Postales de poetas de habla inglesa (I)

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

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La poesía de habla inglesa me fascina: hay en ella un lenguaje que no se obsede ni por lo barroco ni por lo impostado. Dice lo que tiene que decir incluso cuando habla con sus dioses, incluso cuando sus temas calan en la hondura de la condición humana. Poesía para charlar frente a un tarro de cerveza, para discutir en una taberna de mala muerte, para bailar en un festival de música electrónica, para experimentar en un desafío de Instagram.

Empecemos por el dramaturgo poeta que tantos conocen: William Shakespeare. En sus sonetos, más allá de los deleites amorosos, el tema al que el bardo regresa es la guadaña del tiempo que acaba con todo, excepto con el recuerdo de las cosas idas, de los amores fugaces. La vida es memoria que duele porque ya no existe lo que rememora, es historia que nos contamos una y otra vez para hacerla perdurable. La poesía no es ornamento sino regalo: una dádiva que nos permite revivir el pasado y augurar el futuro. Una magia que hace del verso la última línea defensiva frente a la conciencia de lo efímero, ante la victoria de lo marchito. Poesía que reconoce la ruina que somos, los estragos que portamos con orgullo, la soledad como mejor compañía.

John Donne nos enseña que la sensualidad es, también, un atributo inglés. Entre resfriados y barcos mercantes, entre eruditos idiotas y ciudadanos eufóricos, hace que lo carnal sea la forma mística de unir almas y cuerpos. Como el astro solar, quiere con sus versos calentar el mundo, entibiar los lechos. Como un demiurgo, trata de convertir a sus jóvenes amantes en frutas jugosas, en maná del cielo. Su poesía es deseo cribado con el tamiz de la inteligencia. Su obra es diálogo con las mujeres que pasaron por su vida, con las lecciones que de ellas aprende: dulzura y griterío. Consuelo y rudeza. Y por más que Donne se esfuerce, el amor seguirá siendo un misterio que eludirá sus empeños, que escapará de la cárcel de sus versos. Porque la vida, como la poesía, es libre y soberana. Y por ello no se acomoda a ninguna tiranía, ni se somete a ningún poder.

El romanticismo es, en tierras británicas más un culto místico, más una religión mágica, que un estilo literario. Y en ese culto quien fungió como su profeta, como su predicador de mundos ignotos, de verdades reveladas, no fue otro que William Blake, poeta y grabador de imaginación poderosa y evangelios cósmicos. Él, junto con los novelistas góticos y sus castillos llenos de misterios, inaugura la primera revolución de la literatura inglesa con su unión de la curiosidad científica y el delirio de dioses impredecibles. En Blake está la semilla de Lovecraft y Tolkien: el anhelo por crear mundos fuera del mundo, por establecer mitologías personales a la que acudirían sus creyentes. Cultos propios con dioses que rondan a la humanidad desde sus abismos.

Los poetas románticos ingleses que vinieron después de William Blake son como un club de amigos que se reúnen para contarse los chismes del momento, para leer sus obras en progreso. La leyenda de la villa Donati funciona como un relato de taller de creación literaria más de un siglo antes de que estos talleres se pusieran de moda. Al principio fue Lord Byron, con su aureola de poeta maldito, el que toma la delantera como el héroe cultural de principios del siglo XIX: un revolucionario que sacude el orden establecido y escribe poemas de largo aliento sobre temas impíos y amores incestuosos. Fue un influencer de su tiempo y hasta el día de hoy es una figura que incordia. En contraste, sus contemporáneos, John Keats y Percy B. Shelley, son dos poetas que se decantan por la naturaleza como tema de sus obras, por el amor como inquietud creativa, por las ruinas como lecciones del tiempo que todo lo extermina. Ambos bardos otorgan a la poesía una musicalidad que favorece el ritmo de sus versos, transformándolos en himnos para para cantar en paseos y excursiones. El poema es, aquí, vida que respira, luz que alumbra el corazón de quien lo toma para sí y lo atesora. Pero las sombras del desamparo anidan detrás de tales luces: las del monstruo creado por el doctor Frankenstein, la del vampiro que anda por el mundo como un caballero vagabundo, las de Ozymandias, el poderoso, el invencible, el olvidado.

La poesía inglesa de la época victoriana es como su propia sociedad: discreta, convencional y, sin embargo, desafiante. Da sorpresas cuando uno menos lo espera. Revela verdades ocultas. En La playa de Dover, Mattheu Arnold nos recuerda que el Mar del Norte es una presencia inexorable para su nación, una metáfora de la conjunción de los cuerpos en su ayuntamiento febril, una conmoción entre la tierra y el mar que da por igual gozo y sabiduría, agitación y descanso. La metáfora ideal para una isla que se sabe hija de la marejada, hermana de la tormenta y el naufragio, amante de lo ajeno.

La aspereza del paisaje de las islas británicas. No hay mejor testimonio verbal que los poemas de Thomas Hardy. Entre árboles mohosos y caminos cubiertos de neblina, su poesía nos canta desde la muerte, nos recuerda la tristeza del tiempo que solo deja como herencia sus fantasmas, sus corazones rotos, sus sombras peregrinas. Versos que son lámpara en la oscuridad iluminando las brumas costeras, los fantasmas que aparecen sin aviso, los muelles que crujen al paso de la gente que va y viene, metida en sus propias desgracias. Como su contemporáneo, el novelista Joseph Conrad, Hardy nos permite descubrir no solo la campiña inglesa sino el corazón de las tinieblas, las ansias que medran bajo las buenas costumbres de su tiempo.

Rudyard Kipling y sus guerras imperiales. Kipling y sus cargas de caballería. Kipling y sus baños de sangre. Poesía de marchas militares, de estandartes al viento, de muerte sin más sentido que la gloria de los siglos. Por eso sus versos huelen a polilla, a armarios largo tiempo cerrados, a ideales que envejecieron mal en su crueldad masiva. Pero no todo era en su poesía pompa y circunstancia. También surgía de ella las viejas tradiciones y saberes, tan cercanos a la naturaleza: “Excelentes hierbas tenían nuestros antepasados;/ excelentes hierbas para aliviar su dolor:/ caléndulas, eufrasia, lirio y helenio;/ albahaca, rúcula, valeriana, ruda/ verbena, díctamo, llamémonos; prímula/, meliloto, rosa del sol”. En su recuento de maravillas lo que importaba era reconocer en lo natural, lo milagroso; en lo común, lo extraordinario.

Sin mar, sin playas, sin acantilados, sin costas rocosas, no habría esa sensación de movimiento, de tempestad avecinándose, que tantos poetas ingleses han hecho suya. La poesía británica es verso insular, rodeado de olas y espumas y sargazo. Como esas pinturas de William Turner, hay en ella una visión mística de una naturaleza desatada, de un cielo que es mar y es horizonte en llamas. Y de un mar que está presente en lo que sus habitantes son, piensan, escriben. Esto es visible en la poesía de William Butler Yeats. El mar es irlandés y británico, pero requiere de la pátina de otras culturas para expresarse en su vuelo lírico.  Y junto al viaje a Bizancio algo más terrible aparece: el apocalipsis de su propia época. Apenas un año después de terminar la carnicería de la Primera Guerra Mundial, Yeats adivina, con certeza espeluznante, lo que vendrá, lo que aún sigue siendo tanto e signo dle aquellos tiempos como una realidad en los nuestros: “Girando y girando en la espiral/ que se ensancha. El halcón no puede oír al halconero;/ Las cosas se desmoronan; el centro no puede sostenerse;/ La mera anarquía se desata sobre el mundo,/ La marea teñida de sangre se desata, y por doquier/ La ceremonia de la inocencia se ahoga;/ Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores/ Están llenos de apasionada intensidad”.

El siglo XX y su debacle de creencias. El poeta ya no es un profeta henchido de prodigios sino un burócrata cumpliendo con un estricto horario de trabajo. Thomas S. Eliot parece un banquero lleno de pensamientos apocalípticos. Un hombre que, desde su escritorio, visualiza el fin del mundo y le da la bienvenida como una esperanza, como un anhelo a punto de cumplirse, como una inversión segura. Eliot es un americano que pretende ser más inglés que los ingleses, un migrante que busca a Dios en la tierra devastada por las guerras mundiales, un hombre racional que habla en lenguas. En la poesía de Eliot no hay infinito sino eterno retorno: una calamidad tras otra solo redimida por regreso de un dios hijo vuelto juzgador universal. Lo mismo el poeta: un juez de su tiempo que ya ha dado su veredicto verso tras verso. Sin embargo, el destino, en Eliot, es de naturaleza griega: es irrenunciable, es irredimible. Te tritura sin pensarlo dos veces. No tiene piedad de ti.

En muchos sentidos, la poesía inglesa es una experiencia parroquial, sermones dichos frente a la congregación de los fieles, ofrendas sagradas entre hermanos de un mismo culto. Pero hay sus excepciones, como ocurre con la poesía de W. H. Auden, un poeta que deja Londres por los Estados Unidos. Antes de emigrar, Auden escribe lo que piensa del mundo y las políticas de su tiempo, de la sociedad de la vigilancia perpetua y de la modernidad urbana que a todos hace criaturas anónimas, seres intercambiables. Estuvo en España, como enfermero, en el bando republicano. Fue crítico de todos los sistemas. Como nuestro poeta lo señalara alguna vez, la poesía sirve para hacer visibles a los seres humanos, para ponerlos en el centro de las cosas que importan, para iluminar sus vicisitudes y apremios.

Si pienso en los versos de Dylan Thomas pienso en las piedras de Stonehenge: monolitos levantados para honrar el paso del tiempo, templo para ofrecer su oráculo al peregrino. Y si pienso en Stonehenge pienso en la magia que resuena en esos sitios: un susurro de otros tiempos, un sortilegio de dioses más antiguos y más poderosos. Como los que presidían la escritura poética de Laura Riding: voces ancestrales en la telaraña del verso. Conjuros verbales para extraer la piedra de la locura. Amores agrios en la fiesta de la vendimia. Bosques sombríos que los mapas no alcanzaban a describir. Se podría decir, leyendo a Riding, que en sus poemas no hay dragones, pero el fuego quema al que penetra en busca de explicaciones, al que quiere raciocinio donde solo hay la terca sangre y la lluvia fiel.

Philip Larkin es compañero de trabajo de Jorge Luis Borges: un bibliotecario protegido por la muralla de libros que ha leído. Un académico fisgón que, desde su sillón favorito, contempla el mundo, las muchachas en minifalda, los tiempos cambiantes que le ha tocado vivir. De ahí que su poesía sea una constatación de la vida en sus arrebatos, en sus deslices. Bitácora del humor a la inglesa que reclama para sí el infortunio de ser quien se es, de reírse de uno mismo mientras se espera el metro, de aceptar que todo cambia sin que uno lo pida, como en su poema “Altos ventanales”, donde observa, entre nostálgico y gruñón: “Cuando veo un par de jóvenes/ y pienso que él se la está cogiendo y que ella/ toma la píldora o usa un diafragma,/ sé que tal es el paraíso/ con el que los viejos sueñan toda la vida,/ cuando juramentos y escrúpulos son puestos a un lado/ como una podadora anticuada,/ y los jóvenes se deslizan por la larga pendiente/ rumbo a la felicidad, sin parar./ Me pregunto si
alguien me miró así hace cuarenta años”.

Ted Hughes es un poeta pagano: canta a la naturaleza inhóspita, a sus animales de presa, al cuervo que todo lo vigila y todo lo desmenuza. En Sylvia Plath, la que fuera su esposa, hay laberintos bajo un cielo pleno de relámpagos. En Hughes hay páramos, hay escondrijos, hay ojos que te miran sin que te des cuenta. Sus deidades muestran garras y colmillos, tienen hambre, van por ti. Hughes era inglés por los cuatro costados: le gustaba cazar, pescar, dar paseos por la campiña, estudiar sus plantas y animales. Y frente a todo ello, su obra poética rehace el telar de lo misterioso, el relato fantasmagórico, la extrañeza del mundo. Su poesía es un faro de luz cortante, una algarabía entre la niebla del páramo. Un cuervo tan astuto que nunca se deja atrapar.

Kae Tempest escribe de lo cercanamente punzante, de lo dolorosamente injusto. Los protagonistas de su spoken poetry son las personas ordinarias en situaciones límite, la gente que debe sobrevivir en condiciones atroces, la sociedad rompiéndose en pedazos y, aun así, saliendo adelante, no dándose por vencida. A Tempest la clasifican como una poeta hip hop, pero su originalidad reside en observar su entorno y darle vida con sus palabras: no importa perder las batallas de hoy mientras nos quede el mañana para luchar de nuevo. O su discurso sobre los tiempos actuales, donde el miedo apaga las conciencias, donde se aprende a no pensar por cuenta propia sino a vivir a ciegas. Para Kae, la poesía es dar la cara, vomitar cuando todos aplauden. Ir a contracorriente de lo represor y lo servil. Pero no son sus versos simples vociferaciones. Son algo más. En ellos se percibe una sabiduría ancestral en plena escena rave, un conocimiento de que los seres humanos, mientras bailan y se emborrachan, mientras conviven en pubs o en conciertos, mientras conversan de amores o de política, son criaturas que poco han cambiado cultura tras cultura, civilización tras civilización: “Somos los mismos seres desde que empezamos,/ todavía viviendo desde nuestra estupidez y nuestra furia y nuestras disputas./ Cada día, odiseas./ Las historias están allá si las escuchamos,/ están aquí,/son nuestras”. Pero hay una responsabilidad que Tempest no olvida: “Aún estamos atrapados/ entre lo heroico y lo despreciable./ Aún somos piadosos,/ y eso nos hace monstruosos”.

¿Y qué decir de la lengua inglesa en la poesía de Canadá? Ahí tenemos a Anne Carson, una poeta de fe en un mundo de incertidumbres, de amores en tránsito, de matrimonios que hacen de sus relaciones un altar de dudas y titubeos. Cuando ganó el Premio Nobel, los fascistas de Youtube se encabronaron porque utilizaba el verso libre, porque hablaba de cosas cotidianas, de vidas comunes. Porque carecía de Grandeza con mayúscula. No fueron capaces de ver la poesía que Carson encarna: la de un campo de batalla donde la ironía es el arma secreta. Como una lectora de los clásicos grecolatinos, rompe las reglas porque sabe que las reglas no hacen la poesía sino las palabras en libertad, las sombras que se extienden sin fronteras que las detengan. Sus preguntas duelen y asombran a un mismo tiempo: ¿Cuál es el poder de lo inexplicable? ¿Tienes una cita? ¿Qué te hace más fuerte? ¿Por qué me gritas? ¿Qué salió mal? Estamos ante una mujer que entiende que el Caos es la verdadera divinidad que alienta nuestras vidas, la que traza nuestro destino sin pedirnos permiso. Por eso esta poeta habla desde la entraña en su volátil vestidura, desde la experiencia vital que conoce todos los secretos posibles entre hombres y mujeres. Sí, habla y susurra, grita y gime. Como cualquiera de nosotros y nosotras, lo hace por lo que ha perdido, por lo que no volverá a estar tan vivo como antes. El amor, para empezar. La confianza, desde un inicio.

Rastrear la poesía de habla inglesa es hacer una travesía por los territorios colonizados del gran imperio británico. Mencionamos a Canadá, pero es Australia el continente que más mitos y leyendas ha puesto en verso, que más visiones y cegueras ha acumulado. Su mito es historia de blancos que llegaron a un continente vacío y lo impulsaron hacia la modernidad con ranchos ganaderos y ciudades hechas con puro trabajo. Hasta la segunda mitad del siglo XX, la literatura era la palabra escrita de los colonizadores y no las voces ancestrales de los nativos de esas tierras tan extremas, que eran suyas pero de las que fueron despojados a la fuerza: con decretos, con leyes, con religión. Pero eso cambió en 1964, cuando la poeta Kath Walker, conocida con el nombre aborigen de Oodgeroo Noonuccal, publica su libro We are Going, donde la poesía es una reafirmación de sus raíces indígenas, de su identidad comunitaria. Escribe: “Soy pobre y rota./ Vestida con los trapos que se/ le caen al hombre blanco/ Pero no me avergüenzo./ Las lanzas no podrán competir/ con las pistolas,/ y nosotros fuimos dominados./ Pero hay cosas que no podrán saquear/ ni destruir./ Fuimos conquistados, nunca sometidos./ Fuimos obligados, nunca serviles”. Poeta orgullosa que entiende que el ayer es el lugar de los relatos, de la vida sin ataduras, pero el ahora es otro tiempo: “No nos amarguemos, eso es cosa vacía,/ un gusano en la mente./ El pasado se ha ido como nuestros días de infancia,/ El futuro llega como el amanecer después de la oscuridad”. Sí, la palabra como esperanza, como fortaleza. como carta de rumbos. Luz que abre el horizonte con sus rayos y nos permite ver lo hasta entonces invisible.

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