“¿Y esa mano de Obregón, árbitro?”: Entre futbol y la órfica historia de México

Por: Jesús Gómez Morán
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Con su característica pluma llena de amenidad, en su contribución para el libro colectivo Inmuebles deportivos (Agua Escondida Ediciones, 2025), nos cuenta Armando Enríquez al historiar la vida y glorias de la Condesa, la icónica plaza de Toros que estuvo en el actual El Palacio de Hierro de la calle de Durango:
“En 1921 durante su último viaje a México, el gran escritor Ramón Valle Inclán acudió a la Plaza del Toreo invitado por el entonces presidente Álvaro Obregón en el marco de la corrida del centenario de la consumación de la Independencia, uno manco de la mano derecha, el otro de la izquierda. Se cuenta que el escritor español al finalizar una de las faena se volteó al general revolucionario y le pidió prestada su mano para aplaudir. […] De dice que el general Obregón conservó una fotografía con los dos mancos aplaudiendo al alimón”.
La escena de marras puede ir de lo chusco a lo hilarante, pero lo cierto es que, semejante al mismo general sonorense, la historia de México se halla salpicada de personajes que en vida o después de ella terminaron con alguna parte cercenada de su cuerpo, como si de nuestra memoria solo pudiéramos únicamente retener algunos retazos, nunca la narración completa, pasajes anclados en el tiempo que intentan explicar la parte por el todo. Quizás ese cercenamiento haya sido el impuesto a pagar para el ingreso por la aduana de la trascendencia histórica, su forma jugarse el físico como también lo hacen a su modo los futbolistas en la cancha.
Famosa es la frase de Camus en el sentido de que todo lo que sabía de moral lo había aprendido en una cancha de futbol, aunque quizás también la ausencia de la misma es capaz de hacerse presente. Y es que, en términos de política por ejemplo, el parangón se hace notar, algo que muchas veces depende del criterio del vencedor, o a conveniencia de quien tiene el poder.
Que los héroes patrios han sido objeto de reliquias lo ha puesto en evidencia Héctor de Mauleón al mencionar, amén de la mano de Obregón, la lengua de Belisario Domínguez, la pata de Santa Anna o la cabeza de Villa, sumada a la de los Insurgentes que quedaron expuestas en la Alhóndiga de Granaditas y que, como la cabeza de Orfeo (recuérdese que, parecido a las hordas fúricas de algún estadio de poca monta, el santo patrono de los trovadores fue desmembrado por las intoxicadas prosélitas del dios Dionisio), parecieran seguir profetizándonos parte de nuestro destino aún después de muertos sus dueños.
En el caso de Santa Anna y de Obregón, la diferencia estriba en que siguieron su vida después de amputarles dichos apéndices y, al ser los hombres fuertes del poder en su oportunidad, consagrándoles sendos monumentos. La pierna de Santa Anna tuvo peor suerte al quedar desaparecida, lo mismo que su mausoleo, tras la revuelta de 1844, y Quinceuñas nunca pudo recuperar su extremidad extraviada, destino similar a su pata de repuesto, la cual dejó olvidada al salir huyendo luego de su desastrosa estrategia en la batalla de Cerro Gordo: de ella se dice que los soldados gringos la usaron más como bat de béisbol que como trofeo de guerra (actualmente se encuentra en el Museo Militar del Estado de Illinois en Chicago). Por lo que respecta a la mano de Obregón, si bien desfiló entre prostitutas y cantineros luego de una noche de juerga de su custodio, el general Francisco Serrano, estuvo exhibida como vestigio necrófilo (un servidor pudo constatarlo) de 1935 a 1989 en el Monumento a Obregón, situado en la actualidad cerca de la estación Bombilla del metrobús, mismo nombre del otrora restaurante donde el general sonorense acabó asesinado a manos de José León Toral. Como se ve ya son muchas manos para un asunto que muchas veces se manejó con los pies.

Considerando que hablamos de épocas tan convulsas, cuando los alzamientos armados estaban a la orden del día, por lo general el símil del futbol es usado en correspondencia con una batalla o escaramuza cuerpo a cuerpo, pero no, más bien pareciera que el comparativo funciona mejor con el del ejercicio de la política, incluso en el más alto nivel. Para ello me permito citar un fragmento de La sombra del Caudillo, en el que desfilan los pensamientos de Axkaná González:
“Axkaná, que en un principio había creído que hacerse elegir era simple cuestión de programa, de propaganda, de votos, descubrió en seguida que así no marchaban las cosas, y entonces, tras de oír el consejo de los doctos, y puesto por éstos en el buen camino, se lanzó a triunfar con firme apego a las reglas electorales más característicamente mexicanas. Seguro de que en México no existía la voluntad cívica del pueblo, ni tampoco el instrumento que la expresa –el voto–, dejó el sendero que primitivamente se había trazado y practicó por fuerza, durante unos días, el supremo arte electoral de nuestra República. Se hizo maestro en la técnica de la simulación, en la del fraude, en la del tumulto”.
A modo de consigna atávica, estas palabras resuenan como divisa política de México y, en términos futbolísticos, útiles para explicar la forma en que Santa Anna, quizás por haber salido de la lógica masónica escocesa (de tendencia conservadora), le metió la pata (que después perdiera en la Guerra de los Pasteles contra los franceses), de inglesita, a su vicepresidente Valentín Gómez Farías, cuando éste decretó una serie de reformas contra los privilegios del fuero religioso y militar. O quizás, de forma algo subliminal, para suponer que si el magnate gringo William Randolph Hearst compró el cráneo de Villa, luego de ser decapitado por Emil Lewis Holmdahl, todo ello haya sido una revancha por el cabezazo (o gol de palomita) que se aventó el Centauro del Norte por haber incursionado en territorio de la Unión Americana, más concretamente en Columbus Nuevo México, el 9 de marzo de 1916.
Años antes, diríamos que el senador chiapaneco, Belisario Domínguez, se fue de la lengua con declaraciones consideradas fuera de lugar contra el arbitrario árbitro del momento, Victoriano Huerta, quien ordenó extirpársela. En cuanto a Obregó, podría decirse que metió el hombro para llevar a Plutarco Elías Calles a la presidencia desplazando, en un total cambio de juego, a su anterior aliado, Adolfo de la Huerta (cuyo apoyo fue vital cuando Obregón se confrontó con Venustiano Carranza). Y cuatro años después vino la mano negra que acabó con las aspiraciones presidenciales y la vida de su también amigo y compañero de armas, el mencionado Francisco Serrano, su antaño coequipero que, en un dos contra uno, fue ajusticiado en Huitzilac el 3 de octubre de 1927, para no entorpecer el regreso del Caudillo a la máxima investidura del país (y quien, como ya se dijo, nueve meses después tendría un fin semejante: en ambos casos las hipótesis apuntan a sostener que el cerebro perpetrador de una táctica así, con tan punitivas triangulaciones, fue Elías Calles). Traiciones y cambios de bandera en suma que refrendan, en sentido inverso, la citada sentencia de Camus aplicada a la política de forma consuetudinaria.




