Pilgrimo ante el espejo

Por: Adrián Muñoz
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¿Has sentido alguna vez la sensación de no ser más que un reflejo?, se preguntó Pilgrimo ante el espejo. ¿Tan sólo una imagen proyectada en el mundo del cuerpo físico? Cuando te asomas al espejo, ¿nunca te has sentido como presa de esa imagen idéntica en frente de ti? Mirándola a los ojos, ¿no experimentas a veces un anclaje inquietante? ¿Qué piensas mientras ves cómo aquella imagen te mira a los ojos y quedas envuelto en esa fuerza magnética que los liga inextricablemente? Casi a perpetuidad; eternamente.
¿Eternamente? Eso es mucho tiempo. Demasiado. No hay nada más cierto en este mundo que la incertidumbre de no poder saberlo todo. Recuerdo unos versos de Río, de Carmen Leñero: “Tu lado hermético / un espejo: / soy tu nunca duplicado”. El espejo como sugerencia de posibilidades. Un mar cuyas aguas cristalinas están hechas de oxímoron.
Pienso también en un conocido cuento de hadas (vale la pena siempre atender a los viejos relatos tradicionales). A menudo expresan inquietudes hondas; entreven verdades obvias y no tan obvias. Cuando la Reina Malvada comanda al cristal: Espejito, espejito; ¿quién es la más hermosa de este reino?, se nos revela una cuestión crucial y que se presta a diferentes lecturas. Allende la palpable tensión y competencia entre la figura materna y la floreciente hija, se encuentra la agorera voz del vidrio. Ojo: no es la imagen reflejada, pero acaso esto apunte a una voz interna (habría una suerte de sinestesia: hay una imagen —apela al ojo— que habla —apela al oído—).
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Podemos atajar la cuestión de mirarse en el espejo desde dos ópticas inversamente proporcionales. El resultado será, asimismo, contrario, según la disposición con que uno enfrente el cristal.
Puesto que, en principio, este artefacto de refracción se inventó para auxiliar la faena propia del atavío, no resulta extraño que la vanidad sea precisamente un producto de este acto. A final de cuentas, no es sino una tentativa por materializar el mito de Narciso. Lo que aquél hizo con las ondulantes aguas de un lago (ondulantes y, por ello, inestables, desconfiables) se busca, con la fijeza del vidrio, establecer como una naturaleza permanente y confiable del acto de reflejar. De este modo, el aseo y la presentación personal se vuelven cruciales para que el individuo se presente en sociedad. Es el acto pre-social por excelencia: antes de salir al mundo, es menester asearse y autoconfirmarse frente a un espejo.
El espejo, pues, como catapulta del narcisismo. Símbolo de la persona que no puede ver a nadie sino a sí mismo. La cultura contemporánea de las redes sociales, con su frenesí por la selfie (es decir, el autorretrato posmoderno) no es sino la magnificación grosera de verse en un espejo y proyectar, así, la mirada narcisista. Los cinco minutos de fama han sido trascendidos: el registrador digital de instantes es un altar al ego. El espejo como metáfora del egoísmo.
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Sin embargo, también es posible considerar el acto de verse en un espejo en un sentido inverso: no como acto de vanidad y superficialidad, sino como búsqueda de profundidad.
En este sentido, el cristal no es una magnificación del yo, sino un mecanismo de interiorización. Supone el intento de escudriñar los claroscuros del propio yo, en aras de explorar las ansias, los temores, las imperfecciones que inhiben el florecimiento de una versión más completa y sana de nosotros mismos. A veces, de hecho, justo eso decimos en el habla cotidiana. Ante el ataque desmedido —y aun: injusto— de una persona contra otra, no falta quien espete al acusador: Mírate en un espejo, es decir, considera primero tus faltas y deméritos antes de criticar a los otros con vehemencia y falta de sensatez. En otras palabras: Quien esté libre de culpa, que arroje la primera piedra. (Aunque no falta quien aviente la pedrada y esconda luego la mano.)
El espejo como una alegoría de la autocrítica. Se trata de mirarse a los ojos para adentrarse en el alma; descubrir la sombra interna (en el sentido junguiano) para buscar su integración y lograr la individuación del yo, es decir, completar el proceso de diferenciación y consecución plena de la totalidad de la psique.
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Ahora bien: ¿Qué pasaría si un buen día, por la mañana, después de una deliciosa ducha, te asomaras al espejo y no apareciese imagen alguna? El cristal refleja tu entorno y muestra nítidamente los objetos detrás de ti y capta la caída de la luz, angular, mas tú no apareces por ninguna parte. Como si fueras un vampiro. Tal vez te desmayarías o te pellizcarías para intentar despertar de un mal sueño; respuesta natural ante un hecho tan inusual.
¿Será, acaso, que estoy muerto?, podrías pensar. ¿Estará muy sucio y empañado el cristal? ¿Ilusión óptica? ¿Podría ser que la imagen no se asomó por voluntad, como si fuera un ente independiente de nosotros y con inteligencia propia…? ¿Que no fuera solamente un reflejo en el espejo?
Podrán cuestionar algunos escépticos de mente cerrada acerca de los fundamentos para tal acontecimiento y tales indagaciones. Objetarán que es ilógico, científicamente imposible y, por tanto, absurdo concebir a nuestros reflejos obrando por voluntad. Entelequias de una mente ociosa y fabulante. Discusiones bizantinas.
Pero, ¿y si fuésemos nosotros el reflejo? ¿Si la imagen que percibimos sobre el liso vidrio fuese, en realidad, el original? ¿Qué, si nosotros fuéramos prisioneros de esa imagen en el espejo? ¿De la imagen al otro lado del espejo? Esto requiere un poco de ponderación.
Pongamos que existe un mundo donde residen las ideas, los originales de cuantas cosas se manifiestan en el mundo. O más que ideas: entidades concretas y tangibles que pueblan lo que, en última instancia, constituiría eso que llamamos la realidad. Según esta nueva conjetura, en nuestro mundo no habría sino copias de aquellos originales. ¿Y qué, pues, si el espejo no fuera sino una ventana a ese mundo original? Luego, nosotros seríamos la copia. Veo, luego existo… Me reflejo, luego existo. Soy reflejo, ¿luego existo? Dudo, ¿luego me reflejo?
Y si yo soy un reflejo, y el sujeto del otro lado del espejo un buen día decidiera no aparecerse más, ¿me sería entonces imposible volver a mirarme en el espejo? ¿Habría algún tipo de fuerza externa, superior, que me impidiera pararme en frente de todos los cristales?
Si en verdad yo fuera un reflejo, mi existencia dependería de la relación sujeto-espejo; entonces, si este sujeto no se viera más en el espejo, ¿yo desaparecería? ¿Cesaría mi existencia puesto que ya no contaría con una fuente de vida? Si aquél sujeto (ya no un mero objeto de refracción) cambiara de espejo, ¿podría yo aparecer? Luego, ¿mi existencia depende del acto de reflejar, de refractar una imagen original, o está ligada a un espejo en particular?
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Aún más: ¿Y si en realidad existieran dos mundos paralelos que operaran a la par? No inversamente como en la historia de Alicia, sino de manera sincronizada y conjunta. ¿Podría ser, entonces, que a final de cuentas no hay ni original ni copia? Ambas imágenes, ¿serían reflejos y reflejados a la vez? ¿Duplicados que son al mismo tiempo le fuente primigenia? Quizás ambos mundos dependen uno del otro de manera absoluta. Quizá los espejos no son más que pantallas o ventanas parciales donde convergen, en una intersección óptico-óntica, dos acciones autónomas mas idénticas. Gemelas, pero independientes.
Según las creencias populares, los espejos ciertamente pueden dejar entrever algo de nuestra verdadera naturaleza. Se cree que el espejo puede funcionar como una especie de instrumento de retro-inspección. Hay, incluso, personas que dicen que si alguien, a medianoche, con luna llena, se coloca frente a un espejo en una habitación completamente obscura y permite que penetre un fino haz de luz lunar sobre el cristal —que puede ser sustituida por una vela sujeta con ambas manos—, se puede percibir la verdadera naturaleza (el alma) de cada uno de nosotros. El individuo debe verse fijamente sobre el cristal sin parpadear. Entonces, la imagen en el espejo reflejará el aspecto del ángel o el demonio que lleva uno dentro: el rostro verdadero de su ser. Aún otros sostienen que, en realidad, lo que se puede contemplar es nuestra propia muerte: un acto de adivinación o profecía.
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Aun podríamos considerar al espejo como un contenedor no sólo de imágenes. Al mostrar los reflejos, acaso también conserve las emociones de todas las personas que se han reflejado allí. Quizá por eso la noción de la mala suerte al romper un espejo: quebrarlo sería como abrir una caja de Pandora; desatar un fárrago de emociones todas desbocadas, un amasijo de afectaciones psicológicas; de oscuros deseos, terribles miedos, vergüenzas inconfesables…
No habría que descartar estas especulaciones tan a la ligera. Después de todo, nadie que tenga la conciencia intranquila es capaz de mirarse a los ojos enfrente de un espejo. ¿Mera vergüenza? ¿Superstición? El espejo no va a regañarte—o al menos tal cosa dictaría la razón moderna, pero…
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Si dentro de todas estas especulaciones hubiera algo de cierto, ¿qué sucedería si no existieran los espejos, si el agua no poseyera la capacidad de reflejar, si no se hubiera desarrollado la pintura ni inventado la fotografía? Si no hubiera ningún modo de ver nuestro propio rostro, ¿qué sería de nosotros? ¿Existiríamos sin ninguna de estas herramientas?, ¿tendríamos conciencia plena de quiénes somos? ¿De cómo somos? Nuestra existencia, ¿sería real, tangible? Por lo pronto, está claro, no habría vanidad. Y sin vanidad no hay ego. Pero el ego es el Yo. Y si no hay yo, ¿qué hay? El desapego absoluto. Un sujeto sin ego. Mas, ¿es esto posible?
A veces da miedo imaginar que nuestras vidas puedan pertenecer o depender de alguien —o algo— que, si bien idéntico a nosotros, no se pueda afirmar rotundamente que equivalga a nosotros… o sea parte de… ya ni sé. De ahora en adelante, cada vez que pasemos frente a un espejo habremos de poner suma atención en la imagen; estar atentos a cualquier mínimo indicio que refute o corrobore estas indagaciones. Tal vez la ausencia de reflejo. Un vaho que no hemos exhalado. Tal vez un guiño.
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