El color de la tristeza (2)

Por: Adrián Muñoz
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Hoy el mundo es una gran herida.
Me duelen los pájaros que ya no vuelan, los automóviles que nunca paran, los apóstatas que nacen entre dos personas que platican y no se hablan, el anuncio con el menú que nadie lee. Los portafolios sin dueño que varan en busca de un refrigerio, cuando el periódico es la única compañía de cojos sin oficio, y hasta los gendarmes tienen que comprar billetes de lotería para acordarse del azar nuestro de cada día.
Hoy el mundo duele, en este día homónimo del vacío, largo como el andar de un escuadrón de la muerte hacia el crepúsculo. Duelen estas 6 menos cuarto y los estornudos anónimos, el hastío que unas bancas infligen en tantos cuerpos; la gente que yo conocía.
El yo joven que murió demasiado pronto se lamenta de pie, en marcha y sentado; el yo viejo que nació prematuramente se duele de mí esta jornada.
Hieren los ojos plenos de indolencia, embriagados de un licor de indiferencia; los pies desnudos que en otras tardes convocarían jaurías desatadas; la ausencia de la luna, de la lluvia; un ocasional saludo tan fantasmagórico como la resaca del abstemio. Hiere el día como si no existiera.
Las hojas secas arrimadas a rotondas y tragantes, ¿de qué dolencia han muerto? ¿El árbol de quién desangró sus anhelos tímidos hasta secarse? Miramos con la palma de la mano partida en mil canales, miramos las florecillas que la brisa manipula y hace aterrizar en la otra acera.
Lastima la curvatura de la calle al alejar transeúntes de jardines, mirones de barrenderos, cafés de árboles. Alguien hace una llamada, expuesta allí para cualquier curioso, pero a nadie le interesa un teléfono en público, una mesera, un músico itinerante, la niña y su caja con gomas de mascar. Hoy ni el rojo enciende brasas; ni siquiera el clima es definido.
Duelen las noticias en pantalla y emisiones radiofónicas. Pasan los años: nos percatamos de que mientras avanzamos cronológicamente, más retrocedemos kairológicamente. Siempre supimos que el progreso era una ilusión, pero quisimos creer en ella. Nos apresuramos al final, al punto donde el tiempo se morderá la cola y quién sabe si el mundo inciará de nuevo.
Duele este cúmulo de heridas abiertas que pasean sin consuelo; pústulas en toda historia utópica, historias que susurran en los huecos entre persona y persona. Qué dolorosas las ruinas apiladas sobre ruinas. La desesperanza que se adhiere a los rostros de los desventurados, la insatisfacción plástica en la cara de los más afortunados—suerte mentirosa que heredamos de la Historia Universal.
Sobran versos mas qué importa.
Faltan llagas y a quién le importa.
Duele el ojo. Me duelo de todas y cada una de las miradas que no derivan en otra cosa, en esta tarde, tan igual a otras, en que algo falta y no es el sol; en que algo falta —o sobra— en esta tarde, en este mundo. Sobra el mundo.
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