El talento de toda una generación

Por: Alex Galindo
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Cuando escuché a Geese por primera vez fue gracias al lanzamiento de su último álbum, Getting Killed y, con el primer track, sentí que era algo que no era para mí. Esos gritos ensordecedores de “there’s a bomb in my car” no fueron de mi agrado en un inicio. Sin embargo, continué la escucha y mi gusto por el LP aumentó con el paso de las canciones. Entendí que ese inicio desastroso terminaba por hacer sentido una vez que se escuchaba y entendía toda la obra: el sentimiento latente de mi generación que cae y se levanta una y otra vez ante la inevitable muerte y renacer que tenemos día con día.
Luego me sumergí más en los otros proyectos de la banda y quedé encantado. No es complicado distinguir sus influencias y motivaciones una vez que los escuchas en 3D Country o Projector, o ves sus presentaciones en vivo. Todos y cada uno de los integrantes tienen un talento excepcional que acompañan con un amor y sensibilidad tan genuinos que logran transmitir todo eso que se desea. Pero sin duda alguna el más destacado es el vocalista, Cameron Winter.
Esa voz no pasa desapercibida, es la voz de alguien que marca la pauta en el mundo moderno, es la voz que te hace sentir los temas como algo mucho más grande, un rango que cubre espacios como pocas veces he escuchado. Es una voz generacional, desgarradora, hipnótica y, sobre todo, una voz que da la sensación de que solo sale al mundo una vez que logra poseer a Cameron y crear una relación de sinergia entre el portador, el instrumento y los demás integrantes de la banda, si es que están presentes.
Como si se tratase de las leyendas y creencias de pueblos indígenas americanos que son poseídos por entes que guían y ayudan a sus poblados. Cameron Winter se planta en la actualidad con un piano, letras que se entienden como poemas turbios y un tanto inconexos que hacen sentido en el dolor y sentir de un joven lleno de incertidumbre, miedos, anhelos y absurdos que rodean a la juventud de esta década. En su proyecto solista le ha bastado con un álbum de estudio y un álbum grabado en vivo para demostrar que estamos ante la talla de artista que no se veía y hablaba desde la irrupción de Bob Dylan como mesías, de John Lennon como voz inconfundible, la intimidad de Nina Simone e incluso un poco de ese Thom Yorke profundo y repleto de dudas sobre su propia existencia.
Esto lo confirmé en dos momentos, el primero fue al ver la presentación de Geese en vivo, la forma en la que el grupo pero, especialmente, Winter inundó el Teatro Metropolitan fue algo que pocas veces había presenciado, me conmovió hasta las lágrimas, ver cómo una vez que el concierto inicia parece entrar en trance con el grupo, su voz y sus instrumentos me pusieron la piel de gallina y, aunque suene absurdo o demasiado cliché, sentí que el rock verdaderamente estaba tomando un nuevo aire, que había un guía, una figura que ya está marcando la pauta y que tiene la capacidad y el talento de derrumbar la idea de que los mejores años del género y las mejores bandas ya han pasado. Winter y Geese no necesitan ser demasiado experimentales con su sonido para generar eso, lo son, pero a su modo, tanto así que al escucharlos es fácil encontrar un poco de todas aquellas bandas o artistas que los han inspirado: The Strokes, The Beatles, The Velvet Underground, Talking Heads, Animal Collective o Radiohead se distinguen en el fondo de sus temas (sin parecer copias).
El segundo momento fue al escuchar a Cameron Winter en presentación en Carnegie Hall de Nueva York, uno de los recintos con la mejor acústica del mundo. Ahí donde Chaikovski, The Beatles, Sinatra o Dylan dejaron huella, ahora fue el turno de Cameron. 12 temas, él solo frente a su piano fueron la combinación perfecta para confirmar aquello que se dejaba ver con su álbum debut como solista, Heavy Metal, proyecto que marcó su evolución como letrista y cantautor pero que fundó el pensamiento en mí de que Winter es demasiado grande para su agrupación de amigos, no digo que tenga que salir y enfocarse en sí mismo pero considero que poco a poco Geese se convertirá en su espacio de diversión, mientras que como solista aprovecha su voz para llegar al alma de aquellos quienes están dispuestos a afrontarse desde el arte, a sentirse vulnerables. Lo que hizo en el Carnegie Hall es generacional, incluso cuesta entender cómo alguien de 24 años por sí solo va y se planta con tanta seguridad y hace algo así: frenético en el piano y su voz poseída por su arte que lo desgarra y construye tanto a él como al oyente con el paso del tiempo. Se escucha la ambición, esos versos que a veces cuesta entender no están al azar, ese coqueteo con la desilusión, la degradación y la esperanza es tan único como aquellas primeras escuchas de Tim o Jeff Buckley, sus picos frenéticos, el vaivén entre sus agudos y graves están destinados a marcar el siglo, y sobre todo esos movimientos al interpretar su obra que me recuerdan al Ian Curtis más simbiótico con su música son —en conjunto— la señal inequívoca de estar ante un elegido.
Un elegido que apenas comienza, por más que lleve 10 años con su banda y apenas un par de años desde su álbum solista, la sensación de que todo esto es solo el comienzo es tan ilusionante como esperanzadora para un género musical y una generación de jóvenes que busca prevalecer en el mundo. Cameron Winter tiene ese poder entre sus manos y su mente.
Ya sea en teatros, estadios, iglesias o en el mismísimo Carnegie Hall, Winter puede ser tan grande como el legado de aquellos que admira y transpira. Y ojalá así sea porque desde que lo escucho sus referencias religiosas, sus súplicas, el ser un “zero dollar man”, lo hermoso de un “I’m blind and you are so ugly, it’s so easy to want you” o la intimidad en “My heart is for those who leave me alone” resuenan en mí.
Es por eso que las acusaciones sobre ser una psyop resultan tan absurdas, es una salida barata para explicar algo que les queda demasiado grande a los que llegaron a dicha conclusión. Música como la de Geese y, en especial, Cameron Winter escaló tan rápido y sonó tan fuerte porque se cocinó a lo largo de 10 años y porque el talento y ese estatus de genio son elementos difíciles o imposibles de ocultar en nichos o en el sótano de Max Bassin.





