El mexicano y el humanismo

Por: Emilio Uranga

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Sin que sea necesaria la intervención de una teoría sobre el significado del modo de ser del mexicano, éste se interpreta espontáneamente como representante muy peculiarizado de un estilo humano de vivir. Preontológicamente o preconceptualmente, el mexicano se explicita a sí mismo y a su mundo como humanos, lo que quiere decir que ve en su vida una imagen del hombre. A primera vista parece una trivialidad indigna de consideración la enunciación expresa de que el mexicano se concibe como hombre. y, sin embargo, en esta expresión tan comprensible de suyo se alberga una afirmación cuya justificación requirió en una época de nuestra historia de sesudas teorías y elaboraciones conceptuales de tipo teológico predominantemente cuya significación estamos todavía muy lejos de calibrar con adecuado criterio. Nos referimos a aquella célebre disputa suscitada en el siglo xvi sobre la “humanidad” del indio, sobre su más bien aparente y patente “bestialidad” que no “humanidad”, para decirlo con palabras de uno de nuestros más prestigiados y profundos historiadores. Por caminos que aun ignoramos el mexicano se afirma a lo largo de su azarosa historia como “hombre”, inclusive cuando caricaturiza esta su dimensión humanista y la degrada en “machismo”. El ser mexicano no acota, pues, si se le rastrea hasta sus entrañas una nacionalidad peculiar, sino una manera humana de ser. De cierta manera sus forcejeos libertarios, como la Reforma y la Revolución, son trasuntos de una lucha por lo humano en que se haya empeñado el mexicano, vivida con tal originariedad que de esta raíz brotan las otras maneras de ser como retoños legítimos y no como tumores a extirpar.

Pero con igual originariedad el mexicano se niega a lo humano y se enclaustra, con indelebles votos de ferocidad, en su nacionalidad y alardea de ella en manifestaciones de afirmación que rebasan los límites de lo prudente para desbordarse en lo grotesco, brutal, grosero y hasta sanguinario. Con igual espontaneidad el mexicano se afirma como mexicano y como hombre, pero la nacionalidad endurece y calcariza la primera interpretación al convertirla en oficial, creando un complicado sistema de excepciones y privilegios que, si bien justificados en ciertos renglones, en los más desentonan. El mexicano se acoge a su nacionalismo licenciando su entrañable humanismo. Las dos interpretaciones son incompatibles, conflicto de tintes trágicos que ha coloreado con su tornasolada luz todas nuestras gestas desde la Independencia hasta la Revolución. En el mexicano, tal y como nos lo ofrece la historia, hay una fácil mezcla de humanismo y de nacionalismo. Nos abrimos con pareja originariedad a lo humano y a lo mexicano y en la comprensión de esta condición bilateral reside el fundamento de muchas de nuestras actitudes. Por motivaciones históricas de fácil recuento, el mexicano ha buscado en la nacionalidad un refugio, un abrigo que lo ponga a salvo de la voracidad apropiativa de los extraños. La idea de una patria rica ha sido enlazada a la de un conjunto de legítimos propietarios de ella. México, para los mexicanos, es el lema de una reivindicación nacionalista. No se concibe a la patria como una hechura en que han de participar de modo preeminente los mexicanos, sino como un haber o una realidad de la que se puede inmediatamente disponer y usufructuar, sin esfuerzo, sin trabajo, con sólo alargar la mano para recoger el fruto, bien protegido su trayecto apropiatorio de la intervención de manos extranjeras. El hacer la patria se enturbia por la torva persuasión de tener una nacionalidad. Los nacionalistas se imaginan a México como a un conjunto de bienes elaborados de que se puede sin esfuerzo gozar y se preocupan por salvaguardar tal satisfacción de intrusos que también sin empeñarse podrían echarse a la bolsa nuestra riqueza. Este concepto mercantilista no ha desaparecido de la mentalidad popular y oficial, e inclusive ha sido reforzado de modo patológico por la Revolución. La salvación por el haber, por la hacienda, es una salvación falaz que conduce tarde o temprano a la desesperación. Es, además, una solución antimoral o no ética a los problemas de la conducta humana, que cifra su dignidad en el hacer y no en el tener, única manera de representarse la moral humana.

Pero lo más grave en el nacionalismo no es su idea de la patria como un haber, que ya es grave y peligroso, sino la separación o secesión que opera en el mexicano, cortándolo de lo humano y constituyéndolo en una realidad particular que excluye toda participación en lo que hacen los demás por considerar que no afecta su suerte, lejana, a lo próximo e inmediato. Pero es degradante ser nacionalista cuando se puede ser hombre. Para nuestros propósitos nos basta haber señalado, en el mexicano, esta interpretación de su propio ser, como mexicano, en el nacionalismo, subrayando que no es la única, ni mucho menos la más espontánea, pese a apariencias en contrario.

Cuando el mexicano despliega su vida en completo olvido de su nacionalidad, es su vida misma una forma de ser en que se toca originariamente la fuente de que brota todo humanismo. Los “sentimientos” de abandono, gratuidad, fragilidad, oscilación, pena, entre otros, que son familiares al mexicano como el tramado o “materia” de su propio ser, ofrecen la única base en que asentar al humanismo. En su punto más extremo y radical, el mexicano se concibe como “accidental y zozobrante”, lo que quiere decir que se abre sin defensa a la condición humana en su estrato más profundo. Se tiende, en general, a huir de estos “penosos” sentimientos y a buscar, de cualquier manera que esto sea posible, por la fe, la ciencia, la cultura o la historia, un asidero para el hombre, un punto en que se sienta seguro y “sustancial”. Pero el mexicano no huye, con presta ligereza, de estas “categorías” o “existenciarios” del ser del hombre, sino que se queda ahí y los frecuenta, los tiene presentes, no en el innocuo sentido de representaciones teóricas, sino como contenido de su vida cotidiana y extraordinaria, los tiene ahí, los palpa cada día, cada noche, a todas horas. Esta peculiar “valentía” o “lucidez” para abrirse a lo que tiene la suerte humana de “desdichada” y “abandonada” es el modelo originario para abrirse a lo humano, la esfera más soterrada en que se ha preparado o gestado un sentido que comunicar, por compasión, simpatía o afinidad, con los otros, con todo aquello que pretenda hacerse pasar como humano. El mexicano comprende lo humano ajeno por transposición del sentido de su propia vida. La compasión de que hace uso tan frecuente en todas las manifestaciones de su conducta –el mexicano se compadece de los animales, y hasta de las plantas, y no se le cae de la boca el llamar “pobre” a cuanto ser humano se cruza o aparece en el campo de su experiencia–, es la expresión visible de esa continua operación por la cual se está transfiriendo el sentido de la propia vida a lo ajeno. Esta complicada operación exige que se tenga del término, a partir del cual se ejecuta la trasmisión, una vivencia no obscurecida por ocultamientos, que la propia vida que figura como centro absoluto de referencia desde donde emana el sentido sea efectivamente familiar, que la llevemos con nosotros como nosotros mismos, pues en el momento en que se obture la comunicación con lo originario se paraliza toda compasión. y a la inversa. Cuando el mexicano ve que le quieren hacer pasar como humano algo que no se le asemeja, que no se acopla con su significación originaria de lo humano, lo despoja de inmediato de toda pretensión de humanidad y lo trata como cosa y no como “humano”. De la misma manera que es compasivo, es también indiferente y brutal, desconsiderado, pasa a lo largo de lo “evidentemente” humano con desatención glacial. Mientras no tenga lo pretendidamente Humano una semejanza patente con lo mexicano, el compadecer no se opera, no se le ve ni siquiera como humano.

Nuestra vida es una familiaridad con lo humano, porque los caracteres con que describimos al hombre convienen también para describir al mexicano. No tenemos que correr el registro de lo mexicano a lo humano, sino que hay una originaria configuración en “pareja” de lo mexicano y lo humano. Lo mismo hemos visto que acontece entre la vida y la muerte para el mexicano. Decíamos entonces que la muerte es, para el mexicano, símbolo de su propia vida, porque las determinaciones con que acotábamos a la vida son también las que nos permitían definir a la muerte. La Vida y la Muerte se configuran en “pareja”. Van juntas, pero no nada más esto, sino que se llaman mutuamente. Una invoca a la otra, y viceversa. Edmundo Husserl ha sido el primero de nuestros filósofos que ha llamado la atención sobre las peculiaridades de una asociación por “parejas”, de un “emparejamiento” (Verkoppeln)[1].Esta manera singular de ir juntas una y otra cosa da origen a curiosos fenómenos. Cuando dos contenidos, como la vida y la muerte, o lo mexicano y lo humano, aparecen como formando pareja, ello quiere decir que son, a la vez, “semejantes” y “distintos”. Hay un airecillo de familia, de parecido, entre la vida y la muerte, pero al mismo tiempo se nos imponen distinciones entre una y otra. La semejanza no es tan extremada que podamos hablar de igualdad, pero la distinción no es tan tajante que podamos decir que hay diferencia. La pareja se mantiene en los límites de la semejanza y la distinción. Por ser tal permite el surgimiento de una “transmisión” o “transferencia” de caracteres de una a otra de las realidades configuradas en “pareja”. Hay un préstamo recíproco de sentido. Se explica un término por el otro y éste, a su vez, por el primero. Hay una incesante circulación del sentido, un vaivén, un recibir y devolver, un interminable ir y venir de las significaciones de un cabo al otro por el que surge el sentido unitario de la pareja, que es de la pareja y no de uno de sus miembros exclusivamente. Aprehendemos uno de los términos conforme, en conformidad, con el sentido del otro, en la medida en que no se creen diferencias que anulen la transposición, ni una igualdad que también aniquila la transferencia del sentido.

En nuestro caso funcionan lo mexicano y lo humano como formando una pareja. Lo humano se entiende a partir de lo mexicano. Recibe su sentido primario de su semejanza con lo mexicano. Si no asiste esta semejanza a la base de las relaciones entre nosotros y los demás no podrá gestarse ningún humanismo. Pero la semejanza va también doblada por la conciencia de una distinción. Si el mexicano es compasivo, manifestando con ello que siente la universal semejanza con todos los hombres, presiente también que su suerte no es totalmente compartible, que hay un núcleo en que la comunicación es imposible. Extranjeros de mucha sensibilidad nos han hecho observar que frente al mexicano se padece un curioso sentimiento. La apertura a todo lo humano, el mezclarse y revolverse sin temor y sin escrúpulo parecen crear entre el mexicano y los demás hombres una comunicación ilimitada en que la igualdad luce como ideal supremo. Pero, a pesar de esta innegable comunicabilidad, hay un límite infranqueable. Si el mexicano se asimila a los extranjeros, el extranjero, a su vez, no puede hacerse mexicano en plenitud. Queda un resto que no se franquea, que no se abre. La hospitalidad no impide que haya una especie de reducto insalvable. La creación de esta diferencia mata la configuración en pareja de lo mexicano y lo humano. Si se destaca por parte del mismo mexicano, lleva casi de inmediato al nacionalismo. Si no se destaca y no es visto por el mismo mexicano, no deja, sin embargo, de ser patente para los demás. ¿En qué reside esta barrera? El mexicano no podrá decirlo nunca. En su humanismo la desconoce y la desconoce con legitimidad, porque al concebirlo como asentado en la formación de un “emparejamiento” tiene que ignorarla a priori. Más bien, pues, que un sentimiento de igualdad frente a los demás hay en nosotros un sentido de “emparejamiento” y en el nacionalista de “diferencia”. No todo humanismo se construye a partir de esta peculiar estructura que hemos puesto de relieve. Generalmente se cree que el humanismo supone la afirmación de la igualdad y que, sin ella, no hay posibilidad de humanismo. Pero esto no pasa de ser un prejuicio. Lo mismo se piensa relativamente a la vida y la muerte que la “diferencia” entre los dos fenómenos es la premisa indispensable de toda teoría sobre la vida y la muerte. Pero hemos visto que no es así. El mexicano las “empareja” extremando su semejanza hasta una “igualdad”. Lo mismo acontece con el humanismo. Lo humano le es familiar al mexicano porque va acompañándolo en su vida como el otro polo con que establece una comunicación de sentido, un recíproco préstamo de servicios y favores, una transferencia de significado que le permite explicar su propia vida como humana y, a la vez, lo humano como mexicano. Las consecuencias de este mecanismo no son para ser discutidas aquí.


[1] Verkuppeln (aparejar, parear, enganchar).

Este texto es un fragmento del libro: Análisis del ser del mexicano y otros escritos sobre la filosofía de lo mexicano (1949-1952), editado por Bonilla Artigas Editores y que pertenece a la colección: Las semanas del jardín, dirigida por Adolfo Castañón.

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