Las narraciones extraordinarias de Armando Enríquez

Por: Jesús Gómez Morán
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- Los misterios del maestro Enríquez
Cuando se asume el reto de seguir los pasos de personajes, autores y autoras que nos han precedido en el cultivo literario, estimo que la pretensión generalizada es procurar esconder o mostrar de forma velada posibles influencias, sin embargo, desde que me enfrenté al título del más reciente libro del maestro Armando Enríquez, esto queda desarticulado con el subtítulo “y otras narraciones extraordinarias”. En honor a la franqueza, los temas y recursos inusitados por novedosos, y en ese sentido extraordinarios, de los que dispone en la actualidad el ejercicio literario son reducidos, y en todo caso una salida sabia es reciclarlos, refundirlos, tal y como lo hacían en el siglo de Oro toda esa pléyade de plumas que dieron lustre y pundonor a las letras hispanas (y antes de ellos, ya que se puso de moda hablar de la Antigüedad grecolatina, Homero, Hesiodo, Sófocles, Esquilo, Eurípides, etc.). No, lo extraordinario procede de otra vena, de que el contenido de tales narraciones puede resultar para el sentido común algo “extraordinario”. Y en el caso que hoy nos ocupa, nuestro autor decidió dirigir su atención a situaciones insólitas, en la mayoría de sus cuentos dentro del espacio citadino, de forma parecida a lo que a mediados del silo XIX hiciera Eugenio Sué con Los misterios de París.
Como en el caso de la mencionada obra señera de Sué, Los espacios oscuros es fruto de esa obsesión por internar la mirada en los sitios que los demás evitan, quizás evitamos. Por ejemplo, en “El océano indestructible”, cuento que lo mismo evoca las dunas del desierto, acaso parecidas a la de la saga cinematográfica en boga de unos años a la fecha, que al líder del bajo mundo de la serie de películas de John Wick quien, como Juan Domínguez controla a indigentes, pepenadores y parias y, toda proporción guardada, su desenlace me hace recordar el microrrelato de Martha Cerda, “Relevo”.
Este cúmulo de referentes, en principio sumamente disímiles, me permite apuntalar como una de sus características el recrear a modo de evocaciones, quizás no del todo conscientes o deliberadas, obras y autores que son referentes del relato policial, o en este caso más bien detectivesco. Entre ellas estaría La cabeza de la hidra de Carlos Fuentes, pues su protagonista, Félix Maldonado también es obligado a participar contra su voluntad en el entramado de un sistema que controla el destino de una sociedad, situación que hasta cierto punto siento que se repite en “Los umbrales”. Y del mismo Fuentes me atrevo a evocar una huella de relatos como “Chac mol”, en el caso de Armando Enríquez relacionándolo con el cuento que le da título a su libro “Los espacios oscuros”, al plantear situaciones cuya problemática tiene su origen en rituales prehispánicos que a pesar de los siglos no han perdido vigencia.
En el caso de “La risa” la evocación es más que evidente y hasta me hace elucubrar si no hubo una especie de sincronía creativa, o mejor dicho recreativa, con respecto a la más reciente versión de Frankenstein de Guillermo del Toro. Otras pudieran ser más tenues como la que me hace evocar a Édgar Allan Poe con “El escarabajo de oro”, a mi parecer en cierto modo homenajeado en la ficción titulada “Serket” de gran efectividad narrativa en virtud de su brevedad o de su desenvolvimiento diríamos cinematográfico: en el caso de ambos relatos el argumento se origina por la fascinación que para la mentalidad europea despiertan culturas y tradiciones de aquellas partes del planeta que en algún momento colonizaron.
- Una tipología del género criminal
Ardua ha sido la tarea de precisar una denominación más precisa al llamado género negro, al que por derecho propio podemos suscribir Los espacios oscuros, pues especialistas como Luc Boltanski, Thomas Narcejac, Miguel Rodríguez Lozano, Gabriel Trujillo Muñoz o Mempo Giardinelli han dilucidado vertientes que van desde el calificativo de policiaco, o de misterio, de enigma hasta el detectivesco (y se trata de una problemática que ya lleva con nosotros mucho tiempo, presente desde las llamadas Narraciones extraordinarias de Poe quien no encontró otra denominación de origen más apropiada).
Quizás por ello el nombre que me resulta más convincente es el de “novela de criminal” que aporta Giardinelli, pues si bien todos los especialistas coinciden en que su procedencia viene de la ruptura de un orden establecido, los cuentos de Armando Enríquez surgen de una transgresión convertida en delito y aunque no siempre consisten en hechos sangrientos como en “Los umbrales”, existe un castigo de por medio, lo cual delata el cometimiento de una falta a la ley. En este sentido, el libro de Armando Enríquez y las tramas que desarrolla me llevan a vincular esta temática con René Girard y su teoría del chivo expiatorio, en particular de nuevo hablando de “El océano indestructible”, dado que el personaje sacrificado para mantener el orden termina siendo glorificado.
Incluso habría que reflexionar cómo el género negro tiene la función social de conjurar nuestros temores y obsesiones, es decir, las vuelve un asunto catártico, como quisiera pensar es el punto de arranque en historias como “Una cueva de alacranes” o “Una vida común”, narración fascinante porque presenta un desdoblamiento discursivo a la vez que lleva a imaginar alacranes que miden un metro a algo tan imaginativo como decir que venusinos habitan en Chimalhuacán, o que continúan los encuentros cercanos del tercer tipo, asunto desarrollado en el cuento “Y después de que se fue comenzó la espera”, y que junto con la máquina de escribir del reportero Ramiro, conforman auténticas marcas generacionales. En estos casos los sucesos extraordinarios constituyen parte de la trama, pero en el de “La vida común” es una cuestión referida a partir de lo cual se convierte en un recurso metaliterario.
Y volviendo a la afirmación de la variedad temática y hasta discursiva del maestro Enríquez, es menester hablar de “Una vida común” como punto de quiebre que constituye dentro del volumen: no hay sangre, no hay persecución ni violencia, sino la que la misma vida citadina genera cotidianamente. Sin embargo, además del rasgo metaescritural que mencionaba y el conflicto que se desenvuelve más bien en forma de crisis existencial, el final abierto en sí mismo es un enigma (lo cual explicaría por qué se incluyó en este libro): ¿Ramiro se decidirá a sentar cabeza con Edna?
- Acta de defunción de las buenas conciencias
Ahora bien, respecto al referido eje, constituido por el antecedente de Los misterios de París de Sué, subsiste una diferencia importante: los protagonistas del maestro Enríquez no se erigen como una especie de salvadores, aunque sí habría que reconocer, por un lado, que así como en Sué su narrativa tiene una función de denuncia que puede ir desde violaciones o asesinatos irresueltos, como se menciona al paso en el cuento que le da título al libro, hasta la desigualdad social que pone de relieve “El océano indestructible”, o hasta cierto grado de marginalidad presente en “Los umbrales”; por otro lado, como lo plantea Luc Boltanski en Enigmas y complots, la curiosidad que mueve a sus personajes en el fondo es una pretensión de la modernidad burguesa de intentar restaurar un orden, un ámbito que presenta desajustes o situaciones y que no deberían ser así, básicamente de acuerdo a los preceptos de la razón. Pero justo en esto radica la diferencia con la obra del escritor francés, pues como sucede dentro del género negro posmoderno diríamos, a veces cuando se desentraña el misterio (porque en otras no sucede así), eso de ningún modo implica un retorno al stablishment y las buenas conciencias.
En un comentario de vuelta a “Los espacios oscuros”, aparte de la mencionada huella de Fuentes, es posible rastrear la de Edgar Allan Poe y “Los crímenes de la calle Morgue”, una pieza maestra de la categoría de “cuarto cerrado” porque en un principio no se tiene claro de dónde procede el agente ejecutor de los crímenes que no sea el interior del espacio doméstico (aparte de que la mayoría de los personajes suelen habitar solos), y en consonancia a la característica previamente planteada, aunque la antigua reliquia con la que se conectan los asesinatos se regresa a su lugar de procedencia, como suele ser el encanto de este tipo de historias desarrolladas tanto de forma escrita como en la pantalla, en el aire queda a modo de interrogante la sensación de preguntarse si los episodios sangrientos acaso no volverán a repetirse.
A fin de cuentas lo que ponen de manifiesto este tipo de relatos y tal vez por ellos se vuelven tan atractivas, es que este sistema de cosas organizadas y legisladas que llamamos “la vida común” es en realidad muy endeble, algo que Armando Enríquez honra a plenitud con este volumen de cuentos que, en suma, considero un valioso homenaje a todas esas fuentes a las que pasa revista y exitosamente recrea.




