Re-cuerdo y re-sentimiento: Una Odisea segmentada

Por: Jesús Gómez Morán

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  1. Dos premisas

Hay dos premisas desde las cuales quisiera partir. La primera es que, a título personal, considero La Odisea una obra que, junto con Divina Comedia y el Quijote, han alimentado la inventiva tanto de la literatura como de la cultura occidentales. El detalle estriba en que cada una de ellas forma un ecosistema, es decir, se halla interconectada con una serie de referentes que las alimenta y complementa. Más adelante volveré sobre este punto.

La segunda consiste en que la recreación cinematográfica de Nolan es eso, la Odisea de Nolan (2026). Cada generación infunde sus propios criterios a los relatos que hereda y en este caso, al tratarse de una obra adjudicada a un autor oral colectivo bajo el nombre (fijado a la letra) de Homero en su versión escrita, existe un lapso entre los hechos que narra, acontecidos al final de la edad de Bronce, y el año 800 a.C. cuando data su escritura, ínter en el que cada rapsoda realizó las adecuaciones pertinentes condicionadas por su gusto personal o (especulo) pensando en mejor agradar a su auditorio, y con ello estaríamos volviendo al principio de esta premisa: las adecuaciones realizadas por la versión de Nolan pueden explicarse conforme a cualquiera de estas dos prerrogativas, o quizás por ambas a la vez.

Hasta donde alcanzo a columbrar la tesis central, la hybris que rige el destino de Ulises (aquí sí disiento de la proclividad a llamarle Odiseo, ya que justo su perfil prosopopéyico lo distancia del patrón de los héroes clásicos Perseo, Teseo, Peleo e incluso su hijo Aquiles, como después veremos) y su tripulación consiste en poner de relieve su evolución psicológica y la moraleja de las consecuencias que entraña cada una de las acciones que van desencadenando. Y no podía ser de otra forma: en el memorable cuento de Borges, “Los dos reyes y los dos laberintos”, los dos referidos reyes compiten en poner el reto de salir del peor laberinto que pueden imaginar, saliendo vencedor el que somete a su rival al laberinto del desierto. Acaso el que enfrentan Ulises y su expedición quizás lo será aún más, porque deben transitar no solo entre los vericuetos y las contrariedades que el océano les impone sino, más arduo todavía, los enredos y obstáculos de los cuales son objeto por parte de los dioses. Por ende, es claro que el Ulises que sale de ese laberinto marítimo no es el mismo que entró en él (y esto me hace recordar el poema “Ítaca” de Constantino Cavafis).

Eso en la versión homérica, sin embargo en la de Nolan los dioses brillan por su ausencia. Quizás sea una sobreinterpretación de las versiones cinematográficas previas de mitos griegos clásicos (incluidas las producciones  de sobresaliente avance técnico en su momento como fueron la adaptación de Jasón y los argonautas de 1963 y Furia de titanes de 1981), la idea de hacer interactuar a los dioses directamente con los hombres, algo que sí se ve en las adaptaciones Ulysse de 1954 y The Oddissey de 1997 (y al revisar la información para esta columna me sorprendió enterarme que hay una más llamada The return de 2024, protagonizada ni más ni menos que por Ralph Fiennes y Juliette Binoche, misma que aún no he visto). En la propuesta fílmica de Nolan, de las deidades olímpicas únicamente aparece una Atenea muda, a la que al parecer solo Ulises percibe, lo cual me lleva a pensar que quizás sea esa una forma válida de representar dicha relación, que los dioses en realidad se manifestaban como apariciones o como voces dentro de la conciencia. Lo importante es que sus repercusiones se resienten de principio a fin dentro del periplo que sufre nuestro héroe y creo que para el espectador del siglo XXI semejante mise en scène resulta aceptable.

  1. El corte segmentado de una saga

Por todo lo anterior, propongo como más viable un análisis de la película de moda precisamente conforme a las prerrogativas que su director ha planteado. La relación entre nostalgia y memoria es intrínseca, por ello puede ser contradictorio que, en su anhelo de recordar de dónde viene y a dónde iba, el impedimento provenga justo de una Calipso que curiosamente le interroga, luego de ejecutar la función correspondiente en el libro a los lotófagos y a Circe, la hechicera a quien somete y con quien además Ulises tiene un vínculo sexual del que nacerá Telégono (el nacido lejos), el hijo que lo mismo habrá de matarlo que sustituirlo al lado de Penélope, consumando así la hybris que su padre logró contener hasta el final de la narración homérica.

En tanto corte segmentado de dicha obra, la razón de fusionar rasgos de Circe con los de Calipso sería para ubicar con esta última la génesis del relato, el cual dentro del libro se despliega en la corte del rey de los feacios, Alcínoo, y quien, conmovido por su relato, le facilita los medios para depositarlo, inconsciente, en las playas de Ítaca. De ahí en más, como si fuera una continuación de la encarnizada lucha de Troya, la verdadera odisea de Ulises se desenvuelve dentro de su conciencia, de su deseo protagónico que el desenlace de los acontecimientos llevará a reafirmarse a pesar suyo: un afán de protagonismo lo impulsó a identificarse con Polifemo cuando ya casi estaba a salvo de él, a ser el único que se comunica con los muertos o que pueda escuchar el canto de las sirenas. Luego del desastroso paso por la aduana encarnada por Escila y Caribdis, la tripulación exige una toma de decisiones más horizontal y el saberlo no les impidió perecer tal como les fue anunciado, de acuerdo a esa falta de continencia que Circe había puesto de relieve al convertirlos en cerdos, moraleja de un dirigente que no puede contener la insensatez de una masa sometida al imperio de su apetito y ante lo cual, ratificándose el plano protagónico de Ulises, a este ya solo le quedó enfocar sus esfuerzos en recuperar su real investidura en Ítaca.

No recordar parece ser parte del problema, sin embargo hacerlo entraña quizás una consecuencia más grave. El motor que impulsa el retorno de Ulises es recordar todo lo que dejó en su isla extrañada y de ese modo cumple el sentido profundo de la palabra recordar, esto es, volver a pasar por el corazón, pero visto en un plano extenso hay una palabra parecida cuya significación se contrapone y opera como el mecanismo de fondo de la saga homérica entera. Me refiero al resentimiento, volver a sentirse afectado por lo ya acontecido (o, lo que es lo mismo, volverlo a pasar por la bilis): Eris, diosa de la discordia, se resiente de no ser invitada a la boda de Tetis y Peleo, y en venganza lanza su famosa manzana, “para la más bella”, que reclaman Atenea, Hera y Afrodita, y para dirimir quién la merece recurren a Paris, quien elige a Afrodita bajo la promesa de otorgarle a la mujer más bella que existe, la cual a su vez es esposa de Menelao por lo que la rapta y entonces, por resentimiento de Menelao, pero también de Hera y Atenea, se desata la guerra de Troya (dentro de la cual veremos la ira, que no es sino el resentimiento de Aquiles cuando Agamenón le quita a Briseida o cuando Héctor le mata a Patroclo). Y el eslabón que sujeta al resto de los protagonistas dentro de la Odisea es esa misma cualidad de resentimiento que desencadena la ira de Poseidón retardando la vuelta de Ulises por haber enceguecido a Polifemo, y asimismo sustenta la venganza de Clitemnestra matando a Agamenón por el sacrificio que éste hiciera de la hija de ambos, Ifigenia, así como el matricidio con el que Clitemnestra fue ajusticiada por Orestes, en acuerdo con Elektra, hijos ambos de la pareja real (toda una familia disfuncional en forma).

Por último, en contraste hay otra línea de despliegue psicológico que no logra desarrollarse en toda su amplitud en parte debido al mencionado corte segmentado, y en parte por la interconexión con la saga que lo antecede. En el cómic en serie tanto de la Iliada (2018) como de la Odisea (2020) de François Busnel se postula ese perfil al que me refiero. Tetis advierte a su hijo, Aquiles, cuando recibe el llamado de acudir a la expedición rumbo a Troya, que en caso de quedarse será recordado hasta que su descendencia olvide su nombre, pero si decide irse será inmortalizado como el más grande guerrero de los tiempos: el precio a cambio será morir lejos de su patria y sin conocer descendencia. Por eso si alguna omisión lamento de la versión de Nolan es la conversación entre Aquiles y Ulises en el hades. El Pélida de los pies ligeros le aconseja renunciar a la inmortalidad y gozar la extensión de los años que le queden al lado de sus seres queridos y bajo el cielo de su terruño amado. El trasunto es abordado de forma opaca por la propuesta de Nolan, pues en la versión escrita la concesión de Calipso para permitir que Ulises realice el último tramo de su periplo consiste (además de la orden que le transmite Hermes de parte de Zeus para que lo libere) en someterlo a la disyuntiva de quedarse a su lado obteniendo también la inmortalidad o volver a Ítaca para reintegrarse al mundo que dejó 20 años atrás. El estatus en que están ubicados los héroes clásicos griegos es el de semidioses: ante el dilema de convertirse en una especie de divinidad, Ulises prefiere mantenerse en su condición humana con todo lo que ello implica, y así, de acuerdo a su psique, se desmarca de toda la pléyade de héroes que consiguieron la trascendencia por medio de cualidades sobrehumanas.

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