Elogio de los grises

Por: Marcos Límenes
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Pintar puede parecer fácil para los seguidores de Bob Ross pero puede resultar algo más complicado para quienes se preocupan por hacerlo de verdad. Si bien es cierto que Matisse, Bonnard, y antes todos los impresionistas, abogaban por la utilización del color en estado puro bien sabían que en el correcto manejo de los grises residía la maestría en la pintura. No tengo la intención de dictar cátedra -¿a quién podría interesar a estas alturas del partido?- pero a veces me valgo de esta idea cuando intento encontrar un balance entre posturas encontradas. Se entiende que el gris se ubica entre el blanco y el negro (que por cierto no son colores) o, visto desde otro ángulo, cuando ambos colores se mezclan. Dicha combinación puede ser real, obteniendo toda una gama de grises, o virtual como ocurre, por ejemplo, con el ying y el yang (sin mezclarse).
Si alguien me comenta que el gobierno en turno no da una, recurro a la susodicha metáfora para atemperar los ánimos. Lo mismo con las consecuencias del cambio climático o en disputas laborales. Desconozco si mis interlocutores me juzguen por lo tanto como una persona gris pero ello me ha permitido evitar confrontaciones ociosas e innecesarias. Sin embargo convertirme en una persona gris es la imagen más desoladora de mí mismo que pudiera tener, como si fuera un funcionario público que hace como que hace pero no hace gran cosa.
Gris, mediocre, apático, “usté no es ná, no es chicha ni limoná” ¿En dónde quedó la pasión y la defensa de los ideales? Es cierto que los tiempos han cambiado –el peor de los lugares comunes- y que los villanos tienen otros rostros, pero izquierdas y derechas balbucean las mismas cosas -con diferentes tonos de grises pero grises al fin- cediendo la iniciativa a los extremos de ambos bandos que, en su radicalidad, se convierten en otro gris bastante uniforme.
Este año las lluvias han llegado con anticipación ocultando el cielo azul que nos recibe cada mañana y al que nos hemos malacostumbrado. Cierro los ojos y regreso a la Lima de los años ochenta asolada por la guerra civil y la hiperinflación. El sol sale de vez en cuando y nunca llueve de verdad. De vez en cuando, en su raro invierno, aparece una garúa que moja pero no se ve. Hace poco escuché a un familiar describir su cielo como la panza de un burro. Extraño su mar gris plateado que se mezcla con el cielo en el horizonte, y las casas semiderruidas de los barrios tradicionales, habitadas ahora por hordas de zopilotes. Vive allí una amiga que cerró la cortina de su apartamento para dejar afuera la melancolía, botó a la basura su negra ropa y se compró un par de blusas color naranja y un pantalón verde perico.
Yo sigo lidiando con los grises cada vez que me enfrento a una tela.




