Etiqueta Irene González

Mía

Los dedos finos degollaban a la perfección becerros, gatos, hombres y viejos por igual. Los ponía de cabeza con ayuda de las poleas, los tenía colgados más de lo necesario porque le gustaba verlos llorar, gimotear, especialmente disfrutaba oírlos rezar.

Cadena alimenticia

Matar era su trabajo. Una huevada de trabajo, a decir verdad. Dos pesos menos y ya era caridad. Pero ahí estaba, disfrazado de repartidor de comida, como mil sicarios más. Iba a tocar el timbre, pero la puerta no tenía el cerrojo puesto. Con los siglos se volvían descuidados. Una bala de plata empapada en agua bendita del Expiatorio a la frente de uno, otra al corazón del otro, aunque ése ya estaba más muerto que un perro. De vez en cuando se mataban entre ellos: criaturas milenarias cargan disputas eternas, rencores añejos.