Cómo escribí algunos de mis sonetos (XII)

Por: Dan Russek

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Más sobre la literatura por encargo, con piñata de por medio

En mi más reciente entrega (XI) escribí sobre la literatura por encargo. Confesé que incurro en ella (sin recibir, sobra decir, compensación alguna: el trabajo se vuelve gusto, la tarea se vuelve don).

Como la vida es corta, el arte es largo, y los encargos no tienen, potencialmente, fin, aquí este soneto sobre los sonetos por encargo (lo redacté entre la previa entrega y la presente, pensado que el tema se presta, ni mandado a hacer, para un soneto). Hay que decirlo: cosa importante es la entrega, porque uno se entrega, patriota de las palabras, a la poesía (discúlpese aquí el falso tono de falso heroísmo). Aquí el soneto:

Soneto, eres producto de un encargo.

Fruto de una misión, favor, pedido,

petición, encomienda o cometido

del que un poeta ha sido puesto a cargo.

Que nadie niegue o dude, sin embargo,

de la virtud de tu ser escandido

ni de la integridad de tu sentido,

dicho sea a manera de descargo.

Una noble tarea te ha engendrado: 

la de darle la forma del soneto 

a las cosas que el cosmos ha creado.

Eres puntual, poético instrumento,

eres ejemplo musical, concreto:

de la palabra eres el cumplimiento.

Esta misión, que también es una manda, un juego, una cosa seria, una compulsión reiterada, un modo de vida, un medio (para ganar algo de gracia entre el tráfico indiferente que apuntala la vida de todos los días), una aventura intelectual y estética y existencial, tiene la virtud de darle sentido a mi vida, en la medida en que me ocupo en una noble labor. Y, contra todo nihilismo, le da sentido a las cosas, en la medida en que les da una realidad multiplicada en el espejo de las palabras.

Me vienen a la mente los sonetos que no fueron realmente encargos, o encargos explícitos, pero lo parecieron. Fueron ideas de sonetos que surgieron al calor de una conversación cualquiera, y que, puestos frente a ese afán mío de sonetizarlo todo, no tuvieron otra alternativa que verse retratados en graciosas catorce líneas rimadas. Así mi soneto a la piñata.

Hace unos años, platicando con la secretaria de nuestro departamento académico, salió el tema de la piñata… la memoria es lo que es, arbitraria y fallida, por lo que no puedo recordar ahora de qué iba esa conversación: me acuerdo del dónde (oficina del departamento académico, a la vera del escritorio, junto a la gran gaveta de metal que está bajo los buzones de madera) y me acuerdo, claro, con quién (Carolina), chica rubia y espigada no demasiado contenta con su trabajo, pero que (punto a su favor) compartía conmigo, para mi suerte, un cierto punzante sentido del humor que no se amilanaba ante el uso del sarcasmo. Sea de ello lo que fuere, el tema de la piñata salió, como quien dice, de la nada, y me dije, ni tardo ni perezoso, para mis adentros míos de mí, como si una lucecita se prendiera en la noche oscura de mi alma: este es tema para soneto. Me dediqué a escribirlo ese día y una vez acabado se lo dediqué, claro, a Carolina.  Dice así (Nuevos dones del día, p.17):

Cómo te ofreces en el sacrificio,

piñata estoica, amiga de los niños

que duro te apalean, sin cariños,

como quien exorciza un maleficio.

Colgante estrella de funesto auspicio,

esconde el oropel de tus aliños

grávida olla de barro sin corpiños

al que la tunda al fin le abre un resquicio.

Contradictoria eres, piñata altruista:

en tu muerte violenta diseminas

dulces y frutas para el hedonista.

Dura es tu suerte y cortos son tus días,

y aunque te meces hecha harapo y ruinas,

nos dejas siempre gratas alegrías.

En el soneto, de tono barroco, la antítesis predomina: la piñata pende entre la muerte y la vida, y el sacrificio que la define, el fin que la liquida y la ruina última de su existencia, resultan ser motivo de celebración y causa de regocijo. Vaya muerte viva.

Recuerdo ahora las muchas ocasiones en las que, de niño, participé en la paliza colectiva a la sometíamos a las piñatas. Podrá aquí –lectora, lector– agregar su recuerdo, gozoso o desgraciado, al festivo ritual que no ha dejado de acompañar a la niñez mexicana desde tiempos inmemoriales.

Debo decir que la primerísima vez en que participé de tal acto, la cosa no resultó auspiciosa (temo confesar que, escondida en las amarillentas páginas de un álbum familiar donde mis padres consignaban año con año los sucedidos de la familia, hay una pequeña foto en blanco y negro de un niño llorando junto a una piñata intacta. Ese niño era yo). Resulta que la primerísima vez que me vi con un palo en la mano con la misión de golpear sin misericordia un adefesio de cartón y papel maché en forma de estrella, nadie tuvo la delicadeza de informarme que parte del ritual piñateril consistía en la operación furtiva de un adulto que, más allá, encaramado en una silla, junto a un árbol cuya primera robusta rama servía de horquilla, sostenía la piñata con una firme cuerda que le permitía subirla y bajarla a su antojo. (El susodicho adulto solía ser el típico tío bonachón que se presta para este tipo de truculencias) Al acercarme niño, desprevenido, a darle de palos a la piñata puesta a mi altura, el tal tío jaló de la cuerda de improviso para elevar la piñata más allá de mi alcance. Con mi palo ya había asestado un golpe tremendo, pero al vacío, creyendo en mi ingenuidad que había dado en el blanco, pero solo para descubrir que mi violento swing no ha había más que agitar apenas el aire, ante el aplauso y las risas y los gritos de familia y amigos (o que se hacen pasar por tales) celebrando el hecho de mi fracaso. Mientras el tío aquel se alistaba a bajar la piñata, yo a mi vez me alistaba para el siguiente round, pero en el intento de golpear de nuevo al oscilante objeto una vez que se puso a tiro, vi de nuevo que la dichosa piñata se alzaba en el aire justo cuando el palo viajaba a golpearla, de nuevo perdiéndose infructuoso en el aire. Otra vez aplausos y risas y gritos de ánimo. A esas alturas ya no había engaño: sentí que tanta alharaca era una burla dirigida a mi inocente persona (tenía cinco años: seamos indulgentes con mi modo de ver el mundo y con las ideas que ya a esa tierna edad estaba desarrollando sobre la sociedad humana. Aun, bisoño, no sabía lo que me esperaba: ya habría tiempo suficiente para que mi visión de las cosas se saturase de decepción, amargura y enojo en el trato con mis congéneres. Esa es historia para otro día). La operación de sube y baja, ante mi embate cada vez más frustrado por batear al vacío, acabó cuando me negué a seguir jugando y rompí en llanto (suerte es que nadie, sobre todo el tío ese, siendo el mayor implicado en hacer de la piñata un objeto escurridizo, se haya llevado un buen golpe con el palo).

Lo cual nos lleva a este curioso hecho, o a su posibilidad: que la piñata sea una de las causas principales, si no la más, de que los niños entre los seis y diez años de edad acaben descalabrados por aquello de su afán desmedido de aproximarse a la ya rota piñata que empieza a dar de sí –dulces aquí, cañas allá– agitándose francamente como guiñapo sobre la cuerda, todo mientras el fornido niño en turno (siempre hay uno), incluso con su venda sobre los ojos, asesta tremenda paliza a lo que ya es olla despanzurrada  y pedacería de papel. Ignorante de lo que sucede a su alrededor, Felipe el fuerte sigue dando de palos (palos, si no de ciego, casi) y ante los gritos excitados del público presente, el último, cabal intento encuentra no el cartón descocido o los fragmentos últimos de la olla, sino la cabeza de Carlitos, muy puesto ya a dar un clavado bajo la piñata rota y hacerse de la mayor cantidad de colación posible. Al impacto de la dura madera en plena coronilla, le sigue casi de inmediato el grito de dolor y el llanto desatado, ante el horror de los papás de Carlitos, que hacía un minuto apenas, viendo a prudente distancia las maniobras, no hubieran imaginado que sería su hijo víctima del encuentro fortuito de un palo de madera y un cráneo humano en el patio de una casa de clase media en la colonia Narvarte de la ciudad de México. Cómo puede cambiar la vida en un instante. (Carlitos, la vida te da sorpresas. Y como no hay hecho por funesto que sea que no encierre alguna enseñanza, espero que hayas aprendido bien esa lección, esa tarde, en la casa del festejado: palo dado ni Dios lo quita. Poco importa que seas ateo convencido: el impacto es lo que cuenta. Mi soneto no dice mucho al respecto, pero, hablando de enseñanzas, aquí dejo esta: al buen entendedor, pocas palizas).

La foto que mencioné —foto vieja, de pequeño formato, medio borrosa— fue tomada en un claro de lo que alguna vez fue la plácida zona boscosa de La Marquesa, en las afueras de la ciudad, donde se dieron cita familiares y amigos (para un picnic, como le decían). Alguien tuvo la prudencia de traer más de una piñata, por si se ofrecía. A mí, supongo que por mi llanto, me compensaron con una piñata extra, y de la que no recuerdo nada más que su inopinada aparición en la foto en cuestión. ¿Qué habrá sido de ella? ¿A manos de quién habrá sido destruida palo a palo? ¿En qué parque, en qué fiesta, a qué niños habrá alegrado su destrozo?  A la distancia de los años, eso y más se pierden en la densa neblina del olvido.

Si me diera por especular, al modo del crítico de poesía, el filósofo de café, el sociólogo de la cultura o el psicólogo de diván, podría ver, en esto que he escrito, el arco de una trayectoria vital, donde una compleja línea atraviesa los años y va desde el trauma de infancia hasta el momento de la redacción del soneto a la piñata. Luego de décadas, el niño frustrado en su intento original logra, al final de un periplo inesperado, confrontar sus demonios y lograr (aunque sea en la virtualidad de la imaginación literaria: algo es algo) darle duro a la piñata (sin haber perdido el tino) y romperla de una buena vez. Lo celebra en un poema que es un homenaje a los servicios prestados a la causa del esparcimiento al mejor estilo mexicano, donde lo dulce y lo amargo, el tequila y la horchata, el chile y el azúcar, la vida y la muerte, van de la mano. Que nadie rebaje a lágrima o reproche dialéctica tan humana.

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