De dónde, amigo, vengo.

Por: Julio César Toledo

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Las personas están obsesionadas con el origen. Les mueve el conocimiento pleno de su linaje; saber de dónde vienen es, para las personas, fundamental. Saber quiénes le antecedieron es un camino para saber –supongo– quiénes son. Se rastrean ancestros como quien busca un destino: mirar atrás para poder ir hacia adelante. Ya porque el origen de sus apellidos les proporciona beneficios de nacionalidades otras, y para dichas personas –supongo también– es importante un “plan B” de patria y pertenencia, ya porque los pormenores de la ascendencia les revela el sino (feliz o terrible) que han de llevar consigo en la vida. Esta obsesión siempre está ligada al lugar de dónde se es; a las pequeñas costumbres del terruño. A los ingredientes particulares de tal o cual guiso –esos que solo se dan, de la manera en que se dan, en el terruño–, a las costumbres que se extrañan como a las abuelas mismas. Eso es, dicen los que saben, la patria.

Yo no. Y eso no me hace –espero– menos persona. O sí. A mí, el origen me viene guango. Descreído siempre de lo que se me ha heredado (quizá porque no se me heredó nada) nunca finqué en los ancestros la posibilidad de nada. Honro, no me mal entiendan, lo que hicieron los que, antes de mí, hicieron algo para que yo esté hoy aquí diciendo estas palabras. Y claro, cuando me preguntan de dónde soy, respondo que de casi ningún lado. Veracruzanos de nacimiento, regiomontano por adopción; chilango por necesidad y necedad. No ser de ningún lado y ser de varios, da ventajas. Las posibilidades crecen. Benditos los que no deciden, los que prueban de todo (ya saben a qué me refiero), porque de ellos será la ambigüedad y la experiencia.  No echo de menos, ni en falta nada de ninguna de mis “tierras” y sin embargo…

En la Ciudad de México no hay verdadera carne asada. Aunque ahora sí –proliferan asaderos y restaurantes–, pero, aun así, todavía no. Y nunca encontrarás en Monterrey unos pambazos decentes, de esos cuyo adobo se tatemó en el comal del puesto.

Los regiomontanos no solemos caminar las calles, pese a tener mucho mejores banquetas que los chilangos. Quizá porque la canícula hace de esa ciudad un espacio incaminable.  Así, los chilangos caminamos, usamos las calles, pese a tener mucho mejor transporte público que en Monterrey. Y, en Veracruz, en cambio, se camina pese al sol, se usan los camiones viejos, los autos, y aun así se llega tarde a casi todos lados, y a nadie le importa un bledo. En Veracruz hay una disposición a recibir extraños en tu casa; que coman, que se harten de parabienes, aunque a penas conozcamos sus nombres. Los chilangos no quieren hablar ni con los que sí conocen, no hay tiempo que perder, no nos distraigan. Y los regios, ¡Ay, los regios! Oscos como somos en la vida, habremos de echar más carne al asador, más cartas a la hielera si llega un extraño a nuestro patio. En Monterrey hay beisbol y cerveza fría a cualquier hora, exposiciones que no llegan a ningún otro museo, teatro de calidad permanentemente, y tacos al vapor en las mañanas. Hay nostalgia de los años en que las cocheras (con mecedoras blancas de varilla) no se tenían que cerrar con llave o con candado. Y Veracruz conserva sus cocheras, pero un algo de nostalgia les inunda. En la ciudad de los chilango no hay ese pan que se llama “mano”, y que es, por mucho, el mejor pan de la vida. En Monterrey, en cambio, no encontrarás un bolillo decente aunque le implores al niño Fidencio.

No hay rituales ya, en mi querida “Cdmx”, como la tarde en que se hacen tortillas de harina, y a la vera del fogón, se merienda. No hay siquiera merienda, esa palabra no existe. Pobre de mi Monterrey que vive la ausencia del tampo de lámina que alberga los tamales que, cual ajolotes, mutarán en guajolotas; no ha regio ni veracruzano que lo entienda.

En Veracruz no hay cintos, ni incaibles, ni cerro de las mitras. No hay, tampoco en Monterrey, volovanes de manjar, ni rama en navidad, ni huapango a lo lejos –Soundtrack de mi vida– llorando.

La ciudad de México no tiene chicharrones de La Ramos, ni historias del huracán gilberto, cerro que subir el domingo en madrugada. No tiene presa rumbo a Santiago, nido de mis besos furtivos que supieron a prohibido. Y no tiene tampoco portales donde tomar café. Y sin embargo, daría las olas del mar junto con todas las pulgas de fayuca, por caminar una noche por reforma y encontrarme con El Ángel.

Y ese soy yo que no decide. Que a tumbos anda entre La Macro y el Zócalo, y San Juan. No quiero decidir de dónde ser, si para ello había que renunciar a lo contrario. Soy este, débil o timorato, llamame como quieras, que da bandazos, que elige y se arrepiente; el que anda como tres actas de nacimiento por el mundo. Soy el que a tientas va, buscándose a sí mismo, no en lo que otros llaman el origen, sino en aquello que han dado por llamar: lo que se trae. ¿De dónde soy? Del límite que esta página traza en tres estados, y unos cuantos amigos para siempre, y dos lágrimas de amor que crecen con el cauce del Pánuco, entre las gobernadoras del Santa Catarina; en los pavimentos del río de los Remedios.

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