Cómo escribí algunos de mis sonetos (XVI)

Por: Dan Russek

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He dedicado algunos sonetos a la pintura. El arte llama al arte, y en el clásico vínculo entre poesía y pintura, me hallo menos describiendo, al modo ecfrástico, lo que el cuadro muestra, y más deduciendo, a partir de lo que se muestra, lo que ha movido al pintor a realizar su obra. Licencia poética que empleo para especular a mi gusto. Es el caso de una de las obras icónicas del arte occidental: El Jardín de las delicias (1490-1500) de Jerónimo Bosco (o Jheronimus van Aken, 1450-1516)

Alguna vez soñé con estar frente a ese gran tríptico –más allá de las siempre pequeñas, cuando no mezquinas, reproducciones– en una cercanía que prometería una como reverente intimidad con el cuadro. Soñaba poder contemplar a solas, a mis anchas, según mis tiempos, el portentoso espectáculo que ofrecía. Pararme a cierta distancia para considerar el conjunto, y luego acercarme a los paneles para dedicar largos minutos a la contemplación y análisis de sus figuras y su trasfondo, de las peculiaridades de su iconografía y la armonía de sus elementos, de su (llamémosle) mensaje… Sucedió que tuve la oportunidad de viajar a Madrid y visitar El Museo del Prado. Mi sueño, como suele pasar con los sueños, se hizo realidad sólo muy parcialmente. En una sala dedicada a las pinturas del Bosco, uno de los sitios de privilegio del recinto, se agolpaba la gente, sabedora siempre de lo que es un icono cultural alrededor del cual vale la pena agolparse. Los grupúsculos no alcanzaban las dimensiones de los que logra la Mona Lisa en el Louvre, pero eran considerables, suficientemente nutridos como para impedir mi plan de enfrentarme, mano a mano, sin distracciones, con el gran óleo. A veces comandados por un guía con un micrófono que permitía enviar las explicaciones pertinentes directamente al auricular empotrado en el oído de los espectadores, el variopinto conjunto de espectadores impedía acercarse mucho, o por mucho tiempo, al cuadro. Supongo que habría que insistir horas o incluso días, hasta lograr compenetrarse de la pintura, y a fuerza de concentración, alcanzar la debida epifanía estética… Hice lo que pude, sin convertirme yo mismo en un estorbo para los demás espectadores: colocarme en primera fila, ver pausadamente los sucedidos de la pintura y su inquietante mundo. Sobre todo el tercer panel, objeto de mi soneto. Esa sección retrata el infierno como un paisaje que hierve de fantástico horror y donde imperan penalidades de todo tipo:

Salida no hallarás de esta celada.

A las estrellas la Humanidad clama

cuando el dolor consolida su drama.

Mira en detalle la extensión helada:

cómo se alarma, puntual, asediada

entre amenazas, cómo un panorama

de pavorosas violencias se inflama

en la hora de la víctima agraviada…

Una verdad angustiosa crepita

en el retrato sublime y homicida.

En el delirio que el pintor habita

alza el vuelo una mente pervertida

que en un oscuro espejo regurgita

la crueldad implacable de la vida.

La rima consonante en los cuartetos hace eco de la rima asonante, otorgándole a la composición una decidida insistencia, que a su vez hace eco, acaso, de las múltiples torturas que presenta el panel.

En su libro A la pintura: poema del color y la linea (1948), Rafael Alberti dedicó un poema al Bosco. Elabora ahí lo que soñaba hacer yo frente al cuadro: un catálogo poético, fiel a su manera, de sus elementos gráficos. Hacía el final del poema, da cuenta del dolor – ese milagro atroz, según lo llama Borges – que insufla en las criaturas su espíritu malsano.

El beleño,
el sueño,
el impuro,
oscuro,
seguro,
botín,
el llanto,
el espanto
y el diente
crujiente
sin
fin.

En los tercetos de mi soneto, paso de lo visto en el cuadro a la motivación del artista que lo ha pintado. Reconozco el salto abusivo que implica tal proceder, como si la pintura fuera una suerte de espejo de la persona, o de su mente, de un aspecto pervertido de su mente. A manera de conclusión, en el soneto hago del artista un loco, uno que escenifica en un paisaje apocalíptico, lo que tiene la vida, en este mundo nuestro, de más cruel, irracional y espantoso. No se trata, sobra decir, de reducir el arte a un síntoma, sino sugerir lo insondable de sus fuentes.

Lo que habrá querido decir o hacer el Bosco ha sido debatido largamente por los críticos. Ciertamente el pintor neerlandés no era un mero loco, en la medida en que todo indica que era un respetable miembro de su comunidad. Tan no era loco (o no de modo palmario) que el carácter moralizante de su pintura se echa de ver en su cuadro “La extracción de la piedra de la locura”, también en El Prado, sátira contra los charlatanes que se aprovechan de la credulidad de los pacientes prometiéndoles curarlos de sus males mentales. En suma, el cometido de sus cuadros, o de aquellos que se le atribuyen, corresponde al talante moral que se esperaba de un católico cabal. Su imaginería extravagante responde a un universo cultural, a caballo entre el final del Medioevo y el Renacimiento, que nos es ajeno. A cuatrocientos años de distancia, que aún no sepamos a ciencia cierta qué quiso decir o hacer, es un enigma que de algún modo incrementa el interés por su obra, en la medida en que lo ambiguo se vuelve un aliciente al acto siempre perfectible de la interpretación. No hay porque asumir que la situación pesadillesca que retrata el Bosco sea producto de presuntos delirios que lo obsedían. De ahí, repito, que la interpretación que ofrezco en mi soneto sea algo arbitraria. A la vez, mi poema no pretende ofrecer un breve estudio psicológico, sino sugerir las fuerzas insondables que, habitando a mi pintor imaginado, pudieron haberlo motivado. La hipótesis de la locura, aun en su facilidad, no me disgusta, en cuanto que, acaso, hay, a fin de cuenta, algo perturbado en el regodeo en el horror, en la fantasía alucinada y en el detalle (sobra decirlo: maniático) con que el pintor ha recreado su Infierno, tremebundo espejo del dolor de este mundo.

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