Los títulos de la poesía mexicana

Por: Alejandro Higashi

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CUARTO DE MARAVILLAS

Al hilo de los viajes y los descubrimientos, el cuarto de maravillas aparece en el Renacimiento para guardar y exhibir objetos nuevos, singulares o desconocidos del mundo. Este cuarto de maravillas es virtual y está limitado a rarezas de la poesía mexicana.

Nací en 1971 y este año cumplí 55. No me siento viejo, pero afortunadamente tampoco soy joven. Cuando tenía 2 años y era ridículamente joven, Claude Duchet publicó en la revista Littérature un artículo en el que sentaría las bases conceptuales de una nueva disciplina, la titrología. ¿Que qué estudiaba? El poder organizador (o francamente desorganizador) de los títulos de las obras literarias, que igual podían funcionar como un resumen del contenido (Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne; La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, o Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez) o como un enigma que probablemente se resolvería después de leer la obra (El libro vacío, de Josefina Vicens) o que simplemente quedaba sin resolver (Tiene la noche un árbol, de Guadalupe Dueñas, verso tomado del poema más célebre de José Gorostiza, Muerte sin fin; o 2666, de Roberto Bolaño). El título es una embarcación que pocas veces naufraga entre un público especializado como el nuestro, que se resiste a definir un libro por el color de sus pastas o su grosor y prefiere recordar con la mayor exactitud esa frase corta y contundente.

          La idea de la titrología resultaba seductora por sí misma: preleer una obra a través del análisis riguroso de su peritexto (tecnicismo muy aparatoso para referirse a esa información en las orillas editoriales que es y no es parte de la obra). A través del título se accede, ciertamente, al libro, y ese conjunto breve de palabras no pocas veces nos dice cómo leer el legajo de papel que tenemos delante: no procedemos igual con una novela del realismo mágico que con una novela histórica (aunque con Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro, o con El reino de este mundo, de Alejo Carpentir, funcionen ambas perspectivas). Esa frase corta y pegajosa puede ser una amable invitación (Jugaré contigo, de Maritza M. Buendía, o El matrimonio de los peces rojos, de Guadalupe Nettel), que podemos aceptar o rechazar… o puede ser un secuestro exprés por su brevedad y contundencia (Furia, de Clyo Mendoza o Perras, de Zel Cabrera). Algunos títulos simplemente desconciertan por su capacidad para presentar simultáneamente ambos lados de la moneda: El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, oculta, bajo ese título ambarino y translúcido, el feminicidio de su hermana menor en una dolorosa dualidad que recorre la obra.

          Cuando se piensa en poesía mexicana, siempre viene a la cabeza una frase corta, solemne y trascendental como Muerte sin fin, Canto a un Dios mineral o Piedra de sol, pero se nos olvida que estos títulos convivieron con otros más divertidos y llevaderos como Poesía no eres tú, de Rosario Castellanos, parodia de un verso de Gustavo Adolfo Béquer; El pobrecito señor X, de Ricardo Castillo; o Tarumba, de Jaime Sabines, palabra sonora a la que el poeta asignó un sentido nuevo indeterminado. La poesía mexicana contemporánea, siempre con una actitud irreverente, no teme burlarse de sí misma y de su tradición.

          Los títulos divertidos siempre han estado ahí. Muchas de las obras de la vanguardia no lo hicieron explícitamente, pero expresaron su alegre distanciamiento de las convenciones establecidas a través de los subtítulos. El jarro de flores (1922), de José Juan Tablada, aludía a los florilegios o antologías decimonónicas con el sentido de verdaderos ramos de flores, pero con un subtítulo disruptivo que apuntaba a su modernidad: disociaciones líricas. Casi un siglo después, Julián Herbert publicaría Álbum Iscariote (2013), parodia de la poesía sentimental decimonónica, al estilo de Álbum del corazón (1870), de Antonio Plaza, o Álbum sentimental (1926), de María Enriqueta Camarillo. Claro, con ese guiño al apostol que traicinó a Jesus, san Judas Iscariote, para sugerir que su libro debía leerse como una traición a la tradición: una tra(d)ición.

          Otro poemario del mismo José Juan Tablada, compuesto por cuatro secciones “La Mañana”, “La Tarde”, “El Crepúsculo” y “La Noche”, se llamó Un día… (1919) y su subtítulo entre paréntesis fue Poemas sintéticos para aludir al género de las composiciones, el haikú. Exactamente 100 años más tarde, en 2019, Verónica Gerber Bicecci publicó Otro día… (poemas sintéticos), pero en vez de elegir hablar de la naturaleza como Tablada, decidió retratar el daño medioambiental provocado por la industria. Óptica cerebral (1922), de Nahui Olin, un novedosísimo cancionero que exploraba los vínculos entre las recién descubiertas neuronas y el arte, se denominó poemas dinámicos para subrayar su modernidad. Urbe (1924), de Manuel Maples Arce, plasma la fuerza bruta del sindicalismo reciente y la impregna de una idea de superación cercana a la del Übermensch de Friedrich Nietzsche con el subtítulo de súper-poema bolchevique en 5 cantos. Radio (1924), de Kyn Taniya, se subtituló poema inalámbrico en trece mensajes. Poesía eras tú (2009), sátira política de Francisco Hinojosa, procura una variación jocosa del título usado por Rosario Castellanos, pero en el subtítulo su autor francamente corre desbocado: Un hombre… una mujer… un puerco: una historia de amor.

          Muchos títulos son poco menos que desconcertantes. No intentan guiar en la lectura o posicionar la obra en la tradición literaria; su intención más bien es desafiar al público lector o simplemente mandarlo al diccionario. Pienso en Câlinement je suis dedans (1923), de Nahui Olin; Un (ejemplo) salto de gato pinto (1976), de José de Jesús Sampedro o Epiphanios (1992), de Ikram Antaki. Luego de esta corta lista, ya no sorprenden tanto títulos como Erdera (2005), de Gerardo Deniz; Caja negra que se llame como a mí (2015), de Diana Garza Islas; ˄˅ [Palas] (2013), de Ricardo Cázares, y su continuación, ˅˄˅˄ [Palas 2] (2017); 1331 (2013), de Ángel Ortuño, o Alces, Rejkyavik (2014), de Daniel Bencomo. La creatividad lingüística no tiene límites, como podemos constatar con las palabras sombrilla que despliegan un sinfín de sugerencias: Epigramísticos (1995), de Minerva Margarita Villarreal, por su brevedad y para subrayar su militancia feminista; Bestiario de mis exxxes (2023), de Svetlana Garza, con esa triple x que apuntaba al componente erótico de los poemas; Innecesárea (2023), de Jessica Anaid, una crítica a la violencia obstétrica, o Paternación (2024), de Pedro Martín Aguilar, un poemario sobre la paternidad y las genealogías masculinas.

          Algunos títulos nacieron para interpelar a su público, como si esa porción de texto fuera una frase que se grita para llamar la atención de quien no conocemos en una calle transitada. No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), de José Emilio Pacheco, fue uno de los primeros, pero muy pronto siguieron otros cada vez menos convencionales: Si entra él, yo entro (1981), de José de Jesús Sampedro; Debiste haber contado otras historias (2006), de Óscar de Pablo; Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay ni río ni llanto (2013), de Jorge Humberto Chávez; Atrévete a mirar, tú, que no quieres (2016), de José Manuel Rencillas; Abroche su cinturón mientras esté sentado (2017), de Sara Uribe; Sigo escondiéndome detrás de mis ojos (2019), de César Cañedo; Oscilo entre ver mi teléfono y verte a ti (2021), de Rebeca Leal Singer.

          En ocasiones, los títulos son imágenes poéticas que atrapan por su capacidad para sugerirlo todo: Un pequeño moretón en la piel de nadie (1982), de Kyra Galván; El grito circular de la gota que muere en la piel del instante (2014), de Alfonso Valencia; En las lágrimas de la abuela nunca retoñó un paquidermo (2015), de Jesús Bartolo Bello López; o Un montón de escritura para nada (2019), de Sara Uribe.

          En el imaginario de la poesía mexicana contemporánea, los títulos pueden empezar con la mención al soporte y a la idea de continuidad que subyace entre las secciones consecutivas de un poemario. Bitácora de viaje de Fortúm Ximénez, descubridor y conquistador de la Isla de la California (1993), de Mario Bojórquez, recupera el sentido que tenían esos cuadernos donde los navegantes apuntaban maniobras y accidentes de su expedición. Bitácora del nativo (2002), de Jorge Ortega, y Bitácora del árbol nómada (2011), de Balam Rodrigo, documentan la infancia y la memoria personal vinculadas a una identidad geográfica (el desierto en un caso y la selva en otro). Bitácora de mujeres extrañas (2014), de Esther M. García, reúne un conjunto de retratos de mujeres en situaciones de abuso. Bitácora extraterrestre, caja negra de una sonda espacial encontrada en Alfa Centauri (2019), de Pedro Martín Aguilar, es un poemario futurista que describe su itinerario en el subtítulo y difícilmente puede ser leído como una alegoría. Bitácora de mis entrañas (2022), de Claudia Sandoval, explora la condición femenina en el siglo xxi.

          Al lado de las bitácoras, proliferan los cuadernos, libretas misceláneas en las que pueden irse apilando poemas: Cuaderno de noviembre (1976), de David Huerta; Cuadernos contra el ángel (1987), de Efraín Bartolomé; Cuaderno de amor y desamor (1968-1993) (1994), de Nancy Cárdenas; Cuaderno para detener un río (2005), de Neftalí Coria; Cuaderno de Tyler Durden (2008), de Mijaíl Lamas; o Cuaderno de los sueños (2009), de Manuel Iris. Muchos poemarios asumen que su contenido puede resumirse en un género y sus atributos: Poemas rústicos (1890-1902) (1902), de Manuel José Othón; Poemas proletarios (1934), de Salvador Novo; Poemas árboles (1938), de Elías Nandino; Poemas de Brindisi (1992), de Fernando Ruiz Granados; Poemas para ser leídos en el metro (2003), de Arturo Dávila; Poemas de terror y de misterio (2013), de Luis Felipe Fabre; Poemas de Baubo (2021), de Claudia Puente Navarro; o Poemas para otakus (2023), de Paola Llamas Dinero.

          Los títulos que recurren al latinismo DE que significa literalmente ‘que trata sobre’; así, De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (1988), de Francisco Hernández, se refiere a un poemario que trata sobre cómo Robert Schumann perdió la batalla contra sus fantasmas. Con ese mismo significado encontraremos De la función social de las gitanas (2002), de Benito Taibo; De árboles y de pájaros (2008), de Fernando Ruiz Granados; De la materia en forma de sonido (2015), de Óscar de Pablo; y De otra cosa (2022), de Luis Vicente de Aguinaga.

          Quien se dedique de lleno a la titrología comprobará que puede hacerlo sin tregua: ¿te gusta el azúcar, pero padeces diabetes? Puedes leer Azúcar impalpable (2022), de Inti García Santamaría. ¿Te dedicas al apneísmo? Te recomiendo Bajo el agua (2002), de Ethel Krauze. ¿Menos humedad? Bajo un cielo de sal (2006), de Dana Gelinas. ¿Te gustan las coincidencias? José María Espinasa publicó Cuerpos en 1988 y Max Rojas, otro poema extensísimo titulado Cuerpos, cada que tuvo la oportunidad. ¿En tus últimas vacaciones subiste a una lancha para que los pobladores locales te llevaran a ver ballenas? Te recomiendo El ojo de la ballena (2001), de Homero Aridjis; Dylan y las ballenas (2003), de María Baranda; Ballena 52 (2018), de Jorge Contreras Herrera; Una ballena es un país (2019), de Isabel Zapata; Todas las ballenas (2021), de Renato Tinajero; o El estómago de las ballenas (2024), de Ángel Vargas. Y, al contrario, te recomendaría pasar de largo frente a Ensayos para una historia de economía doméstica (2023), de Eva Castañeda, porque seguro te incomodará leer su balance al respecto: “En mi país, este país, el miedo es una cosa grande. Carecemos de profundidad y nos gusta escribir sobre ballenas y la soledad es nuestro tema preferido, porque es ahí donde se ocupan esas palabritas, las más poéticas, por cierto. Es ahí donde el yo se desborda a sitios inimaginables que a nadie le importan”.

          Los títulos son relevantes en un país donde a nadie le gusta leer. Tengo 55 años y en este tiempo aprendí que puedo colocar ideas provocadoras al cierre de mis trabajos… porque nadie lee hasta el final. Pero el título… ese sí que no hay quien se lo salte. Quizá la titrología sólo sea el marco teórico de nuestro tiempo…

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