Cómo escribí algunos de mis sonetos (IX)

Ya se veían venir, desde ese primero intento, la fina ironía (dicho con fina ironía) y el diálogo informal con la tradición poética que le daría ese sabor tan suyo a algunas de mis composiciones.

Ya se veían venir, desde ese primero intento, la fina ironía (dicho con fina ironía) y el diálogo informal con la tradición poética que le daría ese sabor tan suyo a algunas de mis composiciones.

En El descastado se expone la pérdida de pertenencia a cualquier casta con la adquisición, a cambio, de nuevas posibilidades que amplíen el mundo en derredor. Lo que parece negativo se convierte en una perspectiva diferente y en la necesidad de transmitir el devenir humano.

Uno de los rasgos más significativos del poema es su reescritura. Paz introduce cambios a versiones anteriores sin alterar el tejido sonoro ni los núcleos temáticos esenciales —la infancia, la memoria, el origen—, lo que revela una ética del precedente

José fue librero y durante una época en que trabajó en la hoy extinta librería El Juglar en la colonia Guadalupe Inn, solía pasar en las mañanas a platicar con él, pues yo iba a la escuela en la tarde

El mal poema a veces no es lo que parece. Y es que, visto desde una perspectiva que no es, idiosincráticamente, la nuestra (la mía), bien puede abrir perspectivas inéditas.

Y están los poemas malos. Pensemos en esos libritos primerizos, delgaditos, baratones, tristes de tan humildes. Dejemos de lado la portada, con su ilustración entre insípida e insignificante.

La tercera se refiere al anonimato de los censores, inapelables e inalcanzables. Nadie sabe quiénes son, de quiénes dependen, cuáles los criterios o normas por que se rigen (salvo el ambiguo y extendible a voluntad de lo ‘subversivo’ para las instituciones establecidas).

Sea de ello lo que fuere, mi soneto pretende ser un humilde homenaje a la maestría de Lope. Siendo apenas el segundo que escribí, el título quería dejar en claro que no había de mi parte ninguna pretensión o arrogancia:

Así como el poema implica míticamente un olvido, la mirada de Elvira nos deja olvidar para poder recordar un mundo lúdico, que también –con esa misma emoción– se siente en la pintura minoico micénica, donde la luz y la intensidad del color simulan que la vida es un juego.

Sonetizar, entonces, es darle forma de soneto a esta relación estética con el mundo. De
ahí tanta composición mía que explora lo aparentemente trillado, insignificante o instrumental.