Un rabbit-hole mediático

Por: Fernando Clavijo M.
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Uno de los clichés más memorables de la cinematografía hollywoodense reciente es el dicho por Tom Hanks en la película Forrest Gump (1994): “La vida es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que te va a tocar”. Como la mayoría de los dichos populares, este tiene su parte de verdad, y puede ser una actitud sana ante la vida, sobre todo cuando se trata de olfatear historias que contar. Si uno mantiene los ojos abiertos, el absurdo asoma su cara tan seguido como lo bello, solo es cuestión de estar dispuesto a verlo. Hace algunas semanas recibí una invitación a la embajada británica para presenciar “una experiencia” de arte chocolatero a manos de un famoso chef repostero. Quien me conozca sabe que casi nunca digo que no a lo desconocido, aun si la “aventura” del día consiste tan solo en visitar una casa enorme en Las Lomas con comida y bebida gratis.
El evento forma parte de una iniciativa británica de promoción de sus productos alimentarios, desde el salmón escocés y la carne irlandesa, hasta el espumoso inglés. “Food and drink”, según las mamparas del salón de eventos, representan el sector manufacturero más grande del UK, con exportaciones a 220 países. Así que sí, este tipo de eventos es exactamente el trabajo de las embajadas y, por consiguiente, la propia embajadora Susannah Goshko consideró apropiado recibir personalmente a cada invitado —corresponsales y empresarios, sobre todo— con una sonrisa y un saludo firme en la residencia de la misión británica en México.
En esta ocasión, el protagonista fue el chef Graham Mairs, repostero que ha trabajado con chefs reconocidos como Paul Bocuse, y dirigido la repostería de lugares como el hotel Brown’s de Londres, o el restaurante Grosvenor House. De sus más de 30 años de experiencia, el chef es más conocido por la creación que él llama “illusional aphrodisiac”, y que consiste en un ostión de chocolate o, mejor dicho, un chocolate en forma de ostión. Esto es una concha —y su tapa— de chocolate blanco, con un relleno de ganache de champaña y limón, un toque de sal, y una perla azucarada. Durante la tarde el chef explicó su visión y demostró la confección de una de estas curiosidades —performance que le tomó cerca de una hora— y luego nos permitió probarla.
El chocolate era de buenísima calidad, y los sabores bien diferenciados. Aunque, para ser honesto, luego de escuchar al chef hablar de la genialidad de su invento durante varios minutos, la sorpresa se había evaporado. Uno de los corresponsales con los que me había apertrechado en una de las mesas altas, previamente previstos de vino blanco, notó un tanto cínica pero lúcidamente, “esto es un white washing del tratado comercial”, refiriéndose al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP) que entró en vigor entre México y el Reino Unido el pasado 22 de junio. En este, me dijo Google, aranceles de hasta el 25% se reducen a cero para el 99% de los productos intercambiados. Entre ello, obviamente, se encuentra el cacao. Para ser claros, el Reino Unido se lleva cacao libre impuestos y nos vende chocolates, también libre de impuestos.
Entablé conversación con mi compañero de mesa, Adán Michel[1], cuando me preguntó a qué me dedicaba y si esto era parte de algún evento mayor. Como en la puerta yo había charlado con un chef repostero y dueño de una academia en la Colonia del Valle —Mau Paz Bakery[2]—, me acababa de enterar que en la semana de finales de julio se llevaría a cabo Mexipan, feria de panadería, repostería y chocolatería, helado y pizza. Cada tema es un mundo, le comenté a Adán, y le pregunté si venía como escritor, bloguero, o qué… Me contó que es historiador de carrera pero que se desempeña como consultor independiente de imagen y relaciones públicas, además de ex escritor para Vice[3] (más tarde pude comprobar su gran pluma). De pronto, esto me pareció más interesante que el propio evento y que el chocolate, y vi que tal vez la verdadera crónica de la tarde no era el evento del señor mayor y pequeñito —como un Dustin Hoffman más güero— que continuaba respondiendo preguntas sobre sí mismo (“I’ve learned to like myself in what I do, so what I do is a lot about myself”, alcancé a escuchar).
Empecé pues a conocer a las demás personas que se habían congregado alrededor de nuestra mesa, por lo demás jóvenes (en sus 30’s) y con atuendos que gritan “soy intelectual pero rebelde”. Acompañando a mi nuevo amigo Adán venía Estefanía Veloz[4], periodista de medios como Milenio y SDP Noticias en YouTube. Me dio inmediatamente la impresión de ser brillante, lo cual confirmé al leer algunos de sus artículos. En estos, no solo escoge analizar hechos que pueden considerarse pivotales, sino que lo hace citando todo tipo de outlets oscuros o marginales, y además con una voz muy clara, casi afilada. El par, además, era encantador. Físicamente, Adán es como un Richard Gere adolescente, mientras que Estefanía es la Scarlett Johansson de Lost in Translation (2003). La combinación de su agudeza política, lo banal del evento en el que nos encontrábamos y lo fresco de sus acentos y expresiones (ella es de Tijuana y él de Guadalajara), acompañado de las copas de vino blanco, espumoso y los cocteles de gin y escocés con jengibre, me hicieron reír la risa de la novedad.
Lanzado a conocer, ahí mismo conocí a Fer Bustos, egresado de la Facultad de Filosofía de la UNAM, que se presentó como “crítico social”. Vestido de traje negro y con lentes de pasta, intercambiamos algunas opiniones y nombres de editores o conocidos de revistas. Teníamos a tanta gente en común que me pareció increíble no haberlo conocido antes, sobre todo cuando me fui enterando que ha colaborado con Nexos, Canal 22, Altavoz MX y The Washington Post en español, siempre con este enfoque de “Filosofía Pop”. Aun así, he visto reels suyos en los que hace muy poco más que traducir los que dicen otros “famosos” sobre, digamos, una película muy taquillera. Su novia, Marthy Bum[5], una chica delgada y también con acento —de Zacatecas— venía vestida como si hubiese recién salido de la película The Great Gatsby (1974). Esperando cualquier cosa, le pregunté a qué se dedicaba y me contestó llanamente “influencer”, con la acotación fashion y lifestyle. Amante de los perros, en pocos minutos nos estábamos enseñando fotos de nuestras mascotas y también lamentando la muerte reciente de algunos animalitos. También compartimos signos zodiacales con ella y Adán, lo cual trajo varias asociaciones que en el momento parecieron explicar a la perfección nuestras disposiciones y carácter.
El mercado influencer, aprendí más tarde, cobra cerca de 350 millones de dólares anualmente. Por ello, personas como mis nuevos amigos cobran desde unos pocos miles de pesos hasta más de 100 mil pesos por promover una marca de ropa, cosméticos o algún lugar de moda. Todo gracias a los más de 90 millones de usuarios activos en redes sociales que hay en México, y a la frescura de convertir opiniones, noticias e incluso manufactura en contenido. Periódicos como Vice, Milenio, o Chilango (cuya directora editorial, Cristina Salmerón, también conocí en ese evento) navegan con un remo en cada versión del mercado digital, como hace admirablemente Fer Bustos o, la última persona a la que mencionaré, Benshorts[6] y a su “plus one”, también vestido de traje de pana con camiseta y zapatos bostonianos (de nuevo, nerd pero rebelde). Este influencer con medio millón de seguidores vende lo que se le dé la gana, pues sus seguidores son todos reales y su credibilidad ganada durante décadas de trabajo. Él empezó hace casi 20 años haciendo vlogs de viajes para YouTube. Marthy me dijo que lo sigue desde que era niña (lo cual no fue hace mucho) y que es el modelo a seguir de influencers aspirantes.
El “descubrimiento” de este mundo nuevo —para mí— dio algunos frutos más, personajes llamativos y con opiniones cortantes, pero cuando Estefanía y Adán hablaron de ir a un bar en la Colonia Juárez, yo ofrecí manejar. Me colé así a una reunión de más norteños (una promotora política sonorense y un funcionario bajacaliforniano) en el bar Cananea[7]. Ya había visitado este sitio, que parece un dive bar común y corriente pero que en realidad está hecho de esa manera para diferenciarse de los establecimientos pretenciosos o sobre diseñados que permean la zona y su competencia (colonias Roma y Condesa). Tiene una rocola que mis nuevos amigos supieron monopolizar o, mejor dicho, programar correctamente (con monedas de 10 pesos) con un playlist envidiable de música de banda, norteña y canciones viejas.
Si bien parte de mi inclinación hacia escribir viene de una fuerza centrífuga que me saca de la cotidianeidad, este rabbit-hole me pareció particularmente etéreo. Me llama la atención que un evento aparentemente real como el de la embajada británica haya de hecho sido tan solo una pantalla para un tratado comercial. Pero, qué decir del hecho de que la elaboración del famoso chocolate que simula ser un ostión haya sido poco más que un performance por parte de un chef que se dedica a promocionarse a sí mismo. Que los invitados hayan sido mayoritariamente espejos mediáticos pero que algunos de estos, como mis amigos norteños, sean en realidad personas con cierto sentido de integridad que se dedican a criticar la farsa que es la cultura a través de uno de sus medios más virales y superficiales —Instagram— es algo que ya me empezó a dar vueltas con el segundo aperol spritz (estaban a dos por uno).
Para quien esté interesado en el tema de los influencers y su relación con la realidad, puedo recomendar un libro que explora justamente esa dualidad al tiempo que propone discusiones interesantes sobre el feminismo y sobre nuestra adicción a las redes sociales. Yesteryear, de Caro Claire Burke, ha pasado semanas enteras en la lista de best sellers del New York Times, y trata sobre una influencer del tipo conocido como tradwife (esposa tradicional). Esta tendencia muestra a mujeres muy tradicionales, si la tradición se pudiera condensar y embotellar en una serie de clichés, que tienen millones de seguidoras que no se deciden si odiarlas o envidiarlas. Ellas –las tradwives—, por supuesto, se dedican a todo menos lo que promueven pues, por muy que parezcan la esposa de algún millonario, en realidad son grandes emprendedoras. Estas supuestas esposas mantenidas venden de todo en sus tiendas de decoración, facturando millones de todos su seguidores, al igual que Natalie, la protagonista de Yesteryear. Como esta es una columna de comida, debo decir que Natalie tiene un jardín de hierbas y su propio gallinero, además de que hace mantequilla desde cero con la leche que ordeña su marido, y luego pan nada menos que en la chimenea. El ejemplo más parecido al caso de Natalie, personaje que pareciera querer vivir en el siglo XIX, es el de Hannah Neelman y su ballerinafarm[8], que tiene más de 10 millones de seguidores; pero también vale la pena explorar versiones raras como Luliia Velcheva[9] exhibiendo lo que yo llamaría necro-gastronomía. ¿Qué es más irreal, el chocolate que se hace pasar por ostión, los influencers de la “vida real”, o el personaje inventado de una novela? Creo que lo que más me gusta de la última es el reconocimiento de las enormes y variadas realidades —o perspectivas— que ofrece la vida moderna.
Me gustaría relatar la fiesta, pero así como hay que reconocer cuando un tema da o no para una historia, también es preciso cortar a tiempo. Las cajas de chocolates a las que alude la cita de Forrest Gump son las que contienen “bombones” en papeles de diferente color y con rellenos o cubiertas variadas. Yo recuerdo una lata redonda —como las que luego se usan para guardar implementos de costura— de este estilo, las Mackintosh’s Quality Street, precisamente ingleses (de West Yorkshire) y que eran el mejor regalo posible en la Bolivia de mis abuelos. Muchos años después, aprendí a formar mis propias opiniones y a escoger el tipo de chocolate que más me gustaba, que resultó ser más bien amargo y untuoso. Como sucedió con esta invitación a una “experiencia” de chocolate, las historias no siempre están donde uno las busca, y a veces resulta más interesante saber cómo se crean y difunden las historias —o “el contenido”— que lo que estas en realidad quieren promover. Lo que no esperaba, sin embargo, era que las personas detrás de todo este sistema de difusión fueran tan interesantes en sí mismas, tan ricas en energía, inteligencia y frescura. No es que ahora vaya a seguir a los influencers porque, como en cualquier industria, hay de todo. Su oficio, sin embargo, me parece algo menos ridículo y más humano que la gastronomía “de autor” y su servicio a la “diplomacia” comercial. Los que menos, rebotan la cultura existente. Y los que más —como los que escriben y piensan y van a bares de música norteña— son parte de la cultura misma, son el propio contenido.
[1] https://www.instagram.com/adan.michel/
[2] https://www.instagram.com/cursos_mau_paz/?hl=es-la
[3] https://www.vice.com/es/contributor/adan-michel/
[4] https://www.instagram.com/estefaniavloz/?hl=es
[5] https://www.instagram.com/marthybum/?hl=es
[6] https://www.instagram.com/benshorts/
[7] https://www.instagram.com/cananeamx/?hl=es
[8] https://www.instagram.com/ballerinafarm/
[9] https://www.instagram.com/by_velcheva/
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