Postales de poetas de habla inglesa (II)

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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La poesía estadounidense, por su parte, proviene del graznido del cuervo de Edgar Allan Poe. La suya es una habitación cerrada donde todo el caos del universo cabe en la cabeza de su protagonista. Poe es la vida inmóvil en su grito de espanto. La idea de que el mundo es siniestro por los fantasmas que nos arrastran a su reino de sombras. Como expusiera el príncipe de Dinamarca, algo huele a podrido en el sueño americano. Un hedor a masacre que hunde sus raíces en los recovecos de un continente tomado a sangre y fuego. Las casonas de la costa este son castillos góticos, donde el mal crece y se multiplica. El mundo nuevo es tan lúgubre como el viejo. Es un animal nocturno que nos acecha desde tiempos inmemoriales. El progreso es una tumba donde nos aguardan pesadillas funestas, cadáveres que llevan nuestro rostro.

Donde hay poesía hay redención. Eso dice Walt Whitman. Donde hay vida hay canto y júbilo y convivencia. Para describir América se requiere la letanía bíblica, el verso amplio y retumbante, la palabra mayúscula. Hojas de hierba, su poemario icónico, no es un simple libro de poesía: es una actitud ante el mundo, es un himno de conquista y ensueño, de verdad en plena caminata. Es la estrofa del emigrante que desembarca en los muelles de Nueva York o San Francisco y cree estar a punto de conquistar nuevos horizontes con la fuerza de su pura voluntad, con el espíritu del colono que nunca da marcha atrás.
zWalt Whitman es la madre tutelar de la poesía en lengua inglesa en su acepción americana. Lo es junto a su padre borracho y ensombrecido, Edgar Allan Poe. Las nupcias de lo macabro con lo luminoso, de lo fatídico con lo optimista. La paradoja de las tinieblas que iluminan, de las sombras que resplandecen. Como ocurre con el cementerio de Spoon River, que inventara a principios del siglo XX el poeta Edgar Lee Masters. Masters hace hablar a los muertos, les permite contarnos sus vidas, sus sueños truncos, sus prejuicios. Escucha, como un periodista listo para tomar nota del último suceso del día, las quejas y las ínfulas de viejos y recientes fallecidos. En sus versos surge un pueblo entero, una comunidad de hipócritas que hablan de los deberes morales y los olvidan a la menor tentación. Poesía que afirma que todo cementerio es plaza pública, nota roja enterrada a dos metros bajo el suelo. Historia comunitaria con sus trapitos al sol. Infierno grande en sus chismes y rumores.

Desde sus años juveniles, la poesía de Ezra Pound fue la de un viejo eremita, la de una nómada huyendo de sí mismo hacia otras edades, hacia otras civilizaciones. Un estadounidense que volvía a sus orígenes: no en Inglaterra sino más allá, en las islas griegas, en los caminos romanos, en las campiñas medievales, en los palacios chinos. En cualquier otro lugar que lo llevaran sus palabras. Poeta de las apariencias seducido por las sirenas del totalitarismo. Hijo rebelde que no quiso ser nativo de su propio país. Bardo encarcelado por su arrogante monólogo fascista. Cuando Pier Paolo Passolini lo entrevista en sus últimos años de vida, ya como un anciano observando las rutinas de los pescadores italianos, podemos ver a un hombre altivo que no se arrepiente de nada. No un niño adulto sino un viejo que acepta los vendavales de la vida con el laconismo del que viene de vuelta de todos los infiernos posibles. El mismo año en que muere, Italo Calvino escribe que la tarea del escritor es crear, en este infierno que es el mundo en que vivimos, espacios que sean menos infernales. Ezra Pound fracasó en semejante tarea. O mejor dicho: ni siquiera la intentó.

Hay dos clases de poetas mujeres en la poesía estadounidense: la que hila sus versos en la rueca del anonimato, la que es un genio escondido en algún rincón oscuro, provinciano, donde su talento apenas y causa atención, y la poeta que se ostenta, en el mundo intelectual de su tiempo, como figura pública, la que aparece en las revistas de moda como el modelo a imitar. Me refiero, por supuesto, a Emily Dickinson y a Edna St. Vicent Millay. Cruz y cara de una misma moneda. En Dickinson hay un código secreto para entrar a su poesía, una manera oblicua de decir las cosas. En Millay se presenta la vida americana, el deseo del reconocimiento, la ambición por capturar el sentido del gozo, la frivolidad sin limitaciones. Ambas son pioneras de distintas formas de ser poesía, de tomar la palabra y hacerla murmurar o cantar con acento propio. Dickinson amaba el silencio corazón adentro. Millay amaba el corazón ajeno con intrépida franqueza.

A la sombra del bosque, en la nevada misma, la voz de Robert Frost resalta. Una voz que recaba lo humano desde su silencio extremo, que exalta las dificultades del camino, las experiencias de levantar pueblos de la nada: “Antes de que nosotros fuéramos de la tierra ella era nuestra”. Cantor del destino americano, de la colonización de un mundo nuevo: no con espadas y cañones sino con palas y picos y azadones. Frost entiende que la marcha hacia el oeste fue un acto de despojo a los pueblos nativos, un robo en despoblado, una masacre aplaudida como un acto de Dios. Su poesía no olvida. Pero tampoco se queda en el pasado, pues como lo dice uno de sus versos más famosos: todavía quedan muchas millas por andar, muchos futuros por recorrer.

A Edgar Estlin Cummings no le interesan los paisajes bonitos de Nueva Inglaterra, ni el amor como un problema filosófico, ni el arte como una abstracción visual. A Cummings la humanidad le vale madre. Pero el hombre, la mujer, el niño, el anciano, las personas en su individualidad y en su singularidad, le interesan, las sigue, les invita un trago, conversa con ellas de las nimiedades de la vida, de los trabajos mal pagados, de las tetas de la vecina. Cummings tiene lo que Withman llamó la sabiduría de la muchedumbre: la astucia para sobrevivir en tiempos de vacas flacas, de negocios quebrados, de caída de la bolsa de valores. Para él los Estados Unidos de América no es el paraíso terrenal: es una trampa para incautos. A pesar de que viene de una familia acomodada, a Edward Estlin no le interesa ser un poeta refinado. Es pacifista en tiempos de patrioterismo y por eso acaba en la cárcel. Sus versos ya no van dedicados a las damas sino a las chicas modernas, con muchos bríos. Experimenta con el lenguaje como autor de vanguardia. Excéntrico en un país de excéntricos, su poesía sigue tan viva, tan actual, tan caprichosa como cuando, hace más de un siglo, la publicara. Para entender la imaginería de Bob Dylan, hay que leer a Cummings, el poeta que le asegura a una muchacha: “tuyos son los poemas que no escribo”.

Si Eliot fue banquero en la ciudad de Londres, Wallace Stevens fue periodista, abogado, agente de seguros. Su poesía es notoriamente estadounidense: práctica, clara, funcional. Sus palabras van al grano y pronuncia sus verdades sin subterfugios retóricos. Eso no quita su sentido de crítica del mundo, sus exposiciones filosóficas sobre la condición humana. Como amante de la pintura, para Stevens todo es visual: percepción, concepción, representación. En sus versos hay algo teatral: un drama irónico, una sátira a la medida de sus elucubraciones: sea como sea, su obra poética es exactamente lo que dice.

William Carlos Williams es un caso aparte. Al contrario de Ezra Pound o Thomas S. Eliot, no tiene queja por ser americano, no necesita la sabiduría del viejo continente para elaborar sus versos. La suya es música del desierto en su polvareda, charla habitual entre gente que cruza el país para alcanzar sus propias quimeras. Su poesía nombra el mundo en sus objetos más ordinarios, en sus costumbres más humanas. Uno de sus mayores logros es haber dejado atrás el verso tradicional y asumir el verso libre como horizonte creativo, a la vista de todos. Poeta en camiseta, en Williams el mundo es un plato de ciruelas refrigeradas, una dulce tentación que no está dispuesto a pasar por alto.

Frente al canto de los poetas académicos, bien versados en la tradición poética occidental, la voz de Langston Hughes es la del afroamericano consciente del país racista que lo acota, lo humilla, lo lincha y lo ignora. Poeta que crece y se hace fuerte a través de las palabras, bardo que expone, desde el blues, el jazz y la historia misma, el trayecto de su pueblo como un acto de resistencia, de resiliencia. Yo también soy América no es solo una frase de protesta: es el reconocimiento de que la esclavitud es un crimen, un desafío que la poesía más que sanar, interpreta, critica, testimonia: “Yo soy un Negro:/ Negro como la noche es negra./ Negro como lo profundo de mi África./ He sido esclavo:/ César me ordenó mantener limpio su umbral./ Lustré las botas de Washington./ He sido obrero:/ De mis manos surgieron la pirámides./ Yo hice la mezcla para el Woolworth Building./ He sido cantante:/ Todo el camino, de África a Georgia,/ cargué con mis canciones tristes./ Yo inventé el ragtime”. En el espacio ejemplar de su escritura, Langston Hughes no es un ciudadano de segunda: es un poeta de primera.
La poesía confesional es como una sesión de sicoanálisis: todo lo privado se airea, todos los demonios se vuelven diagnóstico personal, archivo abierto al escrutinio público. Por eso la poesía de Silvia Plath es tan vívida, tan humanamente falible, tan impactante al utilizar la parafernalia bíblica para hablar de la condición de la mujer, para exhibir sus cicatrices con exacerbada lucidez, para mostrar sus traumas como actos creativos, como experiencias extremas. Su voz poética se ha vuelto monólogo frente a la estufa de la cocina, verso que no se calla sus pasiones, sus desafíos. Diario donde nada se guarda para siempre.
En uno de los poemas de su libro Day by Day, Robert Lowell afirma que la luz que vemos al final del túnel no es el fin de la asfixiante oscuridad, sino que “es la luz de otro tren que se aproxima”. Los tiempos de la esperanza han devenido en tiempos de terror. Ahora el futuro es un choque frontal contra nuestras peores pesadillas. El progreso no nos lleva a la tierra prometida: nos conduce a la muerte en común. Y el poeta tiene la obligación de hacérnoslo saber, de avisarnos para que no podamos lavarnos las manos, para que no escapemos de nuestra responsabilidad en lo que está por acontecer.
Quizás Delmore Schwartz tiene razón: la responsabilidad comienza en nuestros sueños. Y no solo la responsabilidad sino la angustia sobre el mundo en multitud. Delmore toma de la cultura popular su imaginería y la ubica en la urbe contemporánea. Muchos de sus poemas pueden compartir el espacio de soledad con las pinturas de Edward Hopper: lugares inanes donde la desolación -y no el amor- es el estado de ánimo dominante. Poesía del asombro en su brillante cinismo: Poetry says of reality that if it is magnificent, it is also stupid. Como poeta-profesor, Schwartz tuvo de alumno a Lou Reed. Y por eso llegó a ser protagonista de una canción del grupo Velvet Underground, liderado por Reed. Un hombre capaz de aceptar que podía pasear por la Quinta Avenida, entre obreros y millonarios, sabiendo que el tiempo es el fuego donde todos ardemos.
La voz de la poesía es un llamado amoroso, una invitación. Anne Gray Harvey, mejor conocida como Anne Sexton, lo expone sin tapujos: escribir versos es hacer de la página en blanco un lecho acogedor. En sus poemas nada se reprime: cada deseo se expresa en voz alta, sin tapujos. La vagina pasa a ser la caverna platónica: una prisión de sombras engañosas, un espacio mítico, un lugar de tránsito. Templo para adorar a los dioses del placer y el conocimiento, de la fertilidad y la congoja. Anne no es un ama de casa que escribe poemas cuando tiene tiempo. Ella es una poeta en toda la extensión de la palabra: escribe, vive, cuenta lo que piensa, lo que siente, lo que es. Siempre fue dueña de su propio apetito, de su propia sed. Como testigo de sí misma, tuvo el poder de morir por cuenta propia, de quitarse la máscara. Para ella el hombre que escribe es un estafador, mientras que la mujer escritora es una espía: “Le tengo miedo a las agujas./ Estoy cansada de las colchonetas y los tubos./ Estoy cansada de los rostros que no conozco/ y ahora pienso que la muerte comienza”.

El mundo ya no es viable, dice Adrianne Rich, es cosecha quemada, campo de batalla, “paisaje de osamenta”. Porque la poesía es una ventana para asomarse al desastre, un instrumento para escuchar el futuro. Rich lo aclara para todos nosotros: también es el “puro regocijo”, las distintas formas del gozo compartido. En muchos sentidos, Adrianne entiende la realidad y puede percatarse que donde hay poder, hay heridas. Muchas. Terribles. Y que la poesía está para sanarlas con sus versos de consuelo. Y que la poesía está para sacarnos de nuestra modorra y ponernos a caminar sobre los amplios horizontes de una tierra que aún esconde muchos secretos: los colectivos y los personales, los maravillosos y los siniestros. Un tónico para soportar lo insoportable.

Como en muchos poetas estadounidenses de la segunda mitad del siglo XX, podemos apreciar la poesía de Mark Strand como entradas en su diario: precisas, detallistas, hechas para valorar el mundo desde las idas y venidas de quien las escribe. En sus versos se siente la dicotomía entre lo natural y lo urbano, entre vivir en una cabaña o en un departamento. Lo que mejor hace Strand es indagar en la vida doméstica, en describirla como un viento fuerte, que toma distintas direcciones, que cambia de rumbo de improviso. Se le nota el pintor que anida en sus poemas: hay mucho de escorzo en su mirada, de luz que cambia a sombra en un instante. Los tropiezos de su existencia impulsan los pensamientos que dialogan con sus palabras, la poesía que surge sin aspavientos, sin adornos superfluos. Leerla es como tomarse un café con un amigo en una fonda barata. Una poesía que no necesita anteponer lo majestuoso, lo sagrado, lo político, para decir lo que sabe, para defender su propio espacio de libertad.

Cada poeta hace su casa con los materiales que más le cuadran. Todos talan el bosque a su modo, convierten lo natural en artificio. Por eso Ezra Pound decía que llegó a las puertas de Europa sin complejo de inferioridad. Que venía no como un bárbaro sino como un viajero de regreso a su hogar tanto tiempo olvidado. Que su poesía era un lazo con la música arcaica: se entonaba para hacerla canto ceremonial, para bailar con ella. Y bailar era lo que hacía Allen Ginsberg en sus recitales: desatar a la poesía de su aura pomposa, hacerla una declaración de principios, ponerla a girar en el caos de su liberación. En todo caso, ser testigo del mundo en sus rascacielos ostentosos, en sus multitudes hambrientas de consumo. Ginsberg vivía en unos Estados Unidos donde la sociedad tomaba píldoras de placer instantáneo, donde el patriotismo lanzaba bombas de napalm, donde la poesía iba por el lado salvaje de las calles, entre los olvidados, los adictos, los proxenetas. Y aun así, lo sagrado permanecía no como una institución oficial sino como una manera personal de lidiar con el mundo, de sobrevivir a sus atropellos, de sobrellevar sus injurias. La palabra poética era, en sus poemas, una canción de vida entre tanta muerte, un antídoto ante semejante locura.
Patti Smith experimentó la misma sociedad que Allen Ginsberg, su mentor. La vio no como un modo de vida sino como una Babel donde todos se entendían a pesar de hablar diferentes idiomas. Su utopía se llamó Nueva York y París y Londres y México. Patti tuvo amistades entrañables con Arthur Rimbaud como con Frida Khalo y Bob Dylan. Sus tiempos fueron de enfermedad y sufrimiento, pero también de serenidad y reflexión. Una ruta hacia un cielo más humano, hacia una tierra abierta donde nada se oculta. Cuando la leemos hay el sonido de una guitarra eléctrica amplificando sus plegarias, rasgando las vestiduras de sus versos. Los suyos conforman un relámpago verbal, una causa justa. Un refugio.
El siglo XXI es el siglo de Joanna Klink como poeta. Una mujer que le ha tocado los años de esperanza y desamparo, de furor y decadencia de una forma de vida, de una manera de vivir el mundo que ya no existe. La gente que le fue importante ahora son luces fundidas, son fantasmas. Los amigos están a merced de las mareas y están preparándose para morir. Todo es declive y ausencia, pero también hay reverdecimiento tras el fuego en las colinas, tras el suelo carbonizado de nuestro tiempo. Los presagios no son buenos cuando la violencia toma el lenguaje público y lo zarandea. Estamos en la edad de los naufragios, donde todo se ha vuelto vacío e irreconocible. Klink sabe armar sus poemas con una visión terrible y esperanzadora a la vez. Quizás nosotros, como especie, no tengamos remedio. Pero las palabras aún pueden restaurar el mundo, ofrecerle algo más que un largo crepúsculo: “Dentro de la hierba está el deseo/ de echar raíces; dentro de la lluvia,/el deseo de disolverse./ Puede que aquello por lo que crees vivir/ no sea, en realidad,/ por lo que vives”. Sí, puede ser que el poeta, hoy en día, solo sea una persona como cualquiera otra: extraviada entre la multitud, sin saber a dónde ir. Pero los versos de Klink admiten el anhelo de pertenencia, de reciedumbre: “Si existe un mundo déjame estar en él./ Deja que las viejas esperanzas se renueven”. Y aunque las estrellas se apaguen, siempre queda las hierbas salvajes, las praderas, los remolinos de viento. El saber que vivimos. El recordar que amamos.

Cierro con Amanda Gorman, poeta afroamericana que se hace famosa, a sus veintidós años, cuando lee su poema “La colina que escalamos” en la toma de posesión del presidente Joe Biden en enero de 2021. No era un poema cualquiera sino una declaración de principios frente a una nación rasgada por los extremismos políticos, las desigualdades económicas y la violencia armada. Ante los discursos de odio y la ignorancia orgullosa de sus prejuicios, Gorman no pierde la fe en su propio país: “Mientras llega el amanecer/ ¿Dónde podemos encontrar la luz en esta oscuridad interminable?/ Hemos desafiado el vientre de la bestia/ Hemos aprendido que la tranquilidad no siempre es paz/ Y las normas y nociones de la justicia/ no siempre son justas/ Y sin embargo el amanecer es nuestro/ antes de que lo supiéramos/ De alguna manera hemos resistido y presenciado/ una nación que no está rota/ sino simplemente inconclusa”. Lo mismo puede decirse de la poesía en inglés: sigue en pie, bajo distintas formas, avanzando entre los desastres de la historia, confiando en alcanzar una tierra prometida: la del lenguaje que desafía las convenciones de nuestro tiempo, las ideas prevalecientes, las limitaciones autoimpuestas. ¿Con qué fin? Con el propósito de decirlo todo en el ágora de nuestras vidas, en la plaza pública de nuestra época: la inacabada, la conflictiva, la incierta. Y es que la poesía contemporánea escrita en inglés contiene la masa crítica necesaria para ofrecer sus explosivas verdades, sus confesiones sin miramientos, sus voces cruzando fronteras en un mundo cada vez más pequeño, más mezquino, más atroz.
He de asegurar, finalmente, que con la obra de estos poetas he aprendido una lección muy simple y, a la vez, muy imprescindible: no reducir el lenguaje sino ampliarlo. Extenderlo en todas direcciones. Que salte tiempos y espacios. Que viva de todas las formas posibles. Esa ha sido la virtud capital de la poesía de habla inglesa. Un salir a explorar el mundo y compartir descubrimientos y hallazgos. Para buena parte de sus escribas, la poesía no es un acto de fe sino una fuerza de la naturaleza, un camino de aprendizaje, un sacudimiento. Algo que los altera desde la raíz de sus creencias. Algo que los impulsa a conocerse mejor entre el barullo de sus semejantes.
En sociedades multiculturales, como las del siglo XXI, donde se amalgaman culturas y visiones poéticas, todo es Babel de nuevo. Y ahora mismo, en esta época de conectividades y enlaces instantáneos y, por instantáneos, efímeros, la poesía en lengua inglesa ya es más que canto: es conversación, perorata, confesión y debate acalorado. Lo que une y dispersa. Lo que separa y revela. Aquello que define lo cotidiano y lo extraordinario. Experiencias personales y colectivas reforzándose entre sí. O como dice la poeta Amanda Gorman: las palabras lo son todo y están en todas partes. Solo falta salir y encontrarlas. Solo falta vivirlas a fondo en el verso nuestro de cada día. Solo falta exigirles que canten, que griten, que aúllen. Que, ante la catástrofe que se acumula en todas partes, sean testigos de cargo, hablen sin tapujos por todos nosotros.



