atraviesa y cierra como una flecha el artículo de Westphalen sobre “La primera exposición surrealista en América Latina”. Ciertamente, es palpable “la conjunción de las órbitas de Breton y Moro” que, como dice EAW “hubiera complacido a ambos”.
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“Szyszlo insiste: concretización de lo imaginario y lo mítico –es decir– de lo ‘real’” corresponde a la reseña de la exposición del pintor en la Galería Nueve en el verano de 1985 y publicada en el número 35 de Debate de 1985, y de los diversos recuerdos de los cuadros cosechados por el poeta en las visitas a su taller y a su amistad de larga data, que se remonta al primer número de Las Moradas en mayo de 1947.
Westphalen era consciente de que había podido seguir paso a paso el itinerario pictórico de Szyszlo, aunque había podido ver sus obras en Roma, Washington, Madrid, Ciudad de México, y en su propio taller en Lima. De esa vasta obra le suscitó un “particular deslumbramiento” un “cuadro negro de la serie de las ‘mesas rituales’”. La experiencia le hizo recordar a Westphalen unas palabras de Henri Michaux hablando de “una experiencia que él comparaba a la de un caballo de fuego atravesando la ventana” y del vano esfuerzo hecho por comunicar experiencias de esa índole. A partir de lo visto en la exposición, hecha por Szyszlo en la Galería Nueve en Lima en 1985, y de lo conocido por él a lo largo del tiempo, formula las siguientes consideraciones:
Las pinturas de Szyszlo –representadas en la colección por tres especímenes de diversos periodos, pero cada uno una obra maestra– poseían una ventaja evidente: por sus grandes dimensiones atraían primero la atención. Luego del primer contacto se descubría además la importancia de la amplitud espacial, aquello era una necesidad interna de la imagen y no un artificio de simulado gigantismo. La dimensión no era un factor independiente sino más bien concomitante a la exégesis de la imagen. El “Paisaje ritual de Machu Picchu” no es imaginable sino en lo extenso, lo dilatado y majestuoso, de lo ritual, lo sagrado. Los temas de los otros cuadros –la ejecución de Tupac Amaru y la Península mítica de Paracas– daban por descontado un tratamiento análogo”.
Westphalen hace suyas al final de su artículo las palabras que el poeta y pintor argentino Enrique Molina dedicó al pintor peruano: “Participo profundamente de ese mundo inmemorial, habito en esas ciudades enterradas en la arena del sol –en el fondo de la noche– y de las cuales sólo asoma la punta de una almena –el fuego de un altar– la sombra, el resplandor de unos dioses cuyos rostros de fuego arden en una memoria ancestral– en un cielo totémico”. Westphalen añade: “Ha sido una de las mayores satisfacciones de mi vida el enfrentarme de vez en cuando –inerme y gozoso– a la magia y belleza del enigma patente en un poema o un cuadro. Me complace reconocer que en la pintura de Szyszlo las ocasiones no faltan para los que quieran someterse a la prueba”. La admiración de Westphalen por Szyszlo era correspondida, como puede verse en el texto que el pintor le dedica al poeta para evocar la época en que participó en la redacción de Las Moradas, y cita unas frases del primer número de esa revista que, en cierto modo, podrían ser el lema de su labor como crítico de arte: “Es nuestro deber cuidar porque la acumulación de especulaciones teóricas y de creaciones de arte venga a ser no una carga molesta, sino el sostén más efectivo, sino la gracia jubilosa que da sentido a la vida” (Westphalen citado por Szyszlo en “Las Moradas de Emilio Adolfo Westphalen”, en Miradas furtivas. Antología de textos 1955-2012, Fondo de Cultura Económica, Lima, 1a ed. 1996, 2a ed. 2012, p. 190).
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“Emilio Rodríguez Larraín: De una escultura virtual a un cuarto de escultura”. El arquitecto, pintor, escultor y autor de instalaciones peruano Emilio Rodríguez Larraín (1928-2015) se inició trabajando en el taller de Joan Miró en Barcelona. Años más tarde, el crítico alemán, Wieland Schmid lo situó “entre los más notables artistas vivos de América Latina” en el catálogo de su exposición en Berlín para esculturas-refugio en los Andes, como EAW lo cita en su texto…[2] El pintor y escultor sembró en la geografía, en el mar, una serie de obras que son elocuentes de su juego titánico y de su capacidad e inventiva para intervenir la naturaleza con actos rituales y estéticos. Sus proyectos de dar “un nuevo sentido ético, estético, utilitario” a la escultura llamaron poderosamente la atención de los curadores alemanes del Programa Berlinés para Artistas en 1985. Westphalen evoca unas palabras de César Moro para saludar estos proyectos a la par angustiantes y anhelantes: “Escorpiones que vigilan el horrible subsuelo de la eternidad”. Westphalen publicó este artículo en el número 41 de Debate, en 1986, un año después de la exposición citada, cuando tenía 75 años y Rodríguez Larraín, 58. La amistad de Westphalen con Emilio Rodríguez Larraín se expresa en los versos de “El ara de piedra viva” con que acompaña el texto de la revista Debate, n° 41, vol. VIII, Lima, 1986, pp. 52-54:
La piedra canta a la piedra
La piedra ama a la piedra
La piedra exalta a la piedra.
Mírala terca fiel interminable
Ella la que pone la casa
Ella la que alza el ara
Ella la que restaura lo humano
Ella la que genera lo inhumano
Ella la que retiempla el osario.
Nunca se retrae la piedra –
Nos ofusque o nos deleite
No nos negará la fortuna
De yacer bajo bloques de ella.
(Por la piedra abrí los ojos
Por la piedra exhalé el alma)
Desnuda se yergue en el fuego
Lenguas para gustar la vida
Manos para atrapar la muerte.
La piedra muere y renace
Inmersa en nuestro holocausto.
¡Qué dura el alma de la piedra!
La piedra canta a la piedra…
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“En el taller de Ramiro Llona” fue publicado en el número 31 de Debate en Lima, el 31 de marzo de 1985, cuando Westphalen tenía 74 años y Ramiro Llona, nacido en 1947, tenía 38 años.
Uno de los hilos conductores de los diversos artículos de Westphalen sobre el arte es el de la pregunta acerca de cómo aproximarse a la contemplación de la obra de arte. El comentario que hace aquí en torno a la obra del pintor, escultor, grabador y ceramista peruano reaviva esa pregunta. La admiración que tiene Westphalen por este pintor, del que lo separaban no pocos años, hace ver entrelíneas que el poeta y crítico peruano era un curioso que no se contentaba con visitar museos y exposiciones, sino que además de hacerlo gozaba y se enriquecía con la visita a los lugares de trabajo de los artistas y pintores.
Tal es el caso de este comentario que en parte se debe a una visita al taller del pintor y en parte al comentario de una exposición. Aquí Westphalen comenta uno de los cuadros exhibidos por el joven pintor en 1984, en la Galería Nohra Haime de Nueva York. Se trata de “Díptico para dos”, “en el que la monumentalidad extraterrestre atavía de suntuosas envolturas sus fantasmas quietos pero inquietantes y las aún más perturbadoras comarcas por ellos habitadas”.[3] La madurez y solvencia del crítico y poeta se muestran en la forma fina y espontánea en que asocia sus comentarios sobre Llona con las obras de Bonnard, Matisse, Redon, Picasso y Paul Klee. La admiración que le suscita este joven pintor peruano solo es comparable a la que le despertaba la obra de su amigo Fernando de Szyszlo, con quien me parece que tiene afinidades. La prosa de Westphalen me hizo recordar las palabras que sobre él escribió el escritor inglés Christopher Isherwood en su libro The Condor and the Cows (1948): En ciertos momentos, el rostro de Westphalen aparece tan inteligente que se diría casi transparente, una delgada máscara de oro escondiendo una lucidez melancólica y sutil” (citado por Fernando de Szyszlo, Miradas furtivas, FCE, p. 190).
Post scriptum
Para comprender mejor el impulso creativo que movió al poeta Emilio Adolfo Westphalen a realizar estos artículos sobre pintura, artes plásticas y escultura, hay que recordar que la mayoría de estos escritos fueron publicados por el autor en las tres revistas que hizo: Las Moradas, 8 números, entre 1947 y 1949; la Revista Nacional de Cultura entre 1964 y 1966; y la edición de los 14 números que dirigió para la Universidad Nacional de Ingeniería del Perú de la revista Amaru,de 1967 a 1971. También colaboró con la revista peruana Debate. Estas publicaciones no eran solamente literarias, sino que estaban abiertas a la discusión crítica en un sentido multidisciplinario.
Cabe recordar que antes de iniciar sus estudios de letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, intentó sin lograrlo (a pesar de sus habilidades matemáticas) su ingreso en la Escuela Nacional de Ingeniería en 1927, y que entre 1934 y 1944 trabajó en la Compañía de Minas y Minerales de Mauricio Hochschild (1881-1965), el magnate judío-alemán quien ayudó a escapar a miles de judíos del exterminio en la Segunda Guerra Mundial. Desde ese mirador interdisciplinario no extraña que, años más tarde, en la revista Amaru, Emilio A. Westphalen publique un artículo bien informado: “Las nuevas matemáticas”, que en el poeta, ensayista, crítico, editor, traductor y diplomático peruano encarna la ilustración y la cultura renacentista en la América del siglo xx, mismo que no se ha incluido en esta selección.
[1] El texto se puede consultar en Zona Paz (https://zonaoctaviopaz.com/detalle_conversacion/177/andando-el-tiempo/).
[2] Emilio Adolfo Westphalen, A contraluz marino, Bonilla Artigas Editores, 2025, p. 212.
[3] Emilio Adolfo Westphalen, A contraluz marino, Bonilla Artigas Editores, 2025, p. 226.



