Musarañas 48

Por: Francisco Segovia

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OFRECER LO DADO : UNA VIEJA POLÍTICA

¿Cómo se las ingenian los políticos para ganar las elecciones prometiéndonos cosas que en teoría ya teníamos? ¿No éramos ya libres, iguales y fraternos? Tal parece que no, que esas cosas son puras habladurías —por más que las naciones se digan fundadas en ellas. Esto explicaría por qué a nuestros candidatos la Constitución les parece poco más que una lista de artículos en oferta. ¿La Constitución dice que todos tenemos derecho a la educación? ¡Buena idea! ¡Ofrezcamos educación para todos! En estas elecciones y en las del próximo sexenio.

            Las cosas siempre han sido más o menos así, es verdad, pero el neoliberalismo les ha añadido su toque mágico: ¡Vendamos la educación universal! ¡Vendámosles la educación universal, la igualdad, la fraternidad! Pero para eso, claro, primero hay que privatizarla; si no, no nos dejaríamos guiar por las sacrosantas leyes del mercado, que son la única aspiración realista…

            Y lo mismo con lo demás —vendamos la seguridad social, el petróleo, etc.—, pero no todo lo demás. El derecho al voto, por ejemplo, no lo vendemos, lo regalamos, como regalamos las tarjetas de crédito. Porque el voto es lo único que de veras acredita al ciudadano (le da crédito) como comprador de los artículos que le vendemos…

            Que los políticos pongan en reventa los artículos de la Constitución significa, desde luego, que esos artículos son letra muerta, y que al vendérnoslos nos estafan. ¿Estamos entonces como en tiempos de don Porfirio? Sí. Vista de este modo, nuestra democracia no pasa de ser una enorme tienda de raya. Pero hay algo más grave: falseando la promesa, los políticos pervierten el lenguaje.

LA DESCONFIANZA BUROCRÁTICA

La burocracia se alimenta de complicación y desconfianza, cosas que a su vez se alimentan entre sí, haciéndose crecer la una a la otra. Por desconfianza en sus ciudadanos, por ineficiencia o mala fe, un gobierno burocrático le complica las cosas a la gente, le hace difícil estar en regla. Los ciudadanos que no pueden o no quieren cumplir con todos los requisitos, hacer las colas o sufrir las groserías o la indolencia de los funcionarios, acuden a toda suerte de intermediarios —esa especie de burócratas de segunda fila que median “por la libre” entre el burócrata de ventanilla y el ciudadano común—, quienes normalmente realizan sus oficios mediante sobornos y corruptelas. Tinterillos, coyotes y gestores de toda laya son comparsas obligadas de toda buena oficina burocrática. Son intermediarios en un proceso de soborno y corrupción. Porque uno no da la mordida cínicamente en la ventanilla, no. Pero no importa. El caso es que, por una módica suma, el funcionario en cuyas manos está el ciudadano confía de pronto en él, en los documentos que presenta y hasta en “su dicho”. Consecuentemente, acelera para él los engorrosos trámites. Viendo que éstos pueden hacerse así, tan expedita y fácilmente, los otros funcionarios, los jefes de éstos (desde jefes de departamento hasta secretarios de Estado) sospechan que la cosas se hacen así siempre y, dándose aires de pureza, suponen que los testimonios y documentos en que se basan los trámites siempre son chuecos. Para evitarlo, crean entonces nuevos requisitos, nuevas complicaciones, nuevos motivos para el soborno y la corrupción. Así, una simple declaración ante el ministerio público debe ahora no sólo ir por escrito sino además llevar un sello que la certifique. Pero no se crea que es un segundo funcionario quien certifica con su sello las palabras del primero, no, pues las certifica él mismo. Uno ha recogido de él el documento, pero, así nomás, no sirve. Tiene entonces que ir a otra oficina y pagar por un sello de certificación. Vuelve entonces con el primer funcionario, que estampa su propio sello en el escrito: “Sí, señor, lo que le había yo escrito a usted en este papel es verdad, y aquí se lo reitero”. Es incomprensible. Si el ciudadano daba por válido el escrito desde que el funcionario lo expidió ¿para qué quiere que se lo reitere? Ah, es que no es ante él mismo ante quien reitera su veracidad sino ante los ojos ausentes pero vigilantes de su jefe. Así es la burocracia… Dándoselas de honrado, el gobierno exige ahora esa reiteración a sus propios funcionarios. De este modo muestra que no sólo desconfía de los ciudadanos comunes sino también de su propia burocracia. Y esto, claro, alimenta a la burocracia a expensas de los ciudadanos.

Los rusos que vemos en las novelas del xix no odiaban tanto al zar como a sus funcionarios; tampoco nosotros odiamos tanto al presidente como a su burocracia… Pero, en el fondo, todo esto no muestra sino la desconfianza del gobierno en sus ciudadanos…

            Mientras más ilegítimo sea el gobierno, más burocracia generará. Por eso las dictaduras son siempre burocráticas, ineficientes, corruptas… y se las traen con la ciudadanía…

PARADOJA DE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA

Dice el dicho que la izquierda tiene ideas y la derecha intereses. Esto supone que la derecha no se forma una idea de sí misma, pues no le interesa pensar. Quien reflexiona sobre la derecha es la izquierda. Y, así, lo que la derecha dice de sí misma no es sino un subproducto de lo que piensa de ella la izquierda.

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