Siduri, o Retrato de una silla
(versos de Francisco Segovia e ilustraciones de Marcos Límenes)

Por: Adrián Muñoz
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La colección Asterisco, de Bonilla Artigas Editores, publicó en 2026 el más reciente libro de poesía de Francisco Segovia. Se trata de un formato vistoso. Aunque no es un tomo voluminoso, tampoco es un libro de bolsillo. Es un poemario para leerse con calma, sentado, a fin de apreciar a fondo las magias de esta obra en verso. Además, vale la pena señalar que no se trata de una colección de poemas más o menos independientes (como en Escenario, su anterior poemario publicado en la colección BonArt), sino de un obra de largo aliento divida en sesenta y ocho secciones o poemas. Éstos, a su vez, están organizados en cuatro partes: El salvaje, Los monstruos, El viaje y La tumba. Brindaré aquí algunas notas acerca de este libro, sin pretender que sea una reseña exhaustiva.
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La unidad de esta empresa poética depende de una de las obsesiones de larga data de Francisco Segovia: la antigua saga mesopotámica de Gilgamesh, rey de Uruk, ciudad sumeria asentada a orillas del río Éufrates. De hecho, hace muy poco Segovia se encargó de editar una antología de obras de Mesopotamia, traducidas todas por Jorge Silva Castillo (y editada por el propio Sergovia). Allí también se incluye la Epopeya de Gilgamesh.
Las poemas épicos de Homero se vuelven a contar en texto y pantalla una y otra vez, a veces con más fortuna que otras. Pero, en el fondo, se trata de historias que siguen inspirando. La de Gilgamesh es más antigua y no menos inspiradora. Trata de la amistad, el amor, la pérdida, el dolor y la búsqueda, todos temas universales. En general, podemos coincidir en que una gran adaptación suele depender de una buena reinterpretación (una “mala lectura”, como diría Harold Bloom) en que un autor se vale de material preexistente para llevarlo a otro lugar. Un mero copiado no es necesariamente el acto más creativo (aunque me viene a la cabeza el Quijote de Pierre Menard de Borges).
Siduri de Francisco Segovia es una relaboración creativa y afortunada de la saga de Gilgamesh. Pido aquí la venia de los lectores y lectoras: no haré un resumen de la antigua epopeya; sólo haré referencia a algunos episodios, esperando que esto anime el acercamiento tanto al poema babilonio como a la versión de Francisco Segovia.
La obra de Segovia se centra en una tabernera, de nombre Siduri, un personaje relativamente menor en la historia original de Gilgamesh. En las versiones más viejas de la saga, ella carece de nombre; en las posteriores, su nombre ya figura más en un solo verso. Siduri es un personaje liminal, casi fantasmal: una mujer que vende cerveza, aposentada en una taberna en los confines del mundo, a orillas del mar; es una cantinera que ofrece consejo al héroe de la epopeya sumeria, héroe que está atormentado por la muerte de su amigo Enkidú. Por esta razón, Gilgamesh busca el secreto de la inmortalidad.
Segovia recobra ese personaje femenino y le otorga un rol protagónico. Ahora, a través de ella, el oyente (o el lector o el espectador) aprenderá de nuevo la inmortal historia de cómo el rey de Uruk cruzó el mundo y el océano de la muerte en busca del secreto de la vida y de la muerte. Con una taberna como escenografía, Siduri nos invita a tomar asiento en una silla para escuchar esta inmortal aventura.
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En Siduri hallamos los sellos típicos de los probados talentos literarios de Segovia: la versificación pulcra y sonora, y la fineza de la observación. Baste citar algunos versos destacados para dar fe de esto. En el poema (5) que enaltece el rol de monarca, se dice: “El rey es el hueso del dátil … la punta fija del compás … la vocal que sostiene la sílaba … el que hace pie en el fondo”. Las palabars dan al clavo sin ser una descripción banal o una alabanza superflua del peso del rey para un pueblo. Muy refinada es esa mirada que reconoce y nos hace ver “la hojas de lechuga que se abrazan / y se abrazan entre sí” (2). Del mismo modo, cuando más adelante los dioses crean a Enkidú (poema 8), se cuenta que “De légamo limo y lodo fue formado el rival del rey”. Es de una elegancia fonética envidiable.
Otras afortunadas construcciones verbales son cuando Enkidú conoce el amor de una mujer (“Dulce es el sueño de la mano en la mano”; 13), la potente alabanza o terrible letanía al rey (“el rey nuestra condena / para él están abiertas / todas nuestras puertas”; 17) o los conmovedores consejos que Gilgamesh da a Enkidú para transitar el reino de los muertos (“no bebas agua clara / que en el infierno mascan sólo polvo”; 41). En general, todo Siduri tiene un ritmo hipnótico que reproduce el trance desde el cual la tabernera, de pie y apoyando sus manos en el respaldo de la silla, nos susurra al oído.
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Siduri tiene como actores principales a Siduri misma y a Gilgamesh. Enkidú, el otro protagonista de la historia, es un pedazo de carne venido directamente del cielo. Fue creado para hacer contrapeso al rey de Uruk.
Si Lucifer cayó del cielo a la tierra como una estrella en picada (un motivo usado por John Milton en El paraíso perdido, y por William Blake en su poema Milton —dos “malas lecturas”—), este hombre del que habla Siduri cayó como un trozo de cielo, “como un mojón de lodo”; “sin ombligo” (es decir, sin parentela, pues no fue parido); nació rupestre, montaraz; incivilizado. Acaso la primera magia de su historia en la tierra es que el amor por una mujer (Shámhat) lo vuelve civilizado. El camino de lo salvaje a lo social pasa por el amor. En consecuencia, de comer en cualquier escampado la carne cruda de las bestias que cazaba, Enkidú pasa a comer el pan sobre una mesa. De sorber leche directamente de las ubres de las cabras, prueba el dulzor amargo de la otra magia del trigo y la cebada: la cerveza. Amor carnal, pan y cerveza: la ruta hacia la vida civilizada; el eje que ordena el mundo social. Embriagado de bienestar y bebida, Enkidú entona melodías de forma espontánea. Es una dicha pura que hace brotar (¡una magia más!) el canto, o sea la poesía.
De ser un salvaje inhumano pasará a convertirse en humano protector. Enkidú, el otrora onagro u ogro, buscará frenar la bestia tiranía del rey Gilgamesh: porque, si bien el pueblo ha reverenciado a su gobernante, también le teme, pues él se adjudica todo lo que le place y ejerce su funesto derecho de pernada. El ahora domesticado Enkidú hará frente a Gilgamesh, el rey, y lo suavizará. Así como el amor carnal domestica, ahora una pelea cuerpo a cuerpo fundará amistades. Es un curioso juego de espejos. Gemelos improbables pero vaticinados, habrán de convertirse en dupla de amigos entrañables.
Hasta que la muerte llega. Enkidú se va al reino de las sombras y con ello Gilgamesh se sume en un dolor agudo. Decide buscar, pues, a Utanapíshtim, la única persona que conoce la inmortalidad y la cual disfruta en compañía de su esposa, lejos, en los márgenes del mundo, al otro extremo del océano. En ese viaje, Gilgamesh recorre el camino inverso de Enkidú: va de lo doméstico a la intemperie, de lo cocido a lo crudo, de lo pulcro a lo rupestre.
Uno de los puntos más altos de Siduri, creo, es el poema 44; es, también, uno de los más largos. Allí se canta el profundo dolor que experimenta Gilgamesh: “El dolor corrompe gangrena pudre”. Ese sentimiento —expresa el poema— es inexorable: “porque detrás de la alegría puede haber tristeza / pero detrás del dolor sólo hay dolor / y debajo del dolor sólo hay dolor/ monolítico y unánime dolor”. Con todo y esta pesada carga, Gilgamesh continúa su camino en busca del secreto de la inmortalidad. Pero le advierten: “Sólo un loco no sabe / que dura poco la vida (55). Gilgamesh no hace caso.
Enkidú no habrá de salir más del infierno, ni Gilgamesh habrá de alcanzar la vida ilimitada que busca. Cuando la sombra cae, no hay luz ya que la disipe. Si bien el poema nos habla del infierno, vale la pena considerar que, en la Epopeya de Gilgamesh y en Siduri, no se trata de un inframundo poblado de demonios, sino de un abismo negro adonde se exilian los difuntos; es el Sheol veterotestamentario, el Valle de la Sombra del que hablan los Salmos. No olvidemos que las semillas de la poesía bíblica estaban ya en la literatura sumeria y mesopotámica, como la historia del diluvio (Utanapíshtim fue el primer Noé).
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Unas palabras más antes de cerrar esta reseña.
El gran formato de esta publicación (en comparación con la colección BonArt) se justifica por las ilustraciones que acompañan al texto. Surgidas de la mente (o del ojo) de Marcos Límenes, un poco más de una docena de imágenes se van intercalando con las secciones del poema. Pero hay algo que destacar al respecto: más que ilustrar cosas que suceden o se narran, en su mayoría los diseños nos muestran diversas tomas o cortes de una misma escena. O mejor dicho: de un escenario. Las ilustraciones muestran una silla desde diferentes perspectivas, con distintos énfasis y en varios momentos del día. De hecho, tal sería el escenario en que Siduri, la principal voz de este poema, toma asiento para comenzar su romance.
Límenes captura con gracia el transcurso del relato tal y como lo experimenta el sitio en el cual se relata. Sin duda, la motivación de escoger a la silla como motivo gráfico principal viene de los primeros versos. Muy al inicio, la voz poética nos presenta a: “la pobre silla de madera franciscana / hincada al borde de la mesa…”. La silla emula el ruego de quien llega a la taberna para indagar por aquella legendaria historia; petición a la que Siduri responde.
Al respecto, hay algo interesante. El diseño de portada, curiosamente, no recurre a la silla; en su lugar, presenta un juego minimalista de trazos de una casa. Esta construcción es, desde luego, la taberna de Siduri. Ha sido una inteligente y afortunada decisión gráfica: así como la taberna incluye a la silla, Siduri incluye a Gilgamesh, a través de su narración.
El relato es largo (ocupa unas 120 págs.) y, junto al paso de las horas del día, se suceden las ilustraciones de Límenes y transcurren también las palabras de Siduri. Ora sentada, ora de pie, a orillas del mar, arriba en el tejado y de vuelta en la taberna, Siduri rememora la historia de Gilgamesh; todo, a su vez, vuelto a ser cantado por la pluma de Segovia. El golpe de la luz acaricia en distintas partes a la silla, testigo de esta emocionante gesta. Cuando el relato está cerca de concluir, “la silla misma de rodillas sobre el suelo” se arrastra cual peregrino. Es Siduri que la recoloca para tomar asiento una vez más.
La silla, que no habla durante el poema, es tan protagónica como Siduri y nos invita a sentarnos para escuchar también a la tabernera y, a través de ella, los lamentos de Gilgamesh. Porque sus lamentos son el sino de la humanidad entera. Quizá lo más adecuado sería leer Siduri con una cerveza en mano.
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