Vivir la ciudad entre obstáculos

Por: Alejandra Trejo Nieto*
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Hoy miles de ciudades parecen, a propósito, poner a prueba a quienes las recorren y las viven. Basta salir a caminar unos minutos para encontrarse con postes en medio de las banquetas, automóviles estacionados donde debería pasar un peatón o una bicicleta, una jardinera enorme, un registro mal colocado, una excavación olvidada, un escalón inesperado, un anuncio, una reja o una motocicleta estacionada. Ninguno de esos objetos parece importante por sí solo. Juntos, sin embargo, cuentan una historia sobre cómo construimos y habitamos nuestras urbes. Los obstáculos son tan comunes que hemos aprendido a convivir con ellos. Caminamos haciendo pequeños rodeos, bajamos a la calle porque la banqueta desaparece (literal o metafóricamente), esperamos a que pase un automóvil para continuar nuestro camino y, casi sin darnos cuenta, incorporamos esas pequeñas dificultades a la rutina diaria. Dejamos de “notarlas” porque aprendemos a esquivarlas. No sólo modifican nuestra manera de movernos, también modifican nuestra manera de experimentar y vivir la ciudad. Lo excepcional termina pareciendo normal. En cierto sentido, esos obstáculos se convierten en un tipo de infraestructura, pues define cómo recorremos nuestros trayectos y es ahí donde transcurre la vida cotidiana.
Lo interesante es que muchos de esos obstáculos no responden, como tal, a una gran decisión de política pública o a la planeación urbana. Pero sí son resultado directo de miles de pequeñas decisiones individuales. Un vecino coloca macetas enormes frente a su casa para impedir que los automóviles se estacionen. Un comercio extiende su mercancía sobre la banqueta para atraer clientes. Un restaurante instala sin permiso mesas al aire libre. Una motocicleta se estaciona “sólo un momento”. Un poste permanece donde fue colocado hace treinta años, aunque hoy interrumpa completamente el paso. Cada decisión parece insignificante vista de manera aislada. El problema es que la ciudad es el lugar donde millones de decisiones privadas producen consecuencias públicas.
Esa acumulación de pequeñas apropiaciones transforma lentamente el espacio común. Nadie planeó una ciudad llena de obstáculos. Sin embargo, esa es precisamente la ciudad que terminamos construyendo. Mientras los urbanistas suelen hablar de movilidad, accesibilidad o diseño universal, esos conceptos se convierten quizá en artefactos demasiado técnicos para describir una experiencia profundamente cotidiana. Después de todo, nadie sale de casa pensando en la “accesibilidad”. Las personas experimentan algo mucho más simple y a la vez problemático: caminar teniendo que sortear obstáculos a cada momento.
Por eso la calidad de una ciudad no debe medirse únicamente por la velocidad o costo monetario con la que podemos recorrerla, sino por la facilidad con la que podemos desplazarnos en nuestros micro- espacios. Por cierto, esa facilidad no está distribuida de manera uniforme. Un escalón puede ser apenas una molestia para un adulto joven, pero para una persona mayor puede representar un enorme riesgo de caída. Una banqueta invadida quizá sólo implique un rodeo para quien camina solo, pero puede convertirse en una barrera para alguien que empuja una carriola, utiliza una silla de ruedas o tiene una discapacidad visual. Es decir, los obstáculos no afectan a todos por igual y las ciudades tampoco son vividas de la misma manera por todas las personas.
Esto obliga también a cuestionarnos para quién son pensadas las ciudades. Durante mucho tiempo el diseño urbano respondió en gran medida a las necesidades del homo automobilis. Poco a poco y de manera discreta los emergentes paradigmas de diseño y planeación urbana comenzaron a hablar de la centralidad del peatón. Más recientemente se ha incorporado la perspectiva de género, el envejecimiento de la población, la infancia o la discapacidad. Sin embargo, recorrer muchas ciudades mexicanas sigue dejando la impresión de que: 1) el usuario ideal es alguien joven, sano, sin prisa y con plena capacidad física y que todos los demás deben adaptarse; 2) la ciudad, sin obstáculos de este tipo, no son posibles.
Por eso vale la pena observar la ciudad desde sus pequeñas fricciones. Porque los obstáculos son mucho más que objetos mal colocados y revelan prioridades, relaciones de poder y formas de entender el espacio público. Una banqueta ocupada por un restaurante de moda expresa una negociación cotidiana entre el interés privado y el bien común. Una reja colocada en la calle para mejorar la seguridad también modifica la manera en que circulan las personas. Unos postes de luz en medio del paso peatonal hablan de las instituciones y sus prioridades. Los obstáculos son, en cierto sentido, una cartografía del desorden urbano. Pero también de nuestra capacidad para normalizarlo.
Hay una frase atribuida al diseñador estadounidense Charles Eames (durante una correspondencia escrita con el fabricante de muebles Herman Miller) que dice que los detalles no son los detalles; los detalles hacen el diseño. Algo similar ocurre con las ciudades. No son únicamente las grandes obras las que determinan su calidad. Son miles de artefactos y pequeñas decisiones, casi invisibles, las que terminan definiendo si una ciudad resulta amable u hostil para quienes la recorren.
Quizá por eso nos entusiasman tanto los grandes proyectos de infraestructura. Son visibles, generan titulares, permiten cortar listones y simbolizan la idea de modernidad y progreso. Los obstáculos, en cambio, son demasiado pequeños para convertirse en prioridad política y demasiado cotidianos para llamar nuestra atención. Sin embargo, son ellos los que moldean la experiencia diaria de millones de personas.
Aunque siempre pensamos que una ciudad mejor exige enormes inversiones y transformaciones espectaculares, y sin duda muchas de ellas son necesarias, quizá también convendría preguntarnos cuántos problemas urbanos podrían resolverse simplemente retirando aquello que nunca debió estar ahí.
Las ciudades siempre tendrán obstáculos. La cuestión es cuáles aceptamos como inevitables y cuáles dejamos de ver por costumbre. Porque cuando un obstáculo deja de sorprendernos, quizá no sea la ciudad la que cambió, fuimos nosotros. Porque una ciudad amable no es necesariamente la que construye más, es la que obliga menos.
* Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México




