Toda creación es un plagio

Por: Luis Alberto Ayala Blanco

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Muchas veces la cultura moderna gira alrededor de algunos clichés –grabados con tinta indeleble– hasta perder el equilibrio y acabar vomitando su propia ignorancia. Uno de esos clichés es Esparta. A pesar de la crítica al reduccionismo maniqueo profesada por el espíritu complejo de nuestro tiempo, es difícil negar que cuando no contamos con un horizonte donde las cosas sean o blancas o negras, o buenas o malas, nos sentimos desamparados, confundidos y atemorizados. Por eso necesitamos creer en ciertas ideas fijas que nos dan tranquilidad y nos permiten entender el mundo sin necesidad de rompernos la cabeza pensando demasiado. Un ejemplo podría ser: todo lo que no sea democrático es malo. Pero también: los espartanos eran grandes guerreros, aunque no muy inteligentes. La inteligencia, la cuna de la filosofía es exclusiva de los atenienses. Sin embargo, basta leer a Platón o a Jenofonte o a Plutarco para saber que los espartanos no sólo resplandecían por su fuerza, su disciplina y su culto al cuerpo, sino por una sabiduría siempre enigmática, resguardada en el secreto. La paideia, la educación tan querida por el mundo moderno, es un legado de esta casta de guerreros imbatibles. Lo mismo podemos decir del poder político como “fin en sí mismo”, forma que terminó por consolidarse en siglos posteriores, perdurando hasta nuestros días. Es cierto que Esparta representa la glorificación de la fuerza, pero siempre ocultando algo –el saber–, manteniendo así alejado de las miradas profanas su preciado secreto. A diferencia de los atenienses, siempre charlatanes y elocuentes, el frío laconismo de los espartanos deja entrever al verdadero guardián del saber. El saber es una forma de potencia dialogando consigo misma, sin exteriorizar nada, pero mostrando a todo el mundo sus músculos. De aquí el afán de los lacedemonios por aparentar un gran poderío físico, al grado de pasar por simples guerreros desalmados, cuando en realidad eran los únicos capaces de utilizar el saber que posibilita la fuerza. Ahora bien, cuando alguien como Gottfried Ben afirma que además son los grandes artífices del arte, y que el arte surge a partir de la contemplación del cuerpo bello, atlético, quedamos completamente desconcertados. Pero al escuchar sus argumentos, es difícil no acabar persuadidos. “El elemento espartano-apolíneo adquiere su significado más pleno en el arte plástico. La estatuaria, primero en madera, después en bronce, marfil y mármol, acompaña lentamente, paso a paso y a distancia, a la cría del cuerpo bello: así se desarrolla el mundo dórico helénico”.

Difícilmente existirá nuevamente un pueblo que conjugue la fuerza y el saber con tal maestría como lo hizo el pueblo espartano.

Toda creación es un plagio

Toda creación es un plagio… ¿A quién habrá plagiado Dios? Seguramente a otro dios. Y ese dios a otro dios, en una secuencia ininterrumpida de ecos, de apropiaciones, de remedos de lo mismo, de imágenes ancestralmente nuevas, imágenes que desembocan en un horizonte áureo, infinito, cuya procedencia es inasible. No olvidemos que el infinito, inexorablemente, se plagia a sí mismo para poder continuar siendo infinito. Los dioses no tienen otra opción que reconocerse en la repetición –¿o reproducción?– de sus sombras. Entonces es imposible hablar de un origen, de un principio de todas las cosas. El origen es un residuo, el residuo de algo más, que flota en la intemporalidad y emerge como otra cosa, velándose, ocultándose en el aparecer, en la existencia… en la creación. Los dioses son los primeros artistas, los encargados de desvelar el mundo y los objetos que lo conforman. La creación consiste en sacar a la luz, mostrar lo que jamás podrá ser percibido si no es como copia, como disfraz de lo inefable. Y esto es así al margen del tiempo histórico en que se perciban los efectos de la producción demiúrgica. Pero ¿qué pasa si no creemos más en los dioses? No importa. La creación continúa siendo el acto de desvelar algo oculto de manera atemporal. Pero lo que sí no podemos seguir creyendo es que los artistas, sean humanos o divinos, construyan sus obras a partir de un punto inédito. El arte desde que es arte o, si prefieren, desde su aparición griega como concepto fundador, como techné, es una forma de transfigurar la llamada realidad; es la manera en que el hombre enfrenta el mundo y se relaciona con él. Fue mucho más tarde que se le adjudicó el papel de emisario de la visión humana de lo bello. Por no decir que la belleza es una forma de hacer presente la verdad, un manto con el que ésta aparece ante nuestros ojos, así sea con aspectos grotescos y horribles. La belleza no es “lo agradable”, más bien es la expresión plástica de la verdad, pero no me refiero a “la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se forma la mente”, sino a Alétheia, luz incapaz de resplandecer sin la opacidad característica de toda creación, parodia de lo que nunca podrá ser visto ni percibido sin antes ser transmutado por el binomio que conforman la imaginación del artista y la percepción de quien lo contempla. El arte oculta su origen al presentarse como apariencia. No se trata de un engaño ni de un simple embellecer, sino del aparecer, de la mentira indispensable en todo proceso creativo, incluida la vida. La verdad cubierta por la belleza, una belleza que radica en, velando, quitar el velo de lo que está oculto, es el artificio que hace posible que el mundo sea… el primer objeto artístico. Si partimos de esta vislumbre, el arte contemporáneo es la continuación natural de lo que ha sido la techné desde sus albores. Todo es imagen, premisa indispensable del arte contemporáneo. Todo es imagen, realidad insuperable del mundo. (Por lo menos así lo corrobora Heisenberg a partir de la física cuántica.) El arte clásico apela a la contemplación de la imagen ejemplar. El arte moderno hace lo mismo, así sea desde la abstracción. Me refiero básicamente a la pintura. Hay un momento en que la mirada desemboca en un arrobamiento, o embriaguez, que provoca la anagnórisis de la experiencia estética. Por eso la pintura es la imagen del vacío, la imagen de algo que, en sí, es irrepresentable, pero que a la vez es capaz de aparecer como alteridad. El arte es la posibilidad de hacer surgir con distintos rostros lo que siempre permanecerá oculto. Antes incluso que la pintura, la vida ya es una expresión de la Nada, un despliegue furioso de luz y sombras que conforman nuestro enigmático cosmos. Y el único fin de este despliegue es ofrecer un espectáculo carente de sentido a la aburrida mirada del vacío. Entonces podemos decir que el mundo es la pintura primigenia, originaria, el modelo de todas las demás. El pintor representa, con trazos y colores en sus lienzos, fugaces instantes del eterno presente. Vida e imagen se confunden. Detrás de toda imagen, representación, pintura o simulacro, se deja adivinar otra cosa, otra imagen que no es ninguna imagen, pura ausencia, es decir, el espacio donde todo confluye como en un sueño… como en la vida. Si bien la línea, elemento seminal de cualquier pintura, es un continuum de puntos, y el punto se define como “espacio inextenso”, entonces la imagen continúa siendo un reflejo del vacío. Dicha identidad nos permite comprender el carácter efímero de todo lo que nos rodea, pero a la vez nos muestra el poder que esa ausencia ejerce sobre sus criaturas, incluyendo, por supuesto, a la más problemática de todas: la humanidad. Los hombres son una imagen perdida en el vacío de aquello que aparece, en el delirante movimiento de luces y sombras que dibujan la silueta de nuestra propia irrealidad. Por eso, cuando contemplamos una pintura nos contemplamos a nosotros mismos, o, por lo menos, atisbamos aquello que reflejamos frente al espejo de la Nada. La imagen es todo lo que somos y todo lo que tenemos. Pero la materia de la imagen, la línea dispersada en puntos, evoca el vacío del cual provenimos. Estamos frente al poder del simulacro insinuándose como el sedimento de lo real, pero ya no como una realidad a desvelar, sino a afirmar. Ahora bien, no me refiero únicamente a la pintura, el arte contemporáneo proclama que prácticamente cualquier objeto es susceptible de generar una experiencia estética. Las imágenes no tienen que ser tridimensionales; incluso una idea, sin ningún cuerpo que la sustente, es arte. Hoy cualquier cosa puede ser considerada una creación artística. Los cánones que soportan el gran peso de la tradición se desmoronan y de entre sus ruinas emerge una cantidad ingente de objetos cotidianos. La creación regresa a su sentido original: Techné, técnica, arte de reconfigurar, de rehacer, de enfrentar el mundo para que el sentido emerja de las profundidades del vacío. Tiene más relación con una hierofanía que con la confección de un objeto bello. ¿Cómo se reconocía la presencia de lo divino? Observando una cualidad indescriptible en un objeto cualquiera. Cuando el hombre, llamémoslo primitivo, se topaba con una roca, un árbol milenario, o incluso un simple guijarro a la orilla de un río, y percibía en su naturaleza algo más, un excedente, sabía que estaba frente a algo extraordinario, que, sin dejar de ser un simple objeto, portaba en sí una presencia inexpresable, justo el tipo de presencia que experimentamos ante una creación artística. La impotencia que hoy sentimos para entender esto, radica en que vivimos en un tiempo “carente de presagios”, donde los dioses decidieron retirarse; para decirlo de otra forma: sin la dimensión de lo divino en nuestras vidas, creamos o no en él, los objetos pierden su aura, convirtiéndose en simples significantes referidos a sí mismos, donde la única autoridad que ratifica qué es arte y qué no, es la estupidez humana encarnada en la dóxa, en la opinión. Simples convenciones autorreferenciales reconocidas únicamente por las cofradías de críticos de arte, de sociólogos, de galeristas, de filósofos, todos ellos incapaces de ver más allá de sus humanas, demasiado humanas narices. Ésta es la ambigüedad del arte contemporáneo, regresó a su hogar, pero llevado de la mano de un grupo de subnormales. Sin embargo, a pesar de la estupidez que proclama el “todo se vale”, “cualquier opinión es buena porque ya no estamos en los tiempos donde sólo lo bello es arte”, no impide que cuando un artista realmente se conecta con esa fuerza primigenia que aparece al ocultarse, cualquier objeto que exponga como creación suya sea arte, incluso una cáscara de plátano tirada ritualmente todos los días en el piso. Esto no tiene nada que ver con que si el “arte se evaporó” (Michaud), o con “el fin del arte” y la entrada de la filosofía como sustento de los objetos artísticos (Danto), sino con el simple hecho de si el artista logró ser el vehículo de aquello que inveteradamente ha trascendido a cualquier objeto o imagen del mundo, no importando la moda imperante en ese momento.

¿Qué pasa, entonces, con la apropiación, el plagio, el remake y la piratería? Toda la digresión anterior fue necesaria para plantear que el mundo es imagen. Pensar la creación artística, de la época que sea, como la confección de un producto inédito, adolece de una dosis importante de ingenuidad. El canon que imperó durante años considera al arte como la mímesis de la naturaleza, es decir: plagio, apropiación y remake es lo que ha prevalecido desde el origen de los tiempos. La mímesis invariablemente implica diferencia, o para decirlo en términos filosóficamente áridos: la identidad es una constructo diferencial. Cuando entendemos nuestra condición de simulacros que viven entre simulacros, la mímesis pierde su carácter peyorativo y se aclara su verdadero sentido: lo único que puede hacer cualquier artista, no importando el tiempo en el que viva, o haya vivido, es imitar lo que ya está dado, puesto que lo dado es la expresión de lo irrepresentable. Toda imitación entraña diferencia. Una pintura es un claro ejemplo, jamás será idéntica a aquello que intenta representar. Pero ¿qué pasa con una fotografía tomada a otra fotografía, o con una reproducción en serie de un objeto cuyo original ya es una reproducción, como en el caso de las “cajas Brillo”? Simplemente debemos recordar que el molde es la coartada de los objetos reproducidos sin dejar de ser un significante más, una copia de lo indecible. El aura no tiene nada que ver con su reproductibilidad o no, sino con el acto que hace el artista al mostrar un objeto cualquiera como obra de arte, permitiendo que lo inefable se presente ante los sentidos de quien lo contempla. La manipulación de imágenes es probablemente la práctica más vieja de la humanidad. Las pinturas de Lascaux, escondidas en remotas cuevas, alejadas de la mayoría, pero accesibles a unos cuantos, aquellos que pretendían manipular su realidad, son un claro ejemplo. Quienes pintaron esas impactantes figuras sabían algo que nosotros hemos olvidado: la única forma de incidir sobre un simulacro (la naturaleza) es mediante otro simulacro (pintura). Me pregunto a quién le tendrían que haber pagado los derechos de reproducción esos temibles personajes para poder usufructuar las imágenes con las que vivían día a día.

Este texto es parte del libro Estupidez Ilustrada editado por Bonilla Artigas Editores

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