Utopías y distopías

Por: Armando Oviedo Romero
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No es una novedad que el Destino Planeta se encuentre en un momento funesto. O quizá por la idea de que cada momento histórico tiene sus abismos, este momento sea la suma de todos los miedos: guerras de alta y baja intensidad, creciente narcotráfico, cambio climático, feudalismo tecnológico, entre los más evidentes. ¿El remedio? El siempre renovado principio esperanza.
Quizá volver a la lectura de los clásicos y repensar más allá de la pantallita de bolsillo y de las opiniones inmediatas sacadas de la manga o del intestino grueso, nos dé luz en el cada vez perdido entendimiento en aras del entretenimiento.
A principios de los setentas, cuando pensar todavía era útil, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, con Víctor Flores Olea como director de esta Facultad, realizó un coloquio de invierno muy interesante que pasó inadvertido debido a los acontecimientos de la renovada violencia política gubernamental del “priato” de aquellos años, en que se radicalizó la izquierda y la política se volvió sucia y persecutoria.
De aquella reunión académica surgió el libro de autores que ya debatían el “fin de las ideologías”, Crítica de la utopía. En él se recopiló las notables intervenciones de Leszek Kolakowsky, Edgar Morin, Adolfo Sánchez Vázquez y Roger Garaudy. Mientras el pragmatismo político reprimía estudiantes en el México de los setentas y se ponía en entredicho la ruta de la democracia formal frente a la liberación radical del ser humano, con esas charlas se anunciaba el huracán social que arrasaría con ideas y conceptos, países y gobiernos, economías y posiciones geopolíticas a finales del siglo XX y principios del XXI, cambiando el perfil del ser humano y la cultura en el mundo.
Decía Edgar Morin, recientemente fallecido, en aquellos lejanos setentas,
… (Hay) Leyes, mecanismos y estructuras que tienden a asegurar una perpetuidad sin modificación alguna de los sistemas; por otro lado, el hecho evidente de que todos estos sistemas con su evolución, cambios y mutaciones, tienen como una aptitud para el cambio, para la transformación… (“Las clases bio-sociales y la revolución planetaria”. Edgar Morin. P. 58. UNAM, Serie Estudios, 1971).
Desde esta perspectiva de crisis y paradigmas, Armando González Torres (CDMX, 1964), uno de nuestros autores más lúcidos en el ensayo e imaginativos en la poesía, trae a cuenta o da un resumen de aquellas luchas constantes más allá de la suerte ideológica y que han puesto a girar las ideas afrontado debates y conflictos maniqueos de muchas época, en su más reciente libro Jardines en el cielo, sin rosas en la cara.
La labor poética de González Torres está demostrada en cada libro que nos ha dado. Desde La conversación ortodoxa (1996)se ha mostrado como un poeta decidido a exponer su lirismo rudo, oscuro; muchas veces sombrío pero con latencias de un humor negro y toques de fina ironía. Así lo declaran poemarios como La sed de los cadáveres (1999), La peste (2010) o Salvar al buitre (2014). Además, una vez mostrado el dominio del verso se ha dado a la tarea de llevar la creación poética más allá de las estrofas decantándose por el poema en prosa, la prosa poética y llegando a la orilla del deseo de lo breve, con epigramas, sentencias y aforismos, en libros como Eso que ilumina al mundo (2006), Teoría de la afrenta (2008), Sobreperdonar (2011) y Es el decir el que decide (2016).
Aunado a su pericia y propuesta lírica, se ha destacado como un excelente ensayista literario en libros como Las guerras culturales de Octavio Paz (2002), Del crepúsculo de los clérigos (2008) y La pequeña tradición. Apuntes sobre literatura mexicana (2011).
Y no podemos dejar atrás al pensador y al crítico de ideas con títulos como ¡Qué se mueran los intelectuales! (2005) o La lectura y la sospecha (2019).
Sin lugar a dudas estamos frente a un escritor que maneja distintos perfiles y un autor todo terreno en el pensamiento y la poesía
Dentro de la obra poética de Armando González Torres, esta se inició en el desencanto. No así en el terreno de las ideas. Estas principiaron con un afán crítico y se han refinado, si no por la esperanza y la alegría total, sí por un horizonte más promisorio. Esto lo podemos notar en Libros alegres (2024), donde reúne una serie de textos reunidos bajo la bandera de la confianza, extraídos de su columna periódica del suplemento “Laberinto” del diario Milenio.
Bajo esa bandera del principio esperanza, llega el libro más reciente de González Torres, Jardines en el cielo. El título, el subtítulo –¿Qué hacer con las utopías?— y la portada con una imagen diseñada para capturar al lector que busque lecturas felices para un espíritu atormentado, se esconde la historia de un pensamiento inquieto por los avatares de futuro, muy lejano a la apariencia de un libro de superación personal.
El libro hace referencia al ideal paradisiaco del edén perdido. Sin embargo, estamos frente a un recorrido breve y sustancioso por la histórica preocupación social: crear el mejor de los mundos posibles.
Creyendo que ya sabemos quiénes somos y qué hacemos aquí, la historia social abunda en ensayos y errores de convivencia. Es así como se despliega el libro Jardines en el cielo en cinco apartados.
En el primero y segundo capítulos, se exponen las ideas de los primeros utopistas con más imaginación que realidad. La Utopía de Moro, Cristianápolis, la ciudad del sol, la Nueva Atlántida. Ellos dieron paso –segundo capítulo— a los que expusieron sus utopías socialistas con más imaginación que razón –aunque creyeron que lo hacían a la inversa—; aparecen Saint Simon y Fourier con más mesianismo que realismo, proponiendo sus ideales de igualdad o de estamentos bien controlados. Estos primeros utopistas y los socialistas dejaron sus sueños en el papel.
El capítulo tercero habla de las utopías católicas, no menos caóticas, que tuvieron en los sueños de los primeros utopistas las realidades de frailes soñadores, y las de los socialistas, que vieron en la América el terreno propicio para encontrar el edén perdido.
El capítulo cuarto menciona las férreas utopías políticas totalitarias, idolatradas por fanáticos del orden y la obediencia. Sería aquí donde comenzarían a fraguarse, desde la literatura, las distopías primeras con las del desencanto de la ciencia ficción, y esta literatura dará visos de ser el nuevo naturalismo y realismo social.
Sin embargo, Armando González Torres concluye su viaje por las ideas del desarrollo humano con una esperanza. Es en el capítulo quinto donde descubre que aunque han fracasado los utopistas políticos, ciertos utopistas mantienen encendida la llama de la ilusión. Los ecologistas, el feminismo, las organizaciones comunales sustentables, vuelven a soñar más allá del papel y los buenos deseos.
A pesar de esto, el ser humano es reacio a ordenarse para no destruirse. La lucha entre Eros y Thanatos es permanente. Todas las utopías se han presentado como autoritarias pues para sobrevivir, quieren homologar, establecer leyes y reglamentos inamovibles y pregonan una disciplina férrea; el control y quienes lo ejercen son vigilantes de lo externo y lo interno de la sociedad y los ciudadanos.
Jardines en el cielo es, además de un recorrido por las utopías, un ensayo donde lo político devino género literario y cruenta realidad política. Desde esa audacia e información, González Torres nos da un libro más allá de lo meramente informativo; persiste en su crítica lúcida al incidir sobre el Destino Planeta desde una filosofía renovada, pues González Torres es un poeta que reflexiona y un pensador que poetiza.
Los utopistas no han tenido buen fin. “El 6 de julio de 1535 el inventor de la utopía fue conducido al cadalso”, así comienza el libro Armando González Torres.
Han sido más los distopistas quienes gozan de cabal salud. Y más ahora que la realidad plagia a la literatura. Y si no, que lo diga el viejo cuento “La respuesta”, de Fredric Brown que relata la historia del momento en que los científicos del universo unen las supercomputadoras de noventa y seis mil millones de planetas. Después de accionar el interruptor del supercircuito, el científico que comanda la acción le hace una pregunta a la máquina, “¿Existe un Dios?”. A lo que la supercomputadora responde, “Sí, ahora sí existe Dios”. El científico, aterrorizado, intenta desconectar a la máquina pero un rayo lo fulmina.
La esperanza sigue soñando y sonando.
Jardines en el cielo. ¿Qué hacer con las utopías? Armando González Torres. Ariel. México, 2025. 240 pp.




