El conserje

Muchas veces, cuando estaba triste, me paseaba por el edificio solo con el fin de sentir su reverencia rodeando mi cuerpo, algo que siempre me calmaba.

Muchas veces, cuando estaba triste, me paseaba por el edificio solo con el fin de sentir su reverencia rodeando mi cuerpo, algo que siempre me calmaba.

Acababa de abrir un atún en la cocina cuando escuché los gritos. Me asusté tanto que, sin querer, me corté el dedo con la lata y unas manchas rojizas quedaron flotando sobre el aceite de girasol. Los gritos no parecían hechos con cuerdas bucales, sino con la barriga.