Pausa de hidratación.

Por: Marcos Límenes

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La culpa es del Mundial, y de nadie más. Argumentos no me faltan para lanzar tal afirmación aunque debo aclarar, no me vayan a malinterpretar, que de vez en cuando me gusta ver un buen partido de futbol aunque no sigo la liga local ni las de otros países. El Mundial suele ser la excepción aunque procuro no engancharme demasiado, por tal motivo algunos amigos me consideran un villamelón y alzan las cejas cuando intento hacer algún comentario sobre alguna buena jugada o un error arbitral. Como para salvar el honor me limito a llamar la atención sobre los cortes de cabello de los jugadores (aparentemente realizados por peluqueros medievales).

He visto los partidos de México, mordiéndome las uñas, y muchos más de los que inicialmente pretendía ver, arrastrado por el entusiasmo circundante. Tengo que reconocer que lo he disfrutado pero los efectos secundarios no se han hecho esperar y desde hace un par de semanas prácticamente he dejado de cocinar, pintar y escribir; como si esto no fuera suficiente todo a mi alrededor se manifiesta ahora en términos futboleros. Por ejemplo veo desde mi ventana los carros circulando por la calle como si estuvieran adelantando líneas mientras que los estacionados juegan al “fuera de lugar”. Durante el desayuno le sirvo una taza de café a mi esposa esperando que me la regrese en una jugada de pared y durante la noche mis sueños parecen estar narrados por algún comentarista deportivo con todo y pausas comerciales.

Hace un montón de años una vieja amistad se fue al traste cuando al sujeto se le ocurrió decirme -tras haber deambulado toda la noche por la Ciudad Luz – que nos habíamos convertido en los personajes de un autor que ambos admirábamos. Por eso me resulta incómodo sentirme parte de un guión escrito para otros siendo yo uno más de los extras, de la gran masa que grita gol. Sin remedio los horarios de los partidos establecen a qué hora debe uno levantarse y qué hacer o dejar de hacer durante el día (ni qué decir de los que en otros continentes se ven condicionados por los horarios de transmisión). Tan obnubilado me encuentro que me da pereza asomarme a las sesudas interpretaciones sociológicas o a las implicaciones antropológicas de este evento trascendental. Ya de a tiro ayer ¿o fue antier? me quedé mirando durante más de una hora a un par de golondrinas que daban vueltas por la terraza en busca de un rincón para hacer su nido o que luchaban por la posesión de un balón invisible.

Me sé ya los nombres de los jugadores importantes y de los más cotizados en el álbum Panini -en sus quince minutos de gloria superan ya a Ulises o a Zapata- y mientras se retiran a los vestidores entre risas o lamentos aprovecho la pausa de hidratación para observar con pena mi refrigerador vacío.

Mi precaria situación merecería una carta de reclamo a la FIFA, pero dudo que me respondan.

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