Al rojo vivo

Por: Marcos Límenes
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El azar hace bien las cosas hasta que el profesor de matemáticas te pasa al pizarrón para resolver una ecuación, no una sino varias veces. Cada vez que levantaba su dedo flamígero para señalar alguna víctima invariablemente resultaba yo ser el elegido. Durante todo el periodo escolar, y más allá, mi destino quedó marcado por ser el único pelirrojo en los alrededores. No me podía ir de pinta, como el resto de mis compañeros, ya que el prefecto me podía divisar a mil metros de distancia y de vez en cuando me tocaba agarrarme a golpes con el impertinente que me llamaba zanahoria (por ello, quizás, cada que escucho nombrar al “presidente Zanahoria” me dan escalofríos). Tengo que admitir que aquella circunstancia también me reservó el placer de que una bella dama me haya confundido con un cineasta reconocido o el de haber sido seleccionado para promover el turismo en Irlanda. Las cosas han cambiado desde que mi cabello ha vestido canas, y, por fortuna, ya no se me acercan las niñas bobas a tocarme para procurarse buena suerte o para combatir el mal de ojo.
Finalmente me he vuelto una persona como cualquier otra de mi edad con la testa percudida y la vista corta. Atrás quedaron los días en que mi madre me pedía que le mandara un mechón de mi cabello para igualar el color del suyo con un tinte comercial. Por cierto he leído en alguna parte que el color rojizo es una señal de carácter fuerte e intolerante, Gingi le llaman en un lugar que no quiero mencionar. También me enteré hace poco que la palabra rufián proviene del latían “rufus”, que quiere decir pelirrojo, y cuyo origen se remite a las pelucas rubias que usaban las prostitutas en la Roma antigua. Válgame. Otra interpretación, del etimólogo francés Jean Dubois, apuntaría a que la palabra rufián se refiere a la suciedad del cuerpo o a una costra. No me sorprende por lo tanto que las brujas predilectas para la hoguera hayan sido pelirrojas.
¿A quién se le habrá ocurrido que el azar hace bien las cosas (con el perdón de los surrealistas que veían en lo irracional e inesperado motivos de regocijo) que se asemeja al “Dios dirá” que con frecuencia escucho en el pueblo donde vivo? Estaba meditando sobre el asunto una tranquila mañana cuando una mariposa blanca -de esas que mi tía Fanny decía que anunciaban el nacimiento de un bebé- se cruzó en mi camino. Me vino a la mente la famosa teoría del efecto mariposa que, como se sabe, alude a los detalles insignificantes que, a la larga, pueden alterar el transcurso de un acontecimiento perfectamente planeado. Será por ella que para mí el tiempo futuro no existe ya que de todas formas todo va a salir mal o más o menos mal debido al mentado aleteo. ¿Había mencionado que mi madre fue la única pelirroja en su vasta familia? No dudo que un gen oculto por generaciones, probablemente escandinavo, haya sido depositado en el vientre de mi tatarabuela sin su consentimiento, y por lo tanto heme aquí, un bicho raro en un mundo de gente morena y bella.
Dicen los que saben que este será el año del “Súper Niño” y que a ello se deben las lluvias a destiempo que nos mojan en plena temporada de estiaje. Yo creo más bien que el fenómeno se debe a la mentada mariposa. Tal vez por ello Vladimir Nabokov las cazaba y coleccionaba.




