La pérdida

Por: Andrea Sánchez
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Dicen que cada quien vive las pérdidas de maneras distintas, que los duelos se experimentan desde lo individual, antes de poder siquiera llegar a hablarse con otros. Que sanar es un proceso… lento…
Sin embargo, la realidad es: que es ambiguo, sin respuesta certera y acompañado de tanta negación y dolor, que muy seguramente, nunca terminaremos de sufrir el duelo de una, cuando otra arrimará y comenzará a abrumarnos, sumándose una trás otra en una montaña de pesar, que poco a poco nos consumirá dentro nosotros mismos, hasta el final de nuestros días.
Nati se levantó tarde esa mañana. No tenía ganas de hacer nada en particular. La última alarma de su celular había dejado de sonar hacía ya un par de horas y ella simplemente se mantenía acostada, abrazando una de sus almohadas y una sudadera gris, mientras miraba por la ventana como el medio día se asomaba con lentitud. Hacía frío, pero no porque el día estuviera nublado, o por que la calefacción estuviera apagada. Era el tipo del frío que la ausencia solía llenar. Ese que se siente en los huesos cuando uno es consciente de que la vida jamás volvería a ser igual, cuando el vacío empieza a consumirnos lentamente desde dentro.
La joven se mantuvo recostada, en la misma pose, hasta que la sensación de su cuerpo entumecido la invitó a levantarse con desgano, acompañado de una actitud taciturna y un suspiro, reflejos de agotamiento y un mal descanso: sus ojos estaban enrojecidos y llorosos, confirmando que la noche había estado invadida por desvelos y lágrimas.
De repente, el silencio fue interrumpido por el celular de Natalia: un número desconocido que empezaba con la fría lada “+52”. Era un contacto local, o al menos dentro de la república mexicana.
-¿Hola?- La indiferencia estaba en la voz humedecida de Nati, quien claramente no estaba de humor para nada, pero parecía forzarse a contestar como si no quedara de otra.
-Buenas tardes, me comunico de Gayosso Avenida Vallarta, respecto al servicio que se llevó a cabo para la señora Antonia Hernández. Ya puede pasar a recoger las actas- La voz amable, pero mecánica de la señorita que atendía del otro lado de la línea hizo que Natalia soltara un suspiro hondo y que se llevara una mano al rostro para peinar sus cabellos rubios hacia atrás.
-Muchas gracias señorita, iré más en la tarde- Se despidió sin formalidad, apenas manteniéndose conectada a la realidad para escuchar si tenía que llevar algún documento adicional al momento de recoger las actas y sencillamente bajó su celular cuando no escuchó más ruido, porque eso era todo lo que ella lograba percibir en ese instante… “ruido”.
El tiempo se volvió una bruma inocua durante algo que pareció imposible de medir, y que a la vez, se sentía como una eternidad, hasta que Nati se levantó de la cama y caminó en dirección al baño con la intención de darse una ducha.
La joven no recordaba bien la última vez que se había aseado debidamente… o quizás… ¿sí?. Lo recordó en cuanto se quitó la parte superior de su pijama y vió la cicatriz en el costado izquierdo de su cuerpo, justo a la altura dónde debería estar su riñón.
Natalia acarició el espejo, como si tocar el reflejo fuera más manejable que tocar su propia piel -Antonia…- Murmuró el nombre con el pesar de un suspiro, antes de pausar en la caricia y alejar su mano del cristal como si este fuese a calentarse en cualquier momento y quemarle cual sartén al rojo vivo.
La realidad pareció volver a su mente en ese segundo: lenta y brumosa, era como si se encontrara nadando dentro de una pecera, una extremadamente pequeña que no le permitía respirar bien, y a la vez, demasiado grande; una que le dejaba moverse de un lugar a otro, pero con extrema dificultad.
Era una prisión personal, silenciosa y dolorosa que no daba oportunidad de respirar, ni de desplazarse de forma apropiada.
Nati continuó con su misión de asearse, con la mecánica de quien hace algo en automático: disociándose hasta terminar, arreglándose después con la ropa más sencilla y cómoda que pudo encontrar, con el único fin de ir por los certificados de defunción de Antonia.
Ya estaba lista… lo más lista que se podía en su estado actual: su cabello rubio, antes bastante descuidado, cepillado y empapado, pero limpio y recogido en una coleta simple. Unos jeans rotos de días de uso y zapatos deportivos, su “mejor opción”, dado que la primera, eran unos “pants” deportivos y holgados que tenían semanas sin lavar y que gritaban metafóricamente “no quiero existir”. Y aunque Natalia estaba tentada a usarlos, logró convencerse de mantener un mínimo de presencia, todavía.
La parte superior fue más sencilla, cualquier blusa que encontró dentro de su armario, (al menos algo limpio), coronado con una sudadera gris, la que estaba sobre su cama y que Natalia había estado abrazando por días desde… “eso”.
La tomó con una suavidad increíble y una calidez que iba más allá de lo reverencial, antes de dar un suspiro hondo y mirar hacia el tocador de su habitación, fijando su mirada zarca en una urna de color azul marino con detalles en dorado que tenía una foto y flores al lado: Antonia.
Un silencio tenso se marcó por unos segundos, mientras Nati se vestía la sudadera y desviaba la mirada de la foto. El marco era simple, pero elegante y resguardaba la imagen de una mujer joven que rondaba la edad de Natalia. Era un retrato cálido, una foto que seguramente tenía un trasfondo muy personal de un evento memorable y no una simple imagen de estudio.
-…Iré… por unos documentos… Tomé prestada tu sudadera- La voz salió quebrada rompiendo la tensión y transformándola en otra emoción más compleja, mientras la mirada de Natalia inevitablemente se tornaba en un océano cristalino de un color complejo de definir. Ella no pudo esperar más: Se dió la vuelta, salió de la habitación dando pocos pasos, con una prisa apenas descubierta, tomó sus llaves con manos frías y temblorosas, antes de continuar con una dolorosa huída fuera de su casa que estaba lejos de sentirse como el hogar que era antes y remató con un suave cerrar de la puerta, seguido del sonoro colocar del cerrojo.
El ritmo en el andar de Natalia que le siguió, del caminar de aquella rubia hacia su auto fue más apresurado, casi como si le faltara el oxígeno, o como si el aire amenazara con aplastar su ser entero a causa del pequeño diálogo que había tenido con la urna de Antonia. Ese acto de “avisarle que saldría” la había roto más de lo que había imaginado.
Y entonces, la exploción: Natalia cerró de un azotón la puerta de su Mercedes justo al instante en que su segundo pie terminó de tocar la alfombrilla del vehículo. Las lágrimas amenazando peligrosamente con brotar -¡ESTÚPIDA!- El grito resonó en la intimidad privada entre los asientos de piel, mientras un golpe con ambas palmas de Nati azotaban el volante con fuerza e impotencia notables, hasta qué logró respirar lo suficiente como para calmarse.
Las lágrimas brotaron por fin sin control, un calor salado y cálido que dolía de manera inexplicablemente fuerte a la altura del corazón y su costado inferior izquierdo, un segundo malestar fantasma, que le provocó llevar su zurda con fuerza sobre la cicatriz, le hizo encorvarse contra el volante y luego dejarse caer sobre el asiento, apoyando la cabeza contra el respaldo: Una respiración… dos… tres…
-¿Por qué tuviste que morirte, Tonia…- Una súplica al cielo, disfrazada de pregunta, casi un murmullo salió de los labios temblorosos de Natalia, mientras sentía como un nudo en su garganta se formaba -¿Es porque mi riñón no sirvió?- La suavidad de su voz se volvió más cruda y dolorosa al tiempo que su mirada regresaba a su hogar, a la puerta cerrada que acababa de cruzar con una prisa despavorida para atrincherarse en su auto con el único fin de desbordarse en soledad -¿Es porque… al final… fue basura?-
Finalmente un sollozo roto, entrecortado y hondo inundó los pulmones de la rubia, quien se enderezó en su asiento, dispuesta a volver a la realidad, forzando más lágrimas a detenerse con un quejido hondo, antes de quebrarse sin retorno por el resto del día.
Natalia pasó ambas manos por su rostro, sintiendo el temblor recorrer cada dedo como si portaran una pequeña descarga de electricidad propia, limpiando las gotas que todavía circulaban por su rostro, con una sensación de autodesprecio apenas disimulada, que sólo fue rota por el sonido del sorber de su naríz y la acción de estirarse para sacar un pañuelo de la guantera y proceder a encender su mercedes. No podía perder más tiempo. Necesitaba ir por los certificados de defunción de Antonia. Necesitaba hacer esto por ella, aunque ya no estuviera más ahí.
La sensación fría del aire acondicionado, acompañada del aroma a flores, tabaco y café, era el eterno ambientador natural de Gayosso. Algo que Nati desconocía si era la esencia particular de la sucursal de Vallarta, o si era una coincidencia que compartían todos los servicios funerarios a causa de la tristeza y que ahí se esforzaban fallidamente por consolar de alguna manera a las personas que tenían una pérdida. Nati no dijo nada al respecto, solo lo pensó y se limitó a caminar a las oficinas en dónde debía recoger los documentos de Antonia, aquella dichosa acta de defunción que se sentía más como un clavo en el corazón y un recordatorio de lo inútil que ella era, más que como un mero acto de burocracia.
El trámite era eso, “un trámite” : firmas, copias, identificaciones y otros cuantos papeles que servían para identificar quién era Natalia Lozano y cuál era su relación con Antonia. ¿Otra vez?, se limitó a respirar hondo, mantener su postura, no dejar salir lágrimas de ningún tipo y continuar con las formalidades, tomando una pequeña menta empaquetada de un tazón, abriéndola y llevándose el dulce a la boca para calmar su malestar, mientras esperaba, sujetando el plástico vacío en una de sus manos echa puño.
-Muy bien señorita Lozano, ya está todo listo- Nati alzó la vista buscando prestar mayor atención -Necesito que firme de recibido para los originales y le haré entrega para terminar el tramite- La voz profesional que se notaba mecánicamente amigable hizo sentir a Natalia incomodidad, sin embargo se esforzó por imitar el gesto ajeno. Nati solo quería irse.
-Le agradezco- Sonrió falsa y con esfuerzo, mirando un enorme libro en el que la señorita le indicaba con una pluma el cuadrante en dónde Nati debía firmar.
Natalia respiró hondo. Se sentía incómoda y aliviada a partes iguales. Ya casi se iría de ese lugar que se sentía falso y depresivo.
Abrió la mano en la que tenía la basura, queriendo dejar de lado el plástico para poder tomar la pluma y firmar. Sin embargo, un detalle extraño la desconcertó: Estaba pegado. El envoltorio estaba pegado a su mano. ¿Qué? “Quizás sobras de la menta o sudor”, la idea cruzó la mente cansada de Nati en un instante, y antes de tomar la pluma, le dedicó una mirada y seña a quien le atendía. Era una petición de “un momento”, llevando después su su mano libre a intentar quitar la envoltura de su palma.
Pero no podía, esta sencillamente no salía, era como si estuviera pegada con pegamento.
-Tsk- Un pequeño chasquido de lengua e incomodidad, seguido de un par de tirones lograron al final solamente romper los excesos de plástico blanco y dejar el resto pegado en su palma, la cual Nati revisó confusa, antes de que el sonido discimulado del “despejar de una garganta”, fuera el indicativo de que todavía se esperaba que ella firmara el trámite.
En ese instante la mirada zarca de Natalia se volvió a alzar y un nuevo malestar se incrustó en su pecho. Lo estaba arruinando de nuevo, como lo hizo con su riñón -Disculpe- Guardó la basura recién retirada en uno de sus bolsillos y con la mano más libre, tomó la pluma y firmó sin agregar nada más.
-Gracias por su tiempo señorita Lozano, lamentamos su pérdida y esperamos su pronta resignación. Estamos para servirle- Se despidió la joven después de que Natalia terminó de firmar y entregó la carpeta con los papeles correspondientes -Puede estar en la sala de espera si lo necesita, estamos a sus órdenes-
Nati miró los papeles, los revisó asegurándose que los datos estuvieran correctos y después se puso de pie -Le agradezco, esto sería todo, tenga bonito día- Y sin más cerró su carpeta y se retiró, saliendo de la sucursal de Gayosso Vallarta sin mucho ánimo, volviendo a su auto, que por suerte había alcanzado espacio en el estacionamiento de la entrada.
Ya los tenía… los papeles. El último pendiente burocrático de Antonia… ¿Y ahora qué?, Nati no sé sentía mejor, de hecho, se sentía peor. Se sentía como basura.
-Uf… hoy no quiero cocinar nada…- Suspiró mirando la carpeta con los papeles de Antonia y dejándolos con cuidado en el asiento del copiloto, tomando después su celular para planear su ruta. Necesitaba lo que fuera, ¿Comida rápida?, ¿Por qué no?, quedaba de paso y se evitaba la glorieta Minerva que estaba llena de tráfico por otra bendita manifestación.
Natalia suspiró, puso el mapa, unas hamburguesas de franquicia comercial sobre Vallarta y si estaba muy lleno al lado estaba un Chedraui que se creía más que media Guadalajara, bien podría bajar y comprar algo rápido o pedir alguna cosa cuando llegara a casa. Se sentía molida y para empeorarlo todo, aún le faltaba revisar el tema de su mano.
La joven rubia dio un suspiro hondo, encendió el auto y después con una calma que no sentía, presionó al sensor de llamada y pronunció el comando: “llamar al Doctor Rivera”, comenzando a escuchar la respuesta estándar del auto y el tono de marcar, mientras se echaba en reversa, hasta que la llamada se contestó:
“Nati, qué gusto escucharte, me tenías preocupado, no he sabido de tí en semanas desde la operación y… luego el velorio. Brenda y yo lo lamentamos mucho”
Por un segundo que Natalia sintió eterno, su garganta se quedó sin voz.
-No… No te preocupes Emilio, es… yo estoy bien… solo…quería consultarte algo-
“¿Consultarme algo?, ¿Estas bien?, ¿Es sobre tus suturas?, la cicatrización se veía bien. No estoy en la ciudad pero puedo dirección arte de urgencias con un expert-”
-No. No es eso- Interrumpió
“¿Entonces?”
Natalia había llegado a un alto, así que sin demora grabó su mano para que viera el problema.
-No creo que sea grave, quizás dermatológico, pero… ¿Podrías darme algo?, o recomendarme a un especialista… ya que… suena a que no puedes darme consulta-
“Um…Puede ser un caso de sudoración excesiva atípico o un eccema, si no te da molestias. Vamos tratándolo como inofensivo y vemos como te sientes. Te mandaré una crema y me dices que tal… Oh y Nat… No te desaparezcas del mundo, eso no le hubiera gustado a Tonia. No fue… tu culpa ¿Lo sabes, verdad?, como doctor te lo digo, los cuerpos, incluso los compatibles, no siempre… aceptan los trasplantes”
El semáforo se puso en verde, Natalia volvió a avanzar, al instante en que otro conductor tocó el claxon de manera violenta a su lado, rodeándola gritando maldiciones molesto.
“¿Natalia?”
-Aquí estoy Emilio, voy manejando, ya tengo que irme-
“Lo entiendo Nat, pero piensa en lo que te di-
Y la llamada acabó. No porque se cortara, si no porque Nati colgó. Ella todavía no podía aceptar la idea de que no había sido su culpa, seguía pensando que su riñón desechable había sido la causa de que Antonia muriera… De que ella misma era basura.
Volver a casa resultó más tardado de lo que Natalia tomó en cuenta. Hablar con Emilio le había afectado lo suficiente como para detenerse en el centro comercial y descargar sus emociones en comprar una despensa entera de comida chatarra. Tranquilidad temporal, que se evaporó al instante en que la foto del medicamento llegó a su celular, seguida de una receta con indicaciones y el mensaje adjunto en la foto “no es antibiótico, cómpralo ya”.
Cuando Nati volvió a su auto, sentía que estaba perdiendo el control, y su parada siguiente para comprar su hamburguesa con papas grandes y una cajita feliz, fue la declaración final de que, en efecto, su cordura había caído en alguna parte junto a su dignidad, quizás a mitad de la Avenida Vallarta, antes de entrar al estacionamiento del Chedrauio selecto, ya no lo sabía.
Para cuando la rubia por fin regresó a su casa, ya era de noche, tenía su medicina, había guardado su ridícula e insalubre despensa y se había ido a tumbar en uno de los sillones de su sala. Tomó un respiro hondo y luego encendió el proyector con la esperanza lánguida y mínima, de que poner algo de ruido, una película, podría ayudarle a calmar el mar revuelto que eran sus emociones… Sin embargo, no funcionó en lo absoluto.
El esfuerzo de conseguir paz, solo logró que la sensación de quiebre se hiciera más grande, al igual que el dolor emocional. Ambos se mezclaron, alimentándose mutuamente, acrecentando la dolencia fantasma que era la cicatriz del costado de Nati, y que ella empezaba a sentir cada vez más punzante a un ritmo vertiginoso que rayaba en lo tortura.
-¡Ah!, ¡No puedo con esto!- La desesperación provocó que se levantara y buscara en su nevera uno de los litros de helado que había comprado. El sabor favorito de Antonia.
Sin perder tiempo, quitó la tapa, se apoyó sobre ella para estirarse y tomar una cuchara, clavándola después en el helado: un bocado… dos… tres… el dolor se había reducido gracias al sabor cremoso que se deshacía en su boca, aunque las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, mientras el extraño “deleite de pay de queso con fresas”, cumplía con su misión.
Nati siguió comiendo, bocado tras bocado al lado de su refrigerador, con una desesperación que sorprendentemente no le generó dolor de cabeza y esa concentración le impidió darse cuenta que la tapa del bote de helado se había quedado pegada en su antebrazo izquierdo a causa de su descuidada ansiedad de antes. No fue sino hasta que una punzada en su sien la forzó a frenar, que al alzar el brazo para tocar su cabeza, la miró: la tapa.
-¿Qué?… Ahg… otra vez…- Un quejido de molestia y el intento de quitarla sin éxito con un ligero tirón, la hizo recordar el incidente con la envoltura de la menta.
Decidió no darle importancia, estando más irritada por lo que quedaba del dolor de cabeza, combinado con el mal día y procedió a llevarse el resto del helado, para comerlo sentada en el sillón, frente del proyector, buscando algo nuevo para ver, mientras tirones a de esa tapa sin éxito al intentar quitarla.
Ahora quería ver, algo que no le generara dolor y que le recordara a Antonia en vez de intentar solo distraerla.
Fue así que los minutos pasarón. Minutos que con lentitud y falsa sutileza se convirtieron en horas y gradualmente en días, acompañando ese tiempo, con un nuevo bocadillo y snack que se unía a Nati literal y metafóricamente a su pequeña “guarida” de autocompasión que crecía conforme ella se iba alimentando de recuerdos, series y películas, del mismo modo que la basura se adhería a ella, sin que pareciera notarlo de manera activa por estar ahogada en su depresión… Ahogándose en el sentimiento de extrañar a Antonia que la consumía por dentro, de sentir que toda ella era basura, porque su riñón lo era por no haber sido rechazado por el cuerpo de Antonia, a pesar de que fueran compatibles.
Ya había pasado una semana, Nati había ignorado como varias cosas se pegaron a ella en ese transcurso de tiempo, algunas incluso ya comenzando apestar y atraer moscas a su alrededor. La tapa del bote de helado o la pequeña envoltura de la menta, habían pasado a ser los menores de sus problemas.
Ahora mismo tenía bolsas de papas, cajas de galletas, cubiertos desechables y empaques de comida rápida cubriendo su cuerpo, como si fuera una afrenta horrenda contra su propia integridad, todo eso cubierto de una manta pesada que se encargaba de que no perdiera “calor”, ocultando además varios kilogramos que había ganado de manera sorprendente y que terminaron por modificar significativamente su apariencia por el sedentarismo.
Cuando la última película que estaba viendo terminó, la primera que había visto con Antonia y que tenía un significado especial, el tomar el control remoto y poner pausa terminó con el aparato pegado a su mano y haciendo que la joven reaccionara por un instante.
La realización la golpeó de manera aterradora, como si se tratara de un marro azotando el concreto: Miró su mano, observó sus piernas e intentó arrancarse sin éxito el control. ¿Estaba rodeada de basura?, ¿Por qué?
Su respiración se aceleró, Natalia se levantó con esfuerzo, caminando hacia su baño en medio de un desastre de basura, ropa sucia, trastes mal acomodado y desorden. Necesitaba la crema, el medicamento para la piel que Emilio le había recetado.
Sin embargo, era tarde, y además, el problema nunca había sido ese.
Natalia untó la crema y la friccionó con fuerza, como si esperara que fuera una esspecie de quitaesmalte, pero solo consiguió que el recipiente empezado se pegara a uno de sus brazos junto con la caja vacía, haciendo que Natalia gimiera en desesperación.
-¡NO!, ¡NO!- Intentó arrancar sin éxito el tubo medio exprimido, antes de mirarse al espejo más cercano: Su rostro estaba espantoso, hinchado, gordo, lleno de granos y con el cabello rubio despeinado. Su cuerpo era un imán glutinoso de basura y desperdicios cubierto por una manta pesada y sudorosa.
Asustada, Natalia corrió a su cuarto, buscando la urna de Antonia. Ella era lo único que le importaba. Sentía sus ojos zarcos llenarse de lágrimas mientras se dejaba caer frente al tocador, las rosas secas pegándose a su piel -Antonia… me estoy volviendo un monstruo- Sollozó dolorosamente -No serví ni para honrar tu memoria- Las lágrimas brotaron sin consuelo, con Nati apenas pudiendo estirar una mano para tocar el marco de la foto de Tonia, sintiendo con terror como este empezaba a pegarse contra sus dedos.
Sus ojos se abrieron de golpe -No, no, no, ¡lo siento!- Susurró apresurada, quitando la mano, en un esfuerzo inútil por evitar llevarse el marco, pero que en su lugar, empujó la pequeña urna y provocó que esta hiciera chocara con su rostro y quedara pegada en un instante que pareció detenerse en el tiempo…
Nati explotó en un frenesí de dolor y gritos, una desesperación tal que provocó que los vecinos llamaran a la policía.
Cuando los oficiales llegaron y pudieron acceder, la casa de Nati era un caos: muebles rotos, trastes lanzados por doquier, comida tirada y la aterradora esencia de la sangre, la suciedad y el descuido acompañadas de la falta de forma de su propia dueña.
Natalia se había esforzado, DEMASIADO, por arrancar de su cuerpo la pequeña urna azul marino con dorado de Antonia. Sufría ante la idea de que ella estuviera condenada a ser categorizada como basura, como inútil por uno más de sus errores. Nati había intentado arrancarse la piel, cortarla con cada cosa que encontró, pero de la misma, de manera que con la basura, esta se volvía a unir a ella, en una plasta amorfa, que mezclaba basura y su propia carne ahora ensangrentada, volviendo cada vez más difícil e imposibles los cortes, sumiéndola en la desesperación y llenando su cuerpo de más desperdicios que la convirtieron en una criatura muy diferente a la chica rubia de ojos zarcos y cabello rubio que era tan solo una semana atrás, cuando fue por los certificados de defunción de su amada Antonia.
Era la imagen de la pérdida y el dolor, que apenas podía moverse, pero lo intentaba, justo cuando la puerta de su casa se abría, mostrando a un policía aterrado por la escena monstruosa, levantando su arma ante la “criatura” que tenía frente a él, solo para escuchar un ruido distorsionado, que nadie estaba seguro de haber escuchado bien, algo que sonaba peligrosamente a la palabra: “Ayúdenme”.
FIN.




