Estupidez ilustrada

Por: Luis Alberto Ayala Blanco
Compartir este texto:
¿Cómo escapar de la estupidez? Tal vez éste sea el gran tema de todos los tiempos. La pregunta por el Ser es una simpleza –si no estuviéramos vivos, el silencio sería nuestro único reino… El suicidio es un sinsentido, ya que la angustia por la vida es su primera y máxima afirmación… La estupidez, en cambio, adopta el rostro del Ser, mientras que la muerte es un simple espejismo. ¡Bendita estulticia llamada existencia! Pero si la muerte no es la solución, un estado capaz de ahuyentar la estupidez, ¿qué nos queda? Nada. Simplemente afirmarnos en los coloridos parajes de la imbecilidad. Y eso es una tarea de toda la vida… de todas las vidas. Sólo de pensarlo me siento agotado. Es curioso cómo la certeza de nuestra propia finitud hace que padezcamos nuestro efímero tiempo como una eternidad, y toda eternidad está maldita, cual gamborimbo atascado en la voluntad divina. Incluso los dioses padecen este tiempo interminable, aunque finito. Ciertos mitos dan cuenta de ello. Cristo, el ungido, fue dios, fue el deseo de Dios, el deseo irresistible que tuvo de morir, por eso murió por todos los hombres, eso dicen, aunque más bien parece que el muy ingenuo cayó en la trampa de la finitud, pensó que más allá de la conciencia, de la pléyade multicolor que proyectaba su propio anhelo, estaba el silencio, ¡pero no!, porque la finitud, el estado mortal, es un eco de la eternidad, su doble, su carne, su esperanza, su conciencia del ahora aherrojada por la expectativa del fin, del límite… pobre Dios, se hizo hombre, y así canceló cualquier posibilidad de escapar del maldito tiempo. Nadie se salva del poder de la estupidez. Ni siquiera Dios. Mucho menos nosotros, pobres reflejos de lo innombrable –o para darle gusto también a los enfermos de modernidad–, hijos idiotas de nosotros mismos; aunque ser idiota, si respetamos su etimología, no es algo tan malo hoy en día; de hecho, es uno de los pocos estados en que podemos continuar con nuestra estupidez sin desbarrar demasiado.
Y por fin entramos de lleno, o más bien regresamos, al lugar de donde partimos. Es imposible no estar bajo la égida de la estulticia. Pero, ¿acaso eso niega la existencia de distintos grados de estupidez, o distintos tipos? Yo, por lo menos, tengo muy claro que hay una cierta estupidez infinitamente más atroz y superior a todas las demás: la estupidez ilustrada, convencida de su ausencia total de estupidez, y empecinada en demostrarlo a toda costa. El mundo pseudointelectual, ilustrado, enfermo de democracia, que se expande como el cáncer, es el ejemplo más nítido en estos días, días de participación ciudadana, de conciencia cívica, de elecciones. Entonces emerge como un reclamo universal la estupidez que cree combatir la estupidez, la estupidez política empecinada en exigir nuestro consentimiento en la elección del grupo de imbéciles que nos gobernará los próximos seis años. Y la gente se cree inteligente por participar en su propia perdición. Incluso nos bombardearon hasta no dar más con su desagradable letanía: si no votas mejor cállate. Me imagino que lo que quieren decir es que “sólo la gente ignorante no se da cuenta de que gracias a la elección de nuestros futuros representantes podemos decidir nuestros destinos”. Y es aquí donde ya no sé si son realmente ingenuos, o más bien la necesidad de querer creer que no son una sarta de simples patiños, los arroja a esta candorosa estolidez ilustrada. La gente vota, precisamente, por ignorante y pusilánime. Con su voto acaban legitimando la mierda que padecen y critican sistemáticamente. Sin embargo, necesitan consentir en la farsa, de otro modo, la conciencia de su impotencia los arrojaría frente a sí mismos y su insignificancia, y eso es algo que difícilmente soportan. La política es magia pura, inevitable, la piel que nos protege de nuestra inseguridad; pero de ahí a pensarla como el espacio donde la gente se pone de acuerdo para convivir fraternalmente, hay un abismo. La estupidez radica en esgrimir, desde una supuesta atalaya de la verdad, cómo deben ser las cosas. Esa atalaya ha sido asaltada por los estúpidos entusiastas, gente ofuscada: piensan que adherirse a un discurso de supuesta inteligencia los hará mejores personas, y más si se abocan a reconvenir a todos aquellos ajenos a su visión. La cultura no hace más inteligente a nadie, como creen esos pobres que les critican a los otros su poca participación política. Ahora se comenta que los propios legisladores quieren instituir una ley que sancione a los abstemios del voto. Si no comulgas con la bobería reinante, automáticamente te conviertes en un paria. Esto suena idéntico a todo lo que ellos tanto critican de los regímenes totalitarios, sólo que sin su carácter afirmativo: una cosa es te someto porque sí, y si no te gusta regresamos al estado de naturaleza y a ver quién resulta vencedor… y otra sométete tú mismo, es decir, vota por mí, así yo te someto por tu propio bien. ¿No será que la democracia, como bien explicó Cioran, es un semillero de tiranuelos de clóset? Más bien, ¿no será que la estupidez radica esencialmente en pensar que no se es estúpido? Siempre he creído que la inteligencia consiste en reconocer la propia estupidez. Por eso, a todos aquellos que esputaron su consigna, si no votas cállate, sólo me queda decirles, uniéndome a su cruzada: si no sabes cállate, y deja de decir tonterías del tipo: si no votas cállate. ¿Quieren saber dónde habita la inteligencia y, sobre todo, el compromiso con uno mismo y con la sociedad?
ShhhhhhhhhhhhShhhhhhhhhhhhhh.
Este texto es parte y da nombre al libro Estupidez ilustrada cuya segunda edición fue publicado en 2025




