Musarañas 47

Por: Francisco Segovia
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DEL TORO Y FRANKENSTEIN : HOLLYWOOD Y LA NARRATIVA RECIENTE
¡Claro que hay que estar con el monstruo! ¡Mary Sheley está con el monstruo! Pero esta adhesión debe ser una conclusión a la que llegue el lector al terminar la lectura del libro. No está expresamente dicha por la autora ni la sugiere ningún personaje de su libro; es asunto por completo del lector, una opinión del lector. Al final, después de leer el cuento entero, puede éste, si quiere, sacar su moraleja, o no sacar ninguna, o sacar incluso la contraria, pero la secuencia natural es ésa: primero el relato y sólo después, al final, la moraleja.
Guillermo del Toro no ha hecho esto en su Frankenstein; al contrario, ha puesto la moraleja por delante y el relato por detrás. Su película muestra desde el principio qué piensa de su trama el director. No nos entrega, como Mary Sheley, una historia por interpretar, sino una historia ya interpretada, predigerida. Si Sheley nos conducía a sopesar “los motivos del lobo”, como diría Darío, él nos los da ya sopesados; si Sheley nos llevaba a algunos a apreciar a “la criatura” poco a poco, él da por sentado ese aprecio, o nos lo impone, nos lo exige. Tenemos así, de entrada, una historia de la que ya sabemos qué vamos a opinar.
Esta actitud era acaso previsible en del Toro —dado el amor a los monstruos que ha mostrado en toda su obra; tanto, que quizás ya se ha acostumbrado a convivir con ellos y su extrañeza se le vuelto normal y cotidiana; es decir, nada monstruosa—, pero creo que el asunto va más lejos, hasta configurar una actitud social generalizada, que prefiere los productos predigeridos, de lenguaje plano y sencillo; o, mejor dicho, de lenguaje empobrecido (como el que emplea el hombre más poderoso del mundo, siempre entre el berrinche maldiciente y el puchero compungido, como si los argumentos —las razones, sí, pero también las tramas— no importaran nada frente a los desplantes).
Un ejemplo de la tendencia moderna a la banalización del monstruo es la transición que va del gusto por los vampiros al gusto por los zombies. Los vampiros y las vampiras (no las vampiresas) son verdaderos personajes, figuras de ficción dotadas de la complejidad de las personas; los zombies, en cambio, de personas no tienen sino el cuerpo, la apariencia; nada, pues, de esa vida interior contradictoria y compleja que antes tanto les gustaba retratar a los novelistas; ni siquiera una mínima biografía. Ni personajes ni, mucho menos, personas, los zombies son virus macroscópicos que muestran su violencia poniendo cara de seres humanos, que es lo que de veras nos espanta, pues nos pone delante nuestro rostro más virulento. Pero en el fondo los zombies son seres muy, muy simples, como los virus. Y de eso se trata, desde luego: de la pura violencia y de su adrenalina, no de la trama, de la historia, y mucho menos de la reflexión.
El interés del público se ha vuelto holgazán: ya ni siquiera se asoma a los resortes psicológicos de los personajes; ahora sólo se interesa por la acción. Pero ¿no hay algo de obsceno y hasta pornográfico en el trasfondo de este espectáculo montado para la reacción de sólo nuestras vísceras? Hollywood no sólo ha aprovechado esto desde su nacimiento —y en ello ha basado más de la mitad de sus recetas— sino que ha logrado imponer esa manera simple, simplista, de narrar: No le complique usted la vida al público; dele todo ya digerido y busque sólo su reacción más inmediata; alimente su instinto, no su mente. Y esta fórmula, por lo visto, acaba por devorarse incluso al más pintado, que en este caso es un director que hasta ahora había logrado, mal que bien, resistirse a ello.
RESQUICIOS DEL POEMA
Un poema que no deja un resquicio para que por ahí entres tú con tus ideas, tus manías, tus sensaciones, tus propias palabras, no es un buen poema. Un buen poema te deja imaginar otro buen poema, tuyo esta vez, aunque no lo escribas. Un buen poema siempre trae otro poema en germen. Los buenos poemas inspiran otros poemas, no importa si buenos o malos (pero mejor si buenos). Un buen poema es el que te deja con ganas de hablar…
DESCUBRIDORES : COLÓN Y DARÍO
Vino Colón y descubrió América. Según Cabrera Infante, el relato de ese descubrimiento bastó por sí solo para fundar una literatura, aunque los descubridores no lo supieran hasta que se lo pusieron enfrente los descubiertos (esto es, García Márquez y el resto de la tropa que sacó del fondo de la historia la literatura de los cronistas). Sabemos por Las Casas cómo vio América el primer europeo que vio América. Ignoramos, en cambio, cómo vio Europa el primer americano que la vio. Porque ¿cómo puede descubrirse Europa, que ha sido siempre mostración mundial, a diestra y a siniestra? En cierto sentido podría decirse que el primer testimonio importante que un americano da de su llegada a Europa (Europa en cuanto epítome de Occidente) es el de Rubén Darío en el ensayo de Los raros dedicado a Poe, cuando describe la entrada de su barco al puerto de Nueva York. José Martí es en esto como su “marinero desconocido”, pues, aunque le entrega el mapa entero del nuevo continente, no entra él mismo a Nueva York contándonos a todos cómo se ve desde la proa de su barco. Y se me dirá, también, que lo de Martí y Darío es más bien el descubrimiento de la joven América anglosajona por parte de la recién nacida América Latina —y eso es desde luego verdad—, pero Darío supo ver que “el sueño americano” no era sino un desarrollo del sueño europeo, y que se volvía dolorosamente material. Colón, en cambio, no supo nunca que desde la proa de su nao no veía sino su propio sueño.



