La ciudad de Fernando Castellanos Centurión: un paisaje de la memoria

Por: Mariano Castellanos Arenas
Compartir este texto
Introducción
El 2 de marzo de 2022, realicé una entrevista al artista plástico Fernando Castellanos Centurión (1937) en la que narró, a través de sus pinturas y sus recuerdos, la vida cotidiana de la ciudad de Puebla, los escenarios urbanos y sus actores, desde donde se ha propuesto definir, por una parte, la categoría de “paisaje de la memoria” y, por otra, la biografía del maestro. Cabe destacar que a lo largo de su carrera ha capturado instantes de la cultura popular, de las calles, las plazas y los patios de las vecindades; así como de los edificios civiles y religiosos, que son como los telones de fondo de las actuaciones que le dan sentido y carácter a lo que hoy es considerado el Centro Histórico. El objetivo de este trabajo es develar, a través de la historia personal del artista, la urbe “que ya no existe”, la ciudad que experimentó en su infancia, su juventud y su vida profesional y que hoy, a 70 años de trayectoria, se traza un itinerario en la cartografía de sus recuerdos.
Como ya se ha hecho referencia infinidad de veces, la ciudad de Puebla es resultado de la utópica idea de construir la “ciudad ideal” renacentista, cuyo objetivo era crear un centro de población española sin indios encomendados, que aplicara y difundiera los sistemas políticos, económicos y religiosos europeos, y que sirviera de escala entre la Ciudad de México y el Puerto de Veracruz (E. Castro, 1982). Cabe destacar que existe una amplia bibliográfica sobre la fundación (1531), su traza, su morfología, su historia, su patrimonio edificado, así como sobre las tradiciones y las costumbres de su población. Ante esto, debo aclarar que en este trabajo sólo me limitaré a citar algunos datos urbano e históricos con el propósito de comprender la estructura de la ciudad y, de esta manera, concebir el carácter de la ciudad de Fernando Castellanos.
Antes, es importante resaltar que para fundar la ciudad fue necesario tomar en cuenta el clima, la fertilidad del suelo, la disponibilidad del agua y las comunicaciones: el valle de Cuetlaxcoapan fue el lugar ideal para que se erigiera la urbe. La legislación real fijaba el tamaño y la forma de la plaza central, el ancho y la orientación de las calles, la localización de los edificios públicos y la distribución de las cuadras o manzanas en lotes o solares (Haring, 1995). Las manzanas se diseñaron de forma rectangular, de 100 x 200 varas castellanas (182 x 91 m), subdivididas en ocho solares de 50 x 50 varas cada uno, es decir
2 500 varas cuadradas (2 070 m2) y separadas por calles de 14 varas (13.2 m) de sección (Montero, 2002). La plaza principal y las calles circundantes, como el espacio que concentraba el poder religioso, civil, y financiero, configuró la primera estructura donde se estableció no sólo el centro urbano, sino también el “punto ordenador” de una red de espacios y conexiones: de los ríos, las plazas, los templos, los conventos y los colegios; así como los edificios civiles y las viviendas, que a su vez conformaron barrios, además de los barrios indígenas en la periferia (Montero, 2002).
Desde su fundación hasta nuestros días, la ciudad ha pasado por diferentes fases en su evolución urbano-arquitectónica. La primera fase es la colonial (siglos xvi-xix) como el punto de partida; la segunda, la belle époque (siglo xix), considerada como la transición hacia la ciudad moderna; la tercera es la nacionalista o porfirista (siglos xix-xx),
que modificó radicalmente el modelo colonial y sentó las bases para la construcción de la metrópoli de centro-periferia. Ésta fue una fase llena de grandes obras que configuró la ciudad de la modernidad. La cuarta es la de renovación urbana (siglo xx), que ha puesto
un especial énfasis en el Centro Histórico (con 391 manzanas y 2 619 monumentos históricos) y, finalmente, la quinta y última fase es la contemporánea, la de la “utopía y la realidad” que busca ir más allá de la modernidad hacia la idea de “ciudad mundial”, para cumplir con todas las exigencias sociales, culturales, ambientales, turísticas y del mercado
(Montero, 2002).
Ahora bien, la biografía de Fernando Castellanos se sitúa en esta ciudad. Inicia en un momento en el que el espacio urbano había pasado por una gran transformación, por un proceso de industrialización que el régimen del porfiriato (1876-1910) alentó con fuerza. Durante este período y hasta la década de 1930, Puebla concentró el 30 % de toda la producción textil del país (Estrada, 1997). Es decir, la urbe fue lo que Gideo Sjober denominó como “ciudad industrial” (1988) con una “sociedad industrial” como la llamó por su parte Richard Morse (1973). Después de la Revolución mexicana la vida de la sociedad experimentó una violenta sacudida, que generó una nueva identidad en
todo el país y en Puebla, y se da un giro en la dinámica económica, cultural e intelectual. A partir de este momento, el crecimiento urbano y demográfico no ha cesado y hoy podemos hablar de una fase más en la evolución urbano-arquitectónica: la metropolitana.
Ésta es la ciudad donde el artista nació, estudió y en la que aún trabaja, siempre atento a los detalles de la vida urbana, captando las perspectivas del paisaje urbano, de sus actores y sus historias, logrando originales interpretaciones de la cultura popular, sobre todo en sus trabajos de las últimas dos décadas, en los que muestra sus recuerdos. Cabe destacar
que el maestro Castellanos ha recorrido diferentes estilos y corrientes artísticas como el realismo, el surrealismo, el arte abstracto, así como diversas técnicas, entre ellas, el grabado, el óleo, el acrílico, la acuarela. Ha experimentado con un sinnúmero de temas, de materiales y ha incursionado también en la ilustración y la escultura, pero aquí sólo nos
enfocaremos en la obra costumbrista y su relación con la ciudad.
Finalmente, he de decir que este capítulo está formado por dos apartados y una conclusión. El primero es una semblanza del maestro Castellanos, que trata los momentos de su vida que marcaron el rumbo de su andar por la ciudad. El segundo está construido por fragmentos de la entrevista, en los que él nos describe su obra que, por ser tan extensa y aquí con tan poco espacio, se hace una pequeña muestra, la que consideramos
nos ayudará a conocer parte de la vida en la ciudad y a construir ese itinerario de los recuerdos. Todo ello, ilustrado con algunas imágenes que el artista eligió para este trabajo. Al final se hace una reflexión sobre la ciudad, la obra y el paisaje de la memoria.
Paisajes patrimoniales: filosofía, estética y arte, editado por Bonilla Artigas fue coordinado por Mariano Castellanos y lo puedes comprar aquí
Te recomendamos:
Fabulosas imposturas de Fabienne Bradu
Adolfo Castañón
