Danny boy

Por: Irene González
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En casa de Mariana había una regla, más importante que cualquier otra: no le hables a los muertos. Instrucción esencial cuando uno se pasaba el día y la noche acosado por espectros, en la casa y en la escuela, de arriba abajo, a veces hasta en el retrete. Su madre le contó la historia de las mujeres de la familia desde muy chica para que, como ocurre con la menstruación, cuando le viniera el flujo de muertos así de repente no se fuera a ir con ellos al otro lado de un infarto. Eran fallecidos de todo tipo, algunos más intactos que otros. Los había tan traslucidos que apenas era capaz de notarlos, otros tan visibles y gráficos como si acabaran de morirse allí mismo, en mitad de su cuarto o de la sala.
— Pero no les hables, mamacita linda, mientras los ignores no te harán daño. Si te pones a intentar hablar con ellos, entonces sí que te los amarras. Es bien difícil quitarse a un muerto de encima, te lo digo yo. ¡Bajo ninguna circunstancia les dirijas la palabra! No se les puede ayudar, de todos modos.
— ¿Por qué no? ¡Yo sí quiero ayudarles! — respondió Mariana, con la ingenuidad de los siete u ocho años que tendría en aquellos tiempos.
La madre resopló y le dio un sape.
— Que no, niña necia. A ellos, en cuanto se mueren, se les olvida nuestro idioma. No el español, se les olvida el idioma de los vivos. ¿Sabes por qué? Porque los vivos y los muertos no tienen negocio alguno comunicándose entre ellos. El único lenguaje que conocen es el de las emociones, las energías, y si los dejas te chuparán todita, hasta dejarte seca. Si les abres la puerta, aunque sea tantito, se aferrarán a ti, a tu luz de viva, como sanguijuelas. Se tienen que ir.
— ¿Entonces de qué sirve verlos?
— ¡De nada, por eso te digo! — la madre se limpió las manos en la falda, aunque no las tenía sucias, aplaudió y se levantó, como hacía siempre que quería dar una conversación por zanjada —. Es una maldición, Mariana, no es ninguna otra cosa. Tú hazme caso, no me desobedezcas. No le hables a los desconocidos, estén vivos o estén muertos. Ignora a los fantasmas y vive tu vida como cualquier otra niña, como cualquiera de tus amigas.
A Mariana el consejo le pareció estúpido. ¿Cómo iba a ignorarlos cuando los veía todo el tiempo? Se decía fácil, pero no había manera práctica de hacer caso omiso cuando, por las noches, múltiples figuras se le aparecían al pie de la cama. Tenía que taparse completita con la colcha para no verlos, sin importar el calor, y aguantar cualquier sonido que emitieran: el tip, tip, tip de la sangre que gotea, el burbujeo de una garganta a medio abrir o el shuuuuss, shuuusss de un órgano que se arrastra por la alfombra. Al menos, pensaba Mariana, estos muertos no dejan manchas. Cualquier residuo desaparecía, la sangre fantasmal no teñía de forma permanente el piso o sus peluches. No quedaban restos de intestinos por donde el fantasma los hubiera embarrado. Habría sido caótico, de lo contrario. De por sí la otra cosa que las mujeres en la familia de Mariana se la pasaban haciendo, aparte de ver muertos, era limpiar.
Mariana rompió las reglas una sola vez. Ella empezó a ver fantasmas desde muy chica, no había ni terminado la primaria cuando ya la seguían, como moscas atraídas por un rayo ultravioleta. Algunos no se daban cuenta de que podía verlos, pero la mayoría sí que lo hacía. La atosigaban hasta el hartazgo, hasta convencerse de que se haría la loca por siempre, entonces se marchaban. ¿A dónde? Quién sabe. Ese no era problema suyo, se decía. Pero cuando, cumplidos los catorce años, a Mariana se le apareció un niño pequeño, el corazón se le encogió dentro del pecho. El muertito tendría entre cinco o seis años. Estaba todo sangrado de la boca, como si hubiera vomitado litros de sangre. Traía la playerita roja, pero alguna vez debió ser blanca, pantalón de pijama de los PAW Patrol y la mata de pelo negro toda revuelta y despeinada.
Mariana le platicó enseguida a su mamá, porque nomás de verlo así, todo confundido y perdido, se le cerraba la garganta.
— No, Mariana — replicó Doña Patricia en seguida, sin dejar de tender la ropa. Los calzones del padre tenían agujeros por todos lados, pero no permitía que se los tiraran a la basura. “Todavía sirven” decía y nunca quería gastar en unos nuevos, aunque acabara de comprarse una camiseta de fútbol —. A los niños vienen a recogerlos. Si hablas con él, nomás vas a confundirlo. Vas a hacer que se incline más de este lado que el de aquel, y cuando vengan a buscarlo no lo van a poder encontrar. Acuérdate también lo que te dije de tu luz. Tienes que protegerte tú primero.
— ¿Quién viene por ellos? — Mariana se atravesó frente a la línea de la ropa para que su mamá no pudiera ignorar la pregunta.
— Yo qué sé. Sabemos bien poquito de la muerte, vemos fantasmas y otras cosas, pero no es como que nadie se moleste en explicarnos nada. Lo poco que sabemos es por experiencia, porque nos equivocamos o lo atestiguamos, a veces nomás por rumores. Por eso es mejor no meterse, porque si la riegas puedes cometer un error muy grave.
Mariana miró al niño. Estaba sentado sobre el lavadero, agitando sus piernas en el aire. Doña Patricia también lo veía allí, entre el detergente y el suavizante, pero con los años se había vuelto buena en fingir demencia ante los espectros.
— A lo mejor fue una mala operación de amígdalas — aventuró, eso sí, sin dejar de enfocarse en la ropa blanca que colgaba con pinzas de madera —. Leí que, a veces, así se mueren los pobrecitos. Se les abren los puntos en la garganta y se desangran bien rápido. A ti casi te tienen que operar de eso de chiquita, por eso me acuerdo. Pobrecito chamaquito. Pero déjalo en paz. Deja que se lo lleven quienes se lo tengan que llevar.
Pasaron semanas sin que nadie ni nada hiciera el intento de recoger a Daniel. Así le puso Mariana, se le ocurrió que de ese nombre tenía cara. Le había dado un poco de tentación buscar información suya en alguna parte, un obituario en el periódico, por ejemplo. Pero tenía miedo de encariñarse más de él si sabía demasiado. De por sí ya le había tomado afecto, era el muerto que por más tiempo se le había pegado. La mayoría rondaba por unos días, un par de semanas si acaso. Intentaban llamar su atención, a veces de modo sutil, otras casi hasta violentamente. Pero jamás llegaban a hacerle daño y más bien se aburrían o desesperaban rápido. Lo peor que llegaron a hacer fue tronar muchísimos focos –“La casa ha de tener mal el cableado, no duran nada estos pinches focos” se quejaba seguido el padre, jurando contactar a algún electricista al que finalmente nunca llegaba a llamar –, arruinar algunos electrodomésticos, como el tostador – “¡Pinche chingadera, si la acabamos de comprar!” “Tiene quince años, Pedro, lo sacamos cuando la niña estaba chica” – e interferir a menudo con la señal del Dish – “¡El partido, no jodas! Ah, pero para cobrar bien que son buenos estos cabrones” “Está en la tele abierta, Pedro, deja de hacer drama y cámbiate a la antena” – Con Daniel fue distinto. Se le pegó a Mariana como solamente un niño fantasma podría hacerlo, con la desesperación de un cachorro extraviado que era, a final de cuentas, exactamente el caso. Parecía su estampita, adherido a las faldas de la muchacha.
A Doña Patricia le empezó a preocupar. Hablaba seguido por teléfono con sus tías del problema. Prendía velas, rezaba con fervor la oración del perdón a las almas errantes. Oración que, cabe mencionar, debe recitarse a discreción. Hay que tener buen juicio para pedir por las almas en pena, porque si se hace a menudo éstas se dan cuenta y luego vienen más en tropel a joder para que se pida también por su causa.
Pero Daniel no se iba y nadie aparecía para buscarlo. Entonces la madre intentó atraerlo hacia ella, valiéndose de distintos rituales que no implicaban dirigirle la palabra. Nada de lo que hizo resultó para librar a su hija de la presencia constante del fantasma.
— Aunque no se vaya, tú sigue sin hablarle. Ignórale, ocúltale tu frustración y tu enojo. O menos vas a poder sacártelo de encima.
— ¡Ya lo sé, mamá! — Mariana estaba cansada de escucharle decir lo mismo— ¿No será que quiere despedirse de su familia o algo así? Yo también querría despedirme de ti si me muriera, y los niños son bien aferrados.
— Ay, Mariana, no me salgas con chantajes emocionales. Mira, ten paciencia. Los fantasmas tienen su propio camino y sus propios tiempos.
Los tiempos de Daniel eran eternos, pero Mariana no era un ser infinito. Era una adolescente de carne y hueso. Por mucho cariño que le tuviera, le resultaba muy desagradable pasear con él trotando en medio de su grupo de amigas. En sus primeras citas Daniel parecía su chaperón, babeando sangre en el asiento del Applebee’s junto a ella o emitiendo un sonido ronco que no la dejaba concentrarse en las películas cuando un chico la invitaba al cine. Eran esas las pocas ocasiones en las que Doña Patricia no parecía tan disgustada de que el espectro se la pasara siguiendo a su hija. Mariana dio su primer beso ignorando unas manitas frías que le jalaban la ropa. Se hizo la tonta y se limitó a sonreír cuando su novio le comentó que con ella siempre le daba frío, aunque estuvieran en plano mayo.
Así se la llevó por meses, hasta poco más del año. Pero cuando estaba por cumplir los dieciséis y el niño seguía ahí, no pudo contenerse por más tiempo.
— ¡Ya vete! — gritó un día en el que estaba harta de todo.
El novio cortó con ella para andar con una de sus amigas. Las mejillas se le habían llenado de un acné doloroso. Reprobó una materia y cierto niño fantasma le dejó huellas ensangrentadas en la tarea, que nadie más veía, que desaparecerían en unas cuantas horas, pero que terminaron por colmar su endeble paciencia. La frágil paciencia de una chica de quince años que piensa que la escuela y su círculo social componen el universo entero, un universo donde no caben espectros, mucho menos un niño muerto.
— ¡Vete de una vez por todas, me tienes harta!
Daniel abrió mucho los ojos. Despegó los labios para decir algo; todo lo que escapó de aquella garganta mal suturada fue un sonido terrible, Mariana jamás había escuchado algo parecido. Un alarido horrible y aplastante. Su corazón se llenó de duda, pero el daño estaba hecho y tampoco se arrepentía – todavía – de haberlo dicho. Se atrevió incluso a repetirlo.
— Tienes que irte. Ahora. Déjame vivir en paz, de una vez por todas.
La petición, como bien le advirtió Doña Patricia su vida entera, tuvo el efecto opuesto. En lo que Daniel se convirtió, Mariana no lo supo nunca a ciencia cierta. Se transformó en una sombra, una presencia constante en sus sueños. A pesar de ver muertos todo el tiempo, nunca fue propensa a tener pesadillas. Pero a partir de aquel momento, Daniel mutó en algo oscuro que la acosaba a cada minuto que pasaba dormida. Era una criatura, ya no un niño, que le mostraba escenarios horribles. En algunos se daba cuenta, de repente, de que le sangraba a chorros la garganta. Se moría atragantada por sus propios coágulos o perdía toda la sangre del cuerpo en instantes. En otros, era a su propio hijo a quien veía morir de esa manera, un hijo que ni siquiera tenía y que a ahora le aterraba tener alguna vez. El dolor era tan real que jamás se arriesgaría a experimentarlo de verdad.
Así como nunca consiguieron librarla del fantasma, menos lograron las mujeres de su familia arrancarle la oscuridad que infectaba sus sueños, el resentimiento hecho pesadillas. Mariana evitaba dormir tanto como podía. Se aferraba a la vigilia hasta que el cuerpo era derrotado e incluso en un instante de mero sopor o en la siesta más ligera, veía manos extrayéndole las amígdalas, dedos suturando a medias la herida. Se sentía a sí misma amarrada a una camilla mientras siluetas sin rostro murmuraban a su alrededor, se pasaban el bisturí, ajustaban las luces encima de ella hasta cegarla y un dolor punzante le traspasaba de súbito la piel.
— ¡Ay, Mariana! ¿Pero cuántas veces te lo advertimos? ¡Te dijimos lo que podía pasar! Que esto de ver muertos no es ningún don para ayudarlos a ellos, es una maldición para jodernos nosotras. ¡A ver cómo le hacemos para sacártelo de adentro! Ahora sí que lo traes bien agarrado a tu propio espíritu, y es pero si bien caprichoso el méndigo.
Prepararon muchos rituales tratando de contener a Daniel. Ofrecieron cosas de oro y plata, de hueso y carne, madera, incienso, sudor. Los terrores no cesaron. Parecía aferrado a drenarla.
A los veinte decidió mudarse con Josué, el novio más reciente. Su madre hizo lo imposible por convencerla de quedarse, pero Mariana estaba determinada a alejarse. Sabía que el problema lo tenían ellas, no la casa. Que los espectros se les pegaban a las mujeres de su familia, no a sus hogares. Sin embargo, estaba decidida a vivir una vida tan normal como pudiera, aunque fuera breve, como seguramente lo sería. Quería sentirse una persona más, a pesar de la oscuridad que traía pegada, de las pesadillas y sus miedos. Necesitaba irse donde nadie hablara de muertos, supiera de rituales o insistiera en tratar de exorcizarla cada cierto tiempo.
Con Josué vivió tranquila casi un año. Hasta los horrores que veía al dormir amainaron. Se dio el lujo de bajar un poco la guardia, de preocuparse por cosas más mundanas: olvidar una carga de ropa por tres días en la lavadora o pagar tarde la cuota de mantenimiento del edificio donde rentaban un departamento. De vez en cuando, acariciaba peligrosamente la fantasía de formar una familia. Josué la hacía sentirse a salvo. Con él se veía segura, amada, feliz incluso. Su renovada esperanza de alcanzar la normalidad parecía contrarrestar, aunque fuera un poco, la influencia que Daniel ejercía en ella.
Un buen día, sin embargo, Josué se le quedó viendo a una maleta, mientras Mariana limpiaba a profundidad el clóset del cuarto.
— ¿Crees que quepas allí dentro, toda completa? — preguntó, así nomás, y a Mariana el mundo entero se le vino abajo.
Se quedó en silencio, fría, hasta que él volvió a concentrarse en el celular. Esa noche no pegó los ojos, y nada tenía que ver con el monstruo que solía esperarla tras sus párpados, sino con otro muy distinto. Uno recién descubierto, roncando justo a su lado. La ilusión de paz estaba rota, la oscuridad la había encontrado en otra forma, una que, estúpidamente, no había anticipado.
Josué hizo más preguntas. Quería saber si llamaba seguido a su familia, con quién hablaba cuando iba al trabajo. Mariana empezó a planear el modo de alejarse, pero él se dio cuenta y las cosas empeoraron rápidamente. No logró, sin embargo, ponerle un dedo encima a Mariana. En el momento en el que estuvo a punto de hacerlo, una madrugada donde la atrapó queriendo salirse a escondidas del departamento, las luces se fueron en el edificio. La temperatura bajó de golpe, tanto que la mujer sentía el vaho escaparle de la boca. Se echó a temblar. Encontró como pudo su celular y prendió la linterna para alumbrar al frente, en dirección a Josué.
Decenas de muertos lo rodeaban. La oscuridad misma, hecha monstruo, estaba agazapada en el techo, babeándole justo encima de su cabeza. Él no los veía, pero quedó claro que era capaz de sentirlos. Algún instinto primitivo de supervivencia se detonó en su cuerpo, estaba aterrado. El rostro se le contrajo en una mueca grotesca, quiso huir del mismo modo en que Mariana trató de escapar de él, pero los espectros lo atraparon. Se enredaron en sus piernas y le hicieron caer, luego todos los muertos se le echaron encima al mismo tiempo. Revolotearon alrededor de su cuerpo como un enjambre de insectos carnívoros sobre la presa paralizada. Cuando se dispersaron, perdiéndose para siempre entre la noche, la luz regresó al departamento. Lo único que quedaron fueron unos dientes y algunos mechones de cabello. Un niño de cinco o seis años le dijo adiós con la mano. Con la otra sujetó un brazo, invisible incluso para ella, y se fue trotando hasta desaparecer.




